LMNeuquen Cutral Co

El crimen que rompió con todos los códigos y una intriga vigente

A 9 años del asesinato del médico Farías Rojas (primera parte). Lo ejecutaron a quemarropa en el consultorio de una posta de salud de Cutral Co. Los autores fueron dos adolescentes. Nunca se pudo establecer cuál fue el móvil. Antes de matarlo de un tiro, le dijeron: "Me las vas a pagar, viejo hijo de puta".

Por Guillermo Elía - policiales@lmneuquen.com.ar

El martes se cumplen nueve años del crimen del médico Manuel Farías Rojas en una posta de salud de Cutral Co. Hasta ese entonces, había un código implícito en los barrios que dictaba que al personal de la salud y a los docentes no se los tocaba. El asesinato echó por tierra esa premisa.

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El móvil sigue siendo un misterio; si bien se descartó el robo, nunca se pudo determinar si hubo un instigador por detrás o si solo lo mataron por no hacer una receta para que los pibes de la banda Los Paisanos, del barrio General Belgrano, compraran psicotrópicos.

Sus autores, Ivan “Chucky” Barria y Christian Andrés “Carnaza” Molina, no fueron a prisión por el asesinato a quemarropa porque eran menores de edad. De todas formas, sus vidas siguieron vinculadas al delito, lo que demuestra la ineficiencia del Estado, y en la actualidad cumplen sendas condenas en la U22 por violentos robos con arma, una modalidad que nunca abandonaron.

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Dos minutos

Son las 14:30 del 2 de junio de 2011, el médico Manuel Farías Rojas del Centro Sanitario del Barrio Aeroparque, de Cutral Co, despide a una paciente que sale a la calle junto con su familia en fila india. En ese mismo instante, dos adolescentes irrumpen en la posta. Hay casi una decena de testigos entre pacientes y personal de salud, pero nada les importa.

El Chucky Barria, de 14 años, se abalanza sobre la enfermera, le pone un cuchillo en el pecho y le dice que se quede tranquila, que no le va a pasar nada. El otro, el Carnaza Molina, de 16 años, encara con pasos largos y decididos en dirección al consultorio del médico, entra y cierra la puerta.

En cuestión de segundos se escucha una discusión y la frase: “Me las vas a pagar, viejo hijo de puta”. Luego se produce un forcejeo y una detonación de arma. El Chucky deja a la enfermera y corre al consultorio. Al abrir la puerta, ve al médico desangrándose y tratando de sujetar con la mano izquierda a Molina para que no se escape.

Barria entiende que se tienen que ir y rápido. Le tira un corte en la mano a Farías, que lo suelta a su amigo, y así emprenden la huida.

En la desesperación, al Chucky se le sale una zapatilla, pero ni bien pisa la calle corre como si lo persiguiera un demonio. En tanto, Molina se sube a su bicicleta negra y sale pedaleando a toda velocidad. Ambos, en dirección al barrio Belgrano, ex 450 Viviendas.

En simultáneo, la enfermera ve a Farías tendido en el piso del consultorio, entre el escritorio y la camilla. El médico se toma el cuello con una mano y con la otra le haces señas pidiendo ayuda, mientras la sangre fluye con rapidez por la zona abdominal. La mujer corre a la calle y grita pidiendo auxilio. Toda una ironía: el hombre que auxiliaba a la gente de la zona ahora se arrastraba hasta quedar tirado en medio de un charco de sangre en la sala de espera, a centímetros de la puerta por la que acaban de escapar sus agresores.

A Farías, Manuel como le decían sus compañeros, el proyectil le ingresó por la zona del abdomen, cerca del ombligo, le dañó los intestinos y le perforó la arteria ilíaca, lo que desencadenó la hemorragia que le costó la vida.

En la guardia del hospital recibieron el aviso de que un colega iba en camino: “Primero dijeron que venía herido de bala, después que fue un arma blanca, pero nunca imaginamos que íbamos a perder en la mesa de trabajo a un compañero. Fue terrible verlo morir ahí”, recordó un médico amigo de la familia a LMN.

