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El Búfalo Funes, el héroe que le dio la primera Libertadores a River y murió a los 28

El 29 de octubre del 86, Juan Gilberto Funes se hizo inmortal con su gol en la final ante América de Cali. Su enorme corazón se lo llevó muy rápido.

Robustos como búfalos. En ese punto se mimetizaron Funes y aquel River campeón de América en 1986. El apodo era de Juan Gilberto, pero también lo merecían los nombres y la solidez pocas veces vista de ese equipazo, parejo en todas sus líneas llenas de figuras. Aun así, recién en sus últimos dos partidos de la Copa Libertadores encontró a la gran estrella, que sobresalió por su tamaño y presencia goleadora. Pero también por su sencillez y simpatía, que se eternizaron con un final que, tristemente, llegó demasiado pronto.

El Búfalo Funes fue efímero y potente en esa Copa que ganó River, a la que arribó para su etapa final y sólo fue titular en las finales, con un gol en el 2-1 en Cali y otro en el 1-0 del Monumental, el 29 de octubre de 1986; fue efímero y potente en su paso por el club, que no superó el año y medio en los que levantó tres copas internacionales; fue efímero y potente, también, como ese plantel que ganó todo lo que jugó (campeonato local, Libertadores, Intercontinental, Interamericana) aunque no haya perdurado en el tiempo más que un par de intensos años. Funes fue efímero y potente porque su vida, en definitiva, así lo fue. La marcaron los pasos breves y arrolladores, y la sentenció la hora de su muerte, cuando le faltaban un par de meses para cumplir apenas 29 años.

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Y no fue sorpresa su fallecimiento, el 11 de enero de 1992. Había sido internado en el Sanatorio Güemes de la Capital Federal unos días antes con una endocarditis protésica, una infección que rápidamente le ganó la batalla a su organismo. Desde septiembre de 1990, el Búfalo sabía que su destino debería estar lejos del fútbol profesional. Y, paradójicamente, ese punto final a su carrera se dio con la camiseta de Boca, donde llegó a ser presentado y a entrenar en La Bombonera, incluso jugando un amistoso contra Banfield. Pero no pudo cumplir el deseo de muchos de entrar a la cancha por los puntos. Los médicos, hasta el mismísimo René Favaloro, al que también consultó en el inicio de la primavera del 90, fueron concluyentes: “El fútbol o la vida”. Funes eligió, no tenía opción en realidad. Y el destino, al final, decidió su suerte de la peor manera.

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El Búfalo Funes con la camiseta de Boca. No pudo debutar oficialmente por una afección. Murió dos años después.

El Búfalo Funes con la camiseta de Boca. No pudo debutar oficialmente por una afección. Murió dos años después.

“Era un tipo muy bonachón, súper abierto, extrovertido, bromista. Era uno de los grandes abanderados de la joda en ese River, se hizo querer mucho”, recuerda el periodista Miguel Ángel Bertolotto, quien siguió de cerca toda aquella campaña de vueltas olímpicas. El Búfalo había llegado al club después del Mundial 86, para la instancia final de una Copa Libertadores complicada. Funes arribó desde Colombia, adonde se había ido cuando tenía un poco más de 20 años a probar suerte en Millonarios de Bogotá, ciudad a la que le costó adaptarse y en la que sufrió mucho los más de 2600 metros de altitud. Pero cuando su robusta humanidad empezó a desarrollar armonía con su talento, los típicos ahogos y falta de oxígeno dejaron de ser un problema y él se convirtió en una máquina letal. Habilidad, manejo de los dos perfiles, enorme oportunismo para el gol y una potencia que llevó a la prensa local a bautizarlo, para siempre, el “Búfalo”.

Carlos Quieto, un empresario argentino que se movía con fluidez en el mercado futbolero de Colombia, fue quien le marcó a Héctor Veira que Millonarios tenía al 9 que su River necesitaba. Y el Bambino lo precisaba, porque estaba, en la mitad del río, reparando un bote que había sufrido impensados agujeros, como la venta de Enzo Francescoli, el crack que parecía irremplazable, y el control antidoping positivo del delantero santafesino Ramón Centurión, que había arrancado la Libertadores metiendo muchos goles.

