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El Día de la Lealtad que quedará en la historia por el arribo de la televisión al país

Un día como hoy hace 70 años, Evita le hablaba a las masas mientras era transmitida por tevé. Cómo fue el desembarco en la Argentina de la "caja boba".

Eva Duarte de Perón vio lo que el General no. Aún débil por su enfermedad, supo hacer una lectura futurista del significado que tendría la televisión para la sociedad en general y, claro, para el gobierno en particular, el suyo, del que ella era la primera dama. Y desde ese lugar apoyó fervientemente y fue protagonista excluyente, hace 70 años, de la primera transmisión oficial de TV en la Argentina. Porque en el Día de la Lealtad de 1951, las cámaras se encendieron para su debut y televisaron el discurso de Evita. La “caja boba”, que en aquel momento era la caja misteriosa, iniciaba así un camino de crecimiento y avance tecnológico que, si bien no fue inmediato, fue incesante. Como cuando a fines del siglo XIX aparecieron los primeros autos, la tele fue al principio solo para unos pocos antes de que su masificación fuese absoluta.

“Yo les pido hoy, compañeros, una sola cosa: que juremos todos, públicamente, defender a Perón y luchar por él hasta la muerte. Y nuestro juramento será gritar durante un minuto para que nuestro grito llegue hasta el último rincón del mundo: la vida por Perón”, exclamó Eva en el balcón de la Casa Rosada, ante una multitud que la oía tratando de cumplir con el extremo silencio que el propio presidente había pedido antes de que empezara el discurso, porque a su esposa no le sobraban fuerzas.

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Y “no la vio” Perón, decíamos, porque la apuesta fuerte de entonces siguieron siendo las radios, muchas bajo un estricto control del Estado, mientras que la TV demoró unos años en meterse en la diaria y tal vez no llegó a ser la aliada propagandista que posiblemente intuyó Evita. Ella murió menos de un año después y cuando la televisión empezó a dar pasos más fuertes en el gobierno peronista, la Revolución de 1955 ya golpeaba la puerta y la derribaba, llevándose puesto todo lo que oliera a Justicialismo, desde la celebración del Día de la Lealtad hasta al propio Juan Domingo Perón, que se fue al exilio donde estuvo casi dos décadas.

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“Y les pido una sola cosa: estoy segura de que pronto estaré con ustedes, pero si no llegara a estar por mi salud, cuiden al general, sigan fieles a Perón como hasta ahora, porque eso es estar con la Patria y con ustedes mismos”, enfatizaba Evita en aquel primer discurso televisado, en una súplica que mostraba que también tenía una visión política clara de lo que podría avecinarse cuando ya ella no estuviese.

La tele llegó al país gracias a un empresario de los medios, dueño de Radio Belgrano, Jaime Yankelevich, quien había sentido el rigor del peronismo unos años antes, en 1947, cuando el 5 de junio y en medio de un discurso del presidente, se colaron frases críticas al Gobierno Nacional en plena transmisión. “No le crean”, dijo una voz anónima y ese desacato le costó a Yankelevich la suspensión del permiso para salir al aire de la radio y, aunque 30 días después la sanción fue levantada, la emisora resultó intervenida. Sin embargo, el empresario siguió como gerente artístico, comercial y administrativo. Y en los siguientes cuatro años, se desencadenó el destino de la TV en la Argentina, medio de comunicación impulsado a finales de la década del 20 en los Estados Unidos y el Reino Unido, a través de las cadenas pioneras BBC, CBS y NBC.

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Para Yankelevich, presidente de la Asociación de Radiodifusores Argentinos, el motor para traer la TV al país fue el dolor: la temprana muerte de uno de sus hijos, Miguel, quien conocía de este nuevo medio por leer revistas extranjeras y le insistía a su papá que valía la pena imponerla en la Argentina. En honor al joven fallecido de peritonitis cuando tenía 18 años, Jaime fue a fondo con el proyecto e invirtió lo necesario para, además, resolverlo rápido: él también supo que estaba enfermo y no le quedaba mucho de vida, de hecho murió en febrero de 1952, con su desarrollo en marcha aunque aún lejos de popularizarse.