El ataque duró como mucho dos minutos, pero la escena quedó grabada para siempre en la retina de los trabajadores del centro sanitario, los pacientes y los vecinos que estaban en la posta esa tarde hace nueve años.

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La cacería

El caso conmocionó a toda la provincia y, bajo una fuerte presión social y política, la fiscal Marisa Czjaka junto con la brigada de Investigaciones de Cutral Co trabajaron a destajo para dar con los autores.

La escena del crimen ofrecía distintos elementos que ayudaban a esclarecer el mecanismo de la lucha cuerpo a cuerpo entre el asesino y su víctima, pero ninguna de las huellas que se levantaron ayudó para dar con los adolescentes.

La clave para ubicarlos fueron los relatos y descripciones de los pacientes y del personal de la posta sanitaria que estaba al momento del ataque.

Mientras la fiscal avanzaba con las declaraciones de los testigos, algunos pesquisas hacían inteligencia en los barrios, principalmente en el General Belgrano, que fue hacia donde los vieron huir.

Por ese entonces, en el barrio había una banda denominada Los Paisanos, en la que se enrolaba un nutrido grupo de adolescentes y varios con similitudes morfológicas típicas de la edad.

Esto llevó a que sus nombres comenzaran a sonar como posibles autores y, ante el temor de caer, las traiciones quedaron a flor de piel.

No obstante, la zapatilla del Chucky fue una evidencia vital. Se convocó a la división Canes y los perros desandaron el trayecto que hizo el adolescente en su fuga y fue así que llevaron a los adiestradores hasta el bloque C7 del barrio General Belgrano.

Ese mismo día hubo una serie de allanamientos y lograron encontrar rastros de la otra zapatilla, la caja del calzado y prendas de vestir relacionados con las descripciones aportadas por los testigos.

El círculo se iba cerrando y tanto la Policía como la fiscalía podían intuir que estaban cerca de detener a los asesinos.

Reunión de madrazas

Con todos los integrantes de la banda bajo el radar de la Policía, fue cuestión de horas para que algunos comenzaran a quebrarse.

“Molina gritaba en el patio de atrás ‘mamá, me mandé una macana, ayúdame’”, contó un vecino a los policías que armaban el rompecabezas.

Las madres de los dos involucrados, enteradas de lo ocurrido, tuvieron una primera charla donde coordinaron para entregarlos.

La madre del Carnaza, que ya tenía a su marido en la cárcel, tiró como condición que el Chucky se hiciera cargo del crimen porque como tenía 14 años era inimputable, por lo que no iría preso. Además, la mujer no quería que su hijo terminara tras las rejas.

Pero a la madre del Chucky la propuesta de que su hijo asumiera la culpa no le cabía ni un poco. Por ese motivo, se acordó una nueva reunión.

En el interín, la mamá de Molina habló con su esposo, que desde prisión le dio instrucciones claras: que no se entregara, que le iban a poner un buen abogado, y así fue que contrataron a Gustavo Palmieri, uno de los penalistas más caros de la provincia. Además, mandó a su hijo a la peluquería, donde fue acompañado por una chica en moto y se hizo cortar unos 20 centímetros el pelo para evitar que lo reconocieran en una posible rueda de identificación.

La segunda reunión fue una mera formalidad donde ratificaron posturas y, en menos de 72 horas, el Chucky y el Carnaza ya estaban a disposición de la Justicia.

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La intriga del móvil

En estos 9 años ya nadie sigue adelante en busca de un explicación de por qué mataron a Farías Rojas. Lo que sí quedó claro en el expediente fue que “al médico lo fueron a matar”, según dijo una paciente, mientras que una administrativa de la posta aseveró: “Por la forma de actuar, los sujetos fueron directamente a matar al médico, parecían drogados y se reían”.

La primera hipótesis, que fue la del robo, se descartó porque en el consultorio no faltaba nada; estaban el maletín, la notebook, el celular, el reloj y una cadenita que usaba Farías Rojas. De hecho, hubo un testimonio, vinculado al ambiente delictivo, que daba cuenta de que “el Carnaza lo pasó a buscar al Chucky para ir al consultorio porque el médico tenía una notebook, oro y plata”. Lo cierto es que la teoría podría ser la de un robo que se desmadró y huyeron sin nada. Pero a la fiscalía y a la policía esa hipótesis no les cerró nunca.