El River que se había armado en 1985 era un espectáculo de fútbol ofensivo y contundencia, representando ese adagio que habla de que no hay mejor defensa que un buen ataque. “Belleza, nene”, diría el Bambino de esa dupla perfecta que se había formado entre Francescoli y Morresi, quien había relegado al banco nada menos que al gran ídolo, el Beto Alonso. Pero en las valijas de Enzo se fueron la mayoría de esos goles tras el título y el Mundial, y a Veira se le venía la Copa Libertadores, con todo lo que significaba para el club. Nadie desconocía que había equipo para ganarla, como tampoco que ese trofeo era esquivo a la historia de River, que se quedó en la puerta tras perder dos finales, una en 1966 y la otra en 1976. ¿Era la maldición del 6? Era, por sobre todo, la maldición de una Copa que Boca ya tenía en su vitrina, lo mismo que Independiente, Racing, Estudiantes y Argentinos Juniors.

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El inolvidable River campeón de América en el 86, lleno de figuras y referentes.

El inolvidable River campeón de América en el 86, lleno de figuras y referentes.

Equipo que gana no se toca, pero en este caso no quedaba otra: había que tocarlo. En defensa, un cambio táctico: el experimentado uruguayo Nelson Gutiérrez agarró la titularidad en reemplazo de Cacho Borelli y constituyó una dupla implacable con Oscar Ruggeri. Pero el gran problema estaba adelante, porque además de Enzo se había ido el otro delantero titular, el cordobés Luis Amuchástegui, y Morresi tuvo un bajón de rendimiento del que no logró recuperarse. Sin embargo, el Bambino lo resolvió con pragmatismo: Alonso, que había marcado sus famosos dos goles en La Bombonera un par de meses antes, volvió a la titularidad (por Morresi) y otro uruguayo, Alzamendi, ocupó el lugar de Amuchástegui. El tema era reemplazar a Francescoli, por sus goles y el peso simbólico que tenía su presencia y, por ende, también su ausencia.

Ahí entró a jugar Centurión, quien el año anterior había estado en Boca aunque terminó yéndose a los apurones: luego de fallar algunos goles y varios penales, la barra empezó a insultarlo, y en un partido en que el delantero se reencontró con el gol, lo festejó con la poco feliz idea de tomarse los testículos de cara a La 12. Encima, el gol terminó siendo anulado. Y así, su pasó por el club, terminado. El santafesino, que había sido suplente de Francescoli en la primera mitad de 1986, arrancó con el pie derecho la Libertadores en julio, pero a fines de agosto se le cambió el paso: en el torneo argentino, que se jugaba en paralelo a la Copa, en un partido contra Temperley, dio positivo un control antidoping. La AFA lo suspendió por un año aunque la Conmebol no, permitiéndole jugar las semifinales. Pero cuando llegaron las finales frente al América de Cali, la sanción fue también internacional y el delantero quedó fuera de todas las competencias. Él siempre declamó su inocencia e insinuó que desde adentro de River le habían hecho la cama para proteger a otro jugador. Lo cierto es que esta situación le terminó de allanar el camino al flamante refuerzo, al puntano grandote que la rompía en Colombia y que en el fútbol grande de la Argentina no conocía nadie: Juan Gilberto Funes.

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El Búfalo a lo Rambo, en una producción de El Gráfico.

El Búfalo a lo Rambo, en una producción de El Gráfico.

Y si para la Libertadores Veira había hecho mutar a su equipo de uno que iba al frente sin medir consecuencias a otro más frío y calculador, con el Búfalo esto se profundizó. El DT usó una frase muy particular para definirlo: “Contraataque ofensivo”. Lo que era una expresión contradictoria, en términos futbolísticos no lo fue tanto, porque aquel River que tenía como lanzador y estratega al Beto Alonso y explotaba la velocidad de Alzamendi y de Centurión –y luego de Funes-, resultó tan efectivo como el que había brillado al compás de Francescoli. Siempre apoyado en una base de alta gama, con jugadores de jerarquía internacional: la mitad del equipo era campeón del mundo de selecciones (Gallego y Alonso en el 78, Pumpido, Ruggeri y el Negro Enrique en el 86, apenas 10 días antes del debut copero ante Boca) y, además, Nelson Gutiérrez había ganado la Copa América 1983 con Uruguay, y la Libertadores e Intercontinental con Peñarol en 1982.