A “las masas” llegó bastante tiempo después. Incluso, al momento del derrocamiento de Perón en el 55, la televisión seguía siendo un “chiche” para los pocos que podían tener acceso a ella. La cuenta era simple: un aparato de TV le costaba a la gente el doble de lo que le salía una heladera. Claramente, era una tecnología más que exclusiva, sin dejar de contemplar que en sus primeros años tenía una programación muy elemental y transmitía pocas horas por día. Vinculándolo con lo político, recién en abril de 1954 comenzó a verse el primer noticiero llamado “Telenoticioso argentino”, que iba por el único canal -estatal-, el 7, y era conducido por Carlos D’Agostino. Sin embrago, ya era demasiado tarde para que el peronismo lograra sacarle un rédito publicitario de su gestión a las imágenes televisivas y que éstas pudieran ayudar a evitar el golpe militar que tuvo lugar 17 meses después.

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Carlos D'Agostino.

Carlos D'Agostino.

Pero volviendo a lo que ocurría hace 70 años, Evita apoyaba la llegada de esta nueva forma de comunicar y apuntó al Día de la Lealtad como la fecha justa para lanzar el nuevo proyecto, esta innovación que “sería peronista”, tal su deseo. Un deseo que se apalancó en el de Jaime Yankelevich, quien a mediados de 1950 había viajado a los Estados Unidos -Argentina no tenía esa tecno en su industria nacional- para comprar todo lo necesario para iniciar las transmisiones. Lo acompañó el ingeniero Max Koeble.

En Norteamérica, donde tuvieron el asesoramiento de David Sarnoff -presidente de la RCA- y Dan Paley -de la CBS-, además de los directivos de la Federal Communication Comission -que regulaba la actividad de radiodifusión en los EE.UU.- compraron un transmisor de 5KW de potencia, con una antena de 50 metros de alto que fue instalada en la terraza del porteño edificio de Obras Públicas, en Moreno y 9 de Julio (hoy es la sede del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación), dos camiones de exteriores, cables, spots de iluminación y seis cámaras (todas de “segundamano”, o sea usadas). Y atendiendo a las normas básicas de la comunicación (que no sirve de nada el “emisor” sin un “receptor”), las compras de don Jaime hechas en Nueva York incluyeron cerca de 700 televisores de dos marcas estadounidenses: Standart Electric (de la General Electric) y Capheart (de la ITT). Todo en el marco de una inversión de más de 15 millones de pesos.

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Gustavo Yankelevich, nieto de Jaime y reconocido productor televisivo de estos tiempos, contó hace unos años que la suerte que corrió el mundo político en la postguerra terminó dándole una gran mano a su abuelo para importar la televisión. “Le dijeron que estaban armando las máquinas y debía esperar tres o cuatro años porque lo que tenían listo ya estaba vendido a Rusia”. Sin embargo, al dispararse la Guerra Fría, Estados Unidos dio de baja la entrega de esos equipos a los rusos y se los vendió a Yankelevich.

Con la estructura técnica ya en el país, Evita y el ministro de Comunicaciones del gobierno, Oscar Nicolini, alentaron al empresario a tener todo listo para el 17 de octubre de 1951. Y así fue. A pesar de que no fueron tantas las personas que pudieron ver en la televisión aquel acontecimiento político en la Plaza de Mayo, la medalla ya estaba colgada para ambos. Una, porque fue la que dio el apoyo oficial; el otro porque es considerado hasta hoy “el padre de la televisión argentina”.

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“Desde un balcón del segundo piso del Banco Nación, en Plaza de Mayo, tres cámaras registraron uno de los actos más memorables del peronismo. Manejaron esas cámaras Jaime Yankelevich, Enrique Telémaco Susini, Oscar Agromayor y Gerardo Noizeaux, en tanto Oscar Orzábal Quintana manejó el switcher. Todas las cámaras tenían la inscripción "LR3 Radio Belgrano Televisión”, contó el periodista e investigador del tema, Carlos Ulanovsky.

Y aunque las transmisiones regulares empezaron unos meses más tarde, un año antes de que se sancionara la primera Ley de Radiodifusión y dos años antes de que se lograra la autorización para traer mayores cantidades de televisores (en 1954 llegaron al país unas 250.000 unidades, lo que permitió, al haber más oferta, que bajara el precio), la “caja boba” ya estaba en la Argentina y se quedaría para siempre. Desde hace ya 70 años.

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