El emotivo reencuentro de una mujer con un excombatiente: se conocieron por carta en plena guerra

La mujer, residente en San Antonio Oeste, tenía 13 años cuando le escribió a un soldado desconocido. 38 años después, se volvieron a ver.

Es una historia con final feliz en un momento atroz del país que vivió una nena de 13 años que hoy tiene 53. Fue a mediados de 1982, cuando transcurría la guerra de Malvinas y el mundial de fútbol emergía como tenue anestesia para un pueblo ya estremecido por la dictadura. Paula Iaquinta era la niña. Hoy es médica y dirige el hospital de San Antonio Oeste.

En aquel momento iba a primer año del Instituto Santa Cecilia de Mar del Plata, con obvia formación religiosa y donde naturalmente reinaba la conmoción por el episodio bélico. Como en muchas escuelas aquella vez, los docentes –monjas en este caso- pidieron a los alumnos que escribieran una carta para enviar a un “soldado desconocido”.

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Se buscaba con el gesto levantar el ánimo de la tropa, según se escuchaba entonces, y por eso además se juntaban víveres, chocolates para el frío, revistas y abrigos, entre otras cosas, que se aseguraba le enviarían al archipiélago. La carta de Paula, asombrosamente, llegó a Hugo Maya, un soldado de 19 años destinado en Puerto Argentino.

Oriundo de Curuzú Cuatiá, provincia de Corrientes, el joven había cumplido el servicio militar obligatorio en el GADA -Grupo de Artillería de Defensa Aérea- 601, coincidentemente de la ciudad balnearia bonaerense. Pese a las adversidades en su estancia en el archipiélago, tres veces le contestó a la jovencita.

“La primera carta es con letra desprolija, porque cuenta que escribe en una trinchera y con mucho frío”, evocó Iaquinta. Esos escritos ahora se exponen en un museo de Mar del Plata.

El regreso

Poco después del fin del conflicto, el 14 de junio de 1982, Paula supo que estaba por llegar en tren un contingente de combatientes y, acompañada por su abuela, concurrió a la estación. Tenía la ilusión de encontrarlo, aunque “no sabía si estaba vivo”. “Era un mundo de gente”, recuerda. Y un uniformado, que parecía tener jerarquía, aseguraba, y era la gran noticia, que su amigo epistolar estaba vivo.

Les recomendó comunicarse al otro día con la base militar, que allí obtendrían más datos. Efectivamente, su admirable abuela pudo hablar con el muchacho. A la noche siguiente fue a cenar a su casa con un compañero. Iaquinta dice que fue una velada de lo más amena, y que ninguno de los dos jóvenes se mostró angustiado por la experiencia vivida.

Esa noche se despidieron y nunca más supo uno del otro. A la preadolescente solo le quedaron las tres cartas con sus sobres.

Contacto por Facebook

La chica se recibió de médica, se casó, tuvo tres hijas y se radicó en San Antonio, donde solía ir de veraneo porque tiene familiares. A principios de febrero de este año, durante un ordenamiento general de su casa, desempolvó una caja de zapatillas y en su interior encontró dos de las tres cartas que creía perdidas entre tantas mudanzas. Las volvió a leer ya con ojos de adulta y se sorprendió.

“Era una piba de 13 años, no dimensionaba lo que era la guerra, el impacto que tenía en la sociedad”, sostuvo.

Pero no quedó ahí. Emocionada por el hallazgo, le tomó una fotografía y la subió en su cuenta de Facebook con una breve descripción que generó muchos comentarios de admiración. Todo sucedió en pocas horas gracias a la velocidad de internet. A las 4 de la tarde publicó las cartas y a la medianoche tenía novedades. Un compañero de trabajo, Claudio Alboroz, logró hallar un contacto entre muchos contactos. Otro soldado que lo conocía le consiguió su teléfono.

Ese fue el reencuentro, a través del teléfono.

Por su puesto que la recordaba. “Hablamos como si nos conociéramos de toda la vida”, destacó la médica. Ahí se enteró que después siguió la carrera militar, luego se retiró y se hizo empresario. Ahora vive en Buenos Aires y prometió venir a visitarla a San Antonio.

Hace un par de años la sorprendió un día que estaba de guardia. Desde entonces, el contacto continuó con más asiduidad y se consolidó una relación de amistad que se forjó por una guerra.

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