El museo de San Antonio, un viaje al pasado pueblerino

En cada rincón de la centenaria casona hay algo que hace retroceder el tiempo.

El mobiliario, los objetos cotidianos, los documentos que testimonian el primer gobierno municipal y la notable colección de fotografías que retratan al incipiente pueblo reflejan como era la vida de los pioneros de principios del siglo pasado en esta región costera.

Todo está prolijamente expuesto en el Museo Histórico Municipal de San Antonio Oeste, ubicado en la esquina de Rivadavia y Guemes, uno de los sitios más concurridos cuando el clima se descompone y no se presta para la playa.

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Cada persona o grupo que ingresa al lugar hace un recorrido por las distintas habitaciones de la vivienda convertidas en salas donde se expone el rico material.

Es un viaje por la antigüedad que tiene escalas en ámbitos dedicados a la vida social, la economía y la política. Se pueden encontrar antiguas planchas a carbón, vasijas enlosadas, cubiertos, recipientes metálicos, botellas, muebles, radios, tocadiscos, entre otros. O un curioso equipo de dentista, escardadoras de lana, máquinas de coser, herramientas e instrumentos de una oficina de otra época.

Muchos de los objetos fueron donados al Museo, y otros han sido prestados por descendientes de antiguos pobladores. Todo es original y muestra las costumbres, el modo y la calidad de vida que se llevaba en la inicial comunidad.

Los encargados del establecimiento, Miriam Miller y Marcelo Pesaresi, trabajan para que los visitantes no solo se lleven el recuerdo de lo que vieron, sino que los acompañan con descripciones y relatos. Una suerte de guía.

No olvidan las lágrimas que brotaron de un contador ya entrado en años que quedó paralizado cuando vio una vieja calculadora “Facit”.

Pero lo que más admiración despierta entre el público es la propia casa donde funciona el Museo, que acompaña para darle más realismo a todo lo que guarda en su interior.

Es una típica vivienda de madera y chapa de las muchas que aún se encuentran en la localidad.

Eran fabricadas en Inglaterra y llegaban como lastre en los barcos que luego volvían a Europa cargados por productos de la región como lanas y cueros. Ésta fue adquirida entre 1907 y 1908 por don Luis Peyrano, el primer presidente del Concejo Municipal. A mediados de la década del 90 las autoridades la compraron y la destinaron al Museo.

Hace unos pocos años le agregaron un nuevo atractivo en la vereda misma de la sede: un hueso de una mandíbula de ballena que encalló hace muchos años en la zona.

La olla gigante del naufragio

Uno de los atractivos que ofrece el Museo es una gigantesca olla de hierro fundido que está en el hall de la casa. El recipiente sorprende por su porte, y tiene una riquísima historia ya que fue recuperada de entre las ruinas de un velero mercante que naufragó en la zona de Caleta de los Loros, sitio ubicado entre Viedma y Puerto San Antonio Este.

Pocos datos se tienen del navío hundido. No se sabe con exactitud cuando zozobró. Sus restos fueron descubiertos durante una marea baja por pescadores de la zona, quienes lograron rescatar diversos objetos. También fue detectada la gran olla, pero como estaba repleta de arena se hizo difícil retirarla.

Los memoriosos recuerdan que se generó una especie de competencia entre varios grupos de muchachos de aquel entonces. Muchos lo intentaron y fracasaron. El principal obstáculo era sus poco más de mil kilos que pesaba. Hasta que un equipo compuesto por Amalio Giordano, el médico Benjamín Neumivakin, Poul Pedersen (primer intendente de la democracia), su hijo Pedro, entre otros, consiguieron cargarla en un acoplado tras hacerla flotar con tambores mientras bajaba la marea.

Los testimonios indican que la llegada de la olla a San Antonio fue todo un acontecimiento. “Produjo un taponamiento en la avenida Belgrano, donde muchos vecinos se aglomeraron para participar del hecho en su fase final”, expresa un cartel que describe los pormenores. Se destaca que es una de las pocas que quedan en el mundo, y que se la utilizaba para producir grasa de lobos y otros animales marinos.

Luego de algunos años de deambular fue instalada en el hall del museo, donde el público la puede apreciar. Como el óxido la está deteriorando, proyectan darle un tratamiento para mantenerla.

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