Después, surgió el dato de que el médico a veces les hacía recetas para que pudieran comprar psicotrópicos, pero como se negó a seguir con ese mecanismo hubo un forcejeo y lo mataron.

Otra de las hipótesis habla de un encargo, de un instigador en las sombras. Incluso, para la familia del médico es tal vez la hipótesis que más se acerca.

“Hubo una mujer que unos días antes fue a buscar una receta de psicotrópicos, pero el doctor no se la hizo y la mujer lo insultó y hasta le dijo ‘ya me las vas a pagar’. Después de que lo mataron y la forma, esa situación quedó ahí latente”, contó un familiar.

La única verdad es que a Farías Rojas lo mataron y las dudas sobre el móvil son todo un enigma.

Culpables en la calle

A fines de julio de ese año, la fiscalía presentó la acusación contra Molina por el delito de homicidio agravado por el empleo de un arma de fuego. En cuanto al Chucky Barria, se instó el sobreseimiento debido a que por su edad, 14 años, era inimputable.

En esa audiencia estuvo la esposa de Farías, Amelia Tapia, que también era médica. Molina aceptó la responsabilidad del crimen y estuvo con libertad asistida.

Cumplida la mayoría de edad, los informes técnicos fueron favorables y una dudosa actuación de la querella de la familia del médico permitió que, por un acuerdo, no recibiera condena. Es decir, no pasó un solo día preso por el crimen de Farías Rojas.

El Chucky y el Carnaza nunca se alejaron de la vida criminal, lo que deja más que expuesto que el Estado no hace nada para recuperar a los menores en conflicto con la ley.

El Chucky Barria, a los 19 años, cayó tras un seguidilla de robos violentos con armas, por lo que terminó condenado a 9 años de prisión. Su amigo, el Carnaza, también anduvo a los tumbos y en 2019 protagonizó un robo de película. Sobre la Ruta 237, camino a Picún Leufú, escapaba en una camioneta robada y terminó volcando. Tras ser detenido, se le acumularon un par de robos con arma, su especialidad, y le dictaron 7 años de prisión.

Hoy el Chucky y el Carnaza pasan los días en la sombra de la U22 de Cutral Co.

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Reclamos, movilización y la máquina del tiempo

El crimen del doctor Manuel Farías Rojas conmovió a toda la provincia, porque hasta ese momento los médicos y las enfermeras de los centros de salud eran respetados por los muchachos del ambiente, porque a ellos recurrían cuando resultaban heridos en algunas de sus andanzas.

“Fue un momento difícil porque con la muerte de Manuel entendimos todos los médicos que ya se había roto un código y no había vuelta atrás”, afirmó un ex colega y amigo de Farías Rojas a LMN.

Todos los profesionales de la Salud repudiaron el crimen y pidieron el esclarecimiento y mayores medidas de seguridad.

Un momento emotivo se vivió durante el velatorio de Manuel. Su hijo más chico, de 8 años, todavía no terminaba de entender lo que había pasado y, mientras adentro de la sala su papá estaba en un ataúd, afuera él jugaba con un autito alrededor de un árbol. En esa situación el chico dijo: “Me gustaría tener una máquina del tiempo para volver al consultorio y sacarlo a papá de ahí antes de que lleguen esos chicos”. Primero hubo un silencio conmovedor y luego lágrimas. “Imaginate cómo lo crió esta familia que el nene no quería venganza, sino sacar a tiempo al papá. Fue muy emotivo”, contó el profesional.

Por ese entonces, Jorge Sapag buscaba darle continuidad a su gestión al frente de la provincia, por lo que, rápido de reflejos y en sintonía con el intendente de Cutral Co, Ramón Rioseco, decretaron tres días de duelo provincial. Además, hubo un encuentro entre el intendente y el gobernador para que les brindaran más efectivos policiales y móviles a la comarca, un pedido que nueve años después sigue vigente.

La posta donde trabajaba Manuel permaneció cerrada durante un tiempo y a los trabajadores se les brindó apoyo psicológico para poder retomar las tareas.

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