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Ruggeri, Alzamendi, Enrique, Gallego, Troglio y el Búfalo Funes celebrando la Libertadores en el vestuario.

Ruggeri, Alzamendi, Enrique, Gallego, Troglio y el Búfalo Funes celebrando la Libertadores en el vestuario.

Y el Búfalo, que tenía 23 años y ganas de triunfar. Funes se metió en el plantel a fuerza de carisma y personalidad. “Un tipo sensacional. Cuando llegó a River vivía a media cuadra de mi casa y nos juntábamos siempre a tomar mate, era un tipo alegre, no había un día en que no hiciera una broma”, supo recordarlo Antonio Alzamendi. El público veía potencia y goles, y sus compañeros, además, a un muchacho simple y lleno de frescura, que se movía en Buenos Aires como si estuviese en San Luis. “Una vez le fui a hacer una entrevista a la casa que River le alquilaba en Olivos –relata Miguel Ángel Bertolotto-. Y me llamó la atención que no había un sillón ni una silla ni una mesita: nada. ‘Yo no quiero muebles. Tengo una mesa en la cocina para comer y la tele la veo en la pieza’, me dijo. Al final hicimos la nota sentados en el suelo. Era un personaje”.

Conservaba la impronta del pibe travieso, que de adolescente le escondió el auto a su hermano para hacerle creer que se lo habían robado, o que en un partido en Mendoza, jugando para Gimnasia el clásico ante Independiente Rivadavia, chupó las naranjas que la hinchada rival le había tirado. O, como suele contar Oscar Ruggeri, era capaz de correr el techo de su auto y mientras lo aceleraba disparar al aire con el revólver que llevaba en la guantera, conjugando así otras dos grandes pasiones que tenía: los coches y las armas. Claro que no todos lo veían con la misma simpatía. De hecho, muchos dirigentes de aquella época empezaron a observar con mucha desconfianza lo que pasaba en la intimidad de aquel grupo y los hechos de indisciplina que se les permitían a los jugadores en beneficio de mantener al grupo unido y motivado. Veira armó un equipo que le respondió en la cancha con éxitos, aunque algunos, como el Búfalo, pudiesen tener “permitidos”, como pedirse una pizza a la madrugada en la concentración simplemente porque le agarraba hambre. Estas situaciones provocaron primero la salida del Bambino, luego la de Funes y, de a poco, ese enorme equipo de River se desmembró.

Ruggeri recuerda a Funes.

El Búfalo se fue a Grecia, donde no la pasó bien, porque no se adaptó, y cuando jugar en el Niza de Francia podría resultarle más amigable, la revisión médica le puso un freno y una advertencia de riesgo: tenía un problema cardíaco. Sus ganas de seguir jugando lo llevaron a Vélez, donde volvió a tener una buena temporada que lo puso en la mira de Bilardo antes del Mundial de Italia 1990, pero al Doctor no le “cerraban” algunas cosas y, para concesiones, entre Diego y Cani ya tenía suficiente. Después llegó la posibilidad de Boca y el sueño de volver a un grande, la bronca de los hinchas de River y también del Búfalo, porque sentía que sólo Boca se interesaba en él. Pero otra vez los médicos se cruzaron en el camino y esta vez con una contundencia que lo llevó al retiro. Su corazón pesaba cuatro veces más de lo normal, sufría una insuficiencia aórtica (la válvula se abría y permitía una correcta la salida de la sangre, pero se cerraba mal y esa sangre, en vez de distribuirse por todo el cuerpo, volvía al corazón). El marcapasos llegó un tiempo después, como también algún amistoso en la Liga puntana para sacarse las ganas de jugar un rato, y finalmente el desenlace previsible y doloroso.

Recordatorio de Juan Gilberto "Búfalo" Funes (Por Víctor Hugo)

Funes dejó en el fútbol una huella tan efímera como contundente. Como ese River que rompió el maleficio y el 29 de octubre de 1986 consiguió la primera Copa Libertadores en la historia del club. Porque, en definitiva, ya lo dice la frase: lo bueno, si es breve, dos veces bueno.

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Funes y una imagen familiar, junto a su hijo Juan Pablo, que dirige la fundación “Corazón de Búfalo”.

Funes y una imagen familiar, junto a su hijo Juan Pablo, que dirige la fundación “Corazón de Búfalo”.

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