El gran payaso
Buenos Aires > “Cada vez que regreso al país espero encontrarme con malas noticias. Es una sensación vaga, insistente, que se me instala al abordar el avión. El lunes pasado, al volver de Italia, me encontré con que se había muerto Alberto Olmedo. El taxista que me llevó de Ezeiza a la Boca estaba de un humor sombrío y sólo habló para decirme que nuestras vidas ya no serían las mismas sin el cómico de los viernes”, narraba Osvaldo Soriano en una nota publicada en Página/12 el 13 de marzo de 1988.
Tal como lo describía el Gordo, la desaparición del cómico significaba, a su entender, “un pesar inconsolable”: “Sin el gran payaso, este país de incautos, melancólicos y rufianes se queda a solas con sus pálidas. Cada uno de nosotros es un personaje de Olmedo que, quizá sin saberlo, se ríe de sí mismo. Ahora que el otro saltó por el balcón, descubrimos que, como su amigo Rogelio Roldán, el de los 170 australes, 'éramos tan pobres'. Tan ilusos y trágicos”.
Desfachatado
Con una mirada cómplice a la cámara y un remate inesperado, el recordado actor Alberto Olmedo cambió la forma de hacer humor en Argentina. A fuerza de improvisación y una desfachatez capaz de derrumbar las barreras mismas de la TV, mostrando los decorados, golpeando puertas de cartón y riéndose de la rusticidad y austeridad de la escenografía de la televisión argentina, el rosarino sigue generando carcajadas, aun hoy, a 25 años de su muerte.
Fue el dueño de un estilo transgresor que dejó huella y el creador de una galería de personajes que continúan vivos en el imaginario popular. El Capitán Piluso, el Manosanta, Rucucu, Borges, Rogelio Roldán y el dictador de Costa Pobre fueron algunas de sus geniales invenciones, y los latiguillos “¡de acá!”, “y si no me tienen fe”, “éramos tan pobres” y “no toca botón”, su marca registrada.
Pero en el pico de su carrera la vida de Olmedo tuvo un trágico final. Murió el 5 de marzo de 1988 a los 54 años, tras caer desde un piso 11 de un edificio de la ciudad de Mar del Plata, donde ese verano protagonizaba la exitosa obra de teatro “Éramos tan pobres”, dirigida por Hugo Sofovich. Su muerte aún no pudo terminar de esclarecerse.
“Nunca se sabrá si estaba divirtiéndose antes de la última voltareta, pero al fin y al cabo fue coherente con su vida despreocupada: matarse de esa manera tiene algo de ridículo y desopilante, como todo lo suyo. Es un broche maestro para alguien que mezclaba todos los roles de la existencia con un talento inmenso”, decía el propio Soriano, a quien Olmedo llamó una madrugada para decirle que había leído “A sus pies rendido un león”, que quería interpretar al cónsul en cine y estaba dispuesto a producir la película. Algo que finalmente nunca sucedió.
El hambre como motor
Olmedo nació el 24 de agosto de 1933 en un barrio humilde de la ciudad de Rosario. Su padre lo abandonó y fue criado por su madre, Matilde Olmedo. Desde pequeño debió salir a trabajar para llevar el pan a su hogar, y fue allí donde conoció la calle y el hambre.
“¿Mi origen? Pobreza, conventillo, cocina al fondo. Un baño para seis piezas. Mucho frío y a veces ropa prestada... A los siete años ya era un hombre y a los doce andaba en lugares pesados. Tenía mucha hambre, y el hambre me dio agilidad para sobrevivir en la calle. Y también la decisión para tomarme el buque, porque en Rosario no pasaba nada”, solía recordar el cómico.
Así, luego de trabajar como “reidor” en un teatro de Rosario, integró una banda juvenil de artistas, hasta que decidió mudarse a Buenos Aires en busca de otros horizontes.
Sus inicios
Primero ingresó como técnico al Canal 7 de televisión, y luego de sorprender con sus imitaciones en una fiesta fue contratado como actor.
Su debut fue en “La troupe de la TV” y luego actuó en el infantil “Joe Bazooka”, que sirvió de preparación para protagonizar en 1960 el programa infantil “El Capitán Piluso y Coquito”, que hacía junto a Humberto Ortiz. Uno de los puntos más fuertes de aquella experiencia infantil fue la pelea, en el Luna Park, en 1961, entre Piluso y Martín Karadagian.
“Estoy seguro de que la clave de Piluso entre los chicos era que ellos lo comprendían fácilmente –dijo Olmedo–. Piluso pensaba como ellos y decía exactamente lo que a ellos les gustaba decir”.
A la par desarrolló su carrera como actor cómico para adultos en TV, cine y teatro de revistas. Participó en el programa “Operación Ja Ja”, programa de los hermanos Hugo y Gerardo Sofovich. Y unos años después, casi al mismo tiempo que da vida al atolondrado Yeneral González, surge otra creación clave en su carrera: Rucucu, un mago ucraniano vestido de largo levitón oscuro, sombrero de copa redonda, y anchos bigotes, capaz de cualquier cosa, incluso el papelón más importante. En boca de este mago afloró la frase que sería la marca de Olmedo: “¡No toca botón!”, frase que Rucucu le decía al público cuando iban a un corte publicitario y que en 1981 se transformó en el programa que lo llevó al estrellato con sketches como “Chiquito Reyes”, “El Dictador de Costa Pobre”, “El Pitufo”, “El Psicoanalista”, y los recordados “El manosanta” y “Álvarez y Borges” en el que componía una divertida dupla con Javier Portales. Éste fue uno de sus dos grandes parteneires; el otro fue Jorge Porcel.
Se dejó ganar
En cine participó en 42 películas a lo largo de su carrera. Las más exitosas fueron las que apelaron al humor popular como “Los caballeros de la cama redonda”, “Los fierecillos indomables”, “Los doctores las prefieren desnudas”, “A los cirujanos se les va la mano” y “Los colimbas se divierten”.
Las actrices Moria Casán y Susana Giménez acompañaron a Olmedo y Porcel en varias películas y obras teatrales, entre ellas “La revista de las superestrellas”.
“En algún momento comenzó a corromperse, igual que casi todos sus compatriotas, y su arte se volvió vulgar, degradante, fascistoide. Perdió el pelo, ganó mucho dinero y algunas mañas y repitió como letanías los instantes soberbios en los que había cambiado las reglas de la televisión. Su humor de bragueta le bastaba para hacernos reír. No buscaba la crítica, aunque a veces lograba hacernos sentir todo lo bajo que habíamos caído”, decía con cierta tristeza el Gordo Soriano en aquella nota, aunque enseguida destacaba: “Y sin embargo, ¡qué grande era a veces! (…) Entraba en la letrina y sacaba oro”.
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