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La Mañana Morro García

El Morro García, el crack que todos quisimos y no supimos cuidar

Murió un genio mundano con el que todos los hinchas del fútbol argentino soñamos alguna vez. Pidió auxilio, pero no reconocimos las señales. El fútbol argentino vuelve a demostrar que no está preparado para convivir con este tipo de patologías.

Peleón, medio chantún, gordito, fanfarrón, gracioso y, sobre todo, talentoso. Fue el jugador que todos quisimos ser. Nos deslumbran los Maradonas, los Messis y los Cristianos, pero cuando aceptamos que ellos son extraterrestres y bajamos al mundo de los terrenales, El Morro tenía todo lo que nos hubiera gustado tener para llegar.

Pertenece a ese clan de los que nos deslumbran siendo como nosotros, de barrio, sin desconocer nuestros propios conflictos y lejos de esas burbujas que solo contienen a las megaestrellas. El Morro era uno de los nuestros.

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Nació y creció en la barriada de Montevideo donde los excesos -que él nunca negó-, los peligros a los que expone la pobreza a los pibes de este lado del mundo y el fútbol eran parte de la cotidianeidad.

Sus virtudes con la pelota lo llevaron a las formativas -como le dicen a las inferiores en Uruguay- de su Nacional. Llevaba la pasión Tricolor en la sangre y en 2008, con 17 años, debutó con gol ante Defensor Sporting por la Liguilla Pre-Libertadores. Entre sus dos pasos por El Bolso (2008-11 y 2014) jugó 119 partidos y marcó 47 goles.

En 2014, en el clásico uruguayo ante Peñarol, El Morro cayó preso por una pelea en el campo de juego que terminó con jugadores de ambos equipos tras las rejas. Y según él mismo reconoció, el día que lo llevaron al penal y le colgaron el cartelito con los “numeritos” de recluso fue el peor de su vida.

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Entre sus dos ciclos en Nacional, se convirtió en el refuerzo más caro de la historia de Atlético Paranaense (de casi 6 millones de dólares), club al que no se pudo amoldar y sólo jugó 16 partidos y marcó dos goles. Fue el primer momento, según su relato, en el que pudo ponerle palabras a los que padecía: depresión.

Su plato favorito era el arroz con atún, huevo, aceitunas, mayonesa, ketchup y mostaza. Su contextura y la exigencia del preparador físico en su próximo destino, el Kasimpasa de Turquía (2012), provocaron que de un día para el otro agarrara las valijas y se volviera a Montevideo. Cuando desde el club lo llamaron para preguntarle dónde estaba, él respondió: “En Uruguay, y no vuelvo más”. Y no volvió más.

Su mejor rendimiento siempre lo mostró con unos kilos de más que le permitían maniobrar para aguantar al defensor que quisiera llevárselo puesto y no le impedían correr a buen ritmo todo el partido. Nunca fue de esos futbolistas que a los 50 o 60 minutos de un partido tuviera que dejar la cancha porque no tenía resto. Mantenía vivo su poder de fuego hasta el último minuto y con su peso podía convivir. Con la depresión no.

Además, padecía de la vista. Según él, “de noche” se le “complicaba” un poco jugar, pero lo único que tenía que hacer era enfocar los tres palos “al tun tun” y “chocar todo lo que tenía en frente”. Por lo general, no fallaba.

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-> Los pases a clubes grandes de Argentina que no fueron

“¿Por qué no lo traen al Morro?”, se preguntaron los hinchas de todos los clubes de Primera División cuando se abría algún mercado de pases y su equipo atravesaba una sequía goleadora. En los últimos cinco años, todos quisimos a Santiago Damián García Correa vestido con la camiseta de nuestro cuadro.

Pero él solo quería jugar al fútbol en su lugar en el mundo: Mendoza. El uruguayo llegó a Cuyo en 2016, tras un fructífero paso por River Plate de Montevideo (37 partidos y 14 goles), y cada vez que su nombre entraba en la carpeta de algún otro club era tajante: “Me quiero quedar acá”.

Desde entonces, jugó 119 partidos y marcó 51 tantos y se convirtió en ídolo y máximo goleador en Primera del Tomba.

¿Será que en la tierra del sol eterno encontró un lugar donde sus fantasmas no lo acechaban tanto?

“Hubo un momento en el que pensé en dejar el fútbol, a punto tal que un día abro la puerta y mi hermano vio la manera en la que estaba viviendo. No prendía la luz de mi casa, estaba totalmente… totalmente… deprimido. No quería jugar más al fútbol”, contó el mismo Morro al programa Líbero en 2018 acerca de su “peor momento”, allá por 2011 cuando vestía la camiseta del Paranaense de Brasil.

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El último año del charrúa en Mendoza, además de la pandemia, estuvo atravesado por un conflicto sin retorno con la dirigencia tombina, que demostraba su descontento con el futbolista por no ser el líder positivo que soñaban los señores de traje. La distancia con los directivos lo marginó de entrenar con sus compañeros.

Quienes conducen al club, encabezados por el presidente José Mansur, no querían que el goleador siguiera vestido de azul y blanco, mientras él intentaba con sus herramientas explicarles por qué no podía ser el “profesional” que ellos querían que fuera.

El Morro, la misma persona que aceptó ante el gran público que había estado deprimido, no soportó más y este sábado a la madrugada se suicidó. Las señales las dio, pero no estuvo rodeado de gente capaz de reconocerlas.

-> Las señales y la incapacidad del fútbol de contener

“No sabía que eran señales”, lamentó Jaime Ayovi, quizá el mejor socio de Santiago “Morro” García en Godoy Cruz, acerca de una conversación que mantuvieron en los últimos tiempos cuando ya no compartían campo de juego por el regreso del ecuatoriano a jugar en su país.

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Y sí, las señales son la clave para cambiar un rumbo que parece inexorable cuando la depresión es severa. Pero no tiene que ser un ex compañero de equipo el que lo detecte, sino un profesional capacitado.

“La depresión puede llegar a hacerse crónica o recurrente y dificultar sensiblemente el desempeño en el trabajo o la escuela y la capacidad para afrontar la vida diaria. En su forma más grave, puede conducir al suicidio. Si es leve, se puede tratar sin necesidad de medicamentos, pero cuando tiene carácter moderado o grave se pueden necesitar medicamentos y psicoterapia profesional”, establece la Organización Mundial de la Salud (OMS) acerca de la depresión.

Dentro de los “trastornos mentales” -como los califica la OMS-, la depresión es quizá el más habitual de todos y se calcula, según cifras oficiales, que afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo -un 4% de la población mundial-.

Según la Federación Internacional de Futbolistas Profesionales (FIFPro), el 38 por ciento de los futbolistas padece algún trastorno mental y entre ellos se destaca la depresión como el más recurrente. Pero ¿está preparado el ambiente conservador del fútbol -y por qué no el deporte en general- para aceptar que un jugador no puede estar en la cancha el domingo porque su cabeza está enferma?

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Es frecuente encontrarse en el prime time de la televisión deportiva argumentos que atentan contra la “salida del clóset” del depresivo.

“¿Vas al psicólogo vos? Mamita querida, qué increíble. De verdad no te ponés frente al espejo y decís, ‘tengo una mujer bárbara, tengo mis dos hijos bárbaros, soy conductor, relato los partidos bárbaro’. ¿Qué más querés? ¿Qué le decís al psicólogo? Explicame. ¿Yo estoy mal y vos vas al psicólogo? Vos estas mal, con todo lo que tenés a tu alcance. ¿Qué más querés?”, interpeló años atrás el campeón del mundo Oscar Ruggeri a Sebastián Vignolo al aire cuando se hablaba sobre la psicología en el fútbol, como si el bienestar de las personas dependieran exclusivamente de lo material.

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El Cabezón, años después y en un mundo en deconstrucción, considera que la psicología aplicada al deporte y los ámbitos profesionales “exitosos” no tiene sentido.

El campeón del mundo con Argentina en México 86 era el entrenador de San Lorenzo cuando se suicidó el pibe Mirko Saric en el año 2000.

“El perro verde”, como él mismo se calificaba, decidió este sábado dejar de sufrir. Para nosotros, va a ser difícil dejar de soñar al Morro García con la camiseta de nuestros clubes.

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