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La Mañana Zapala

La aerobanda: el buche, el sargento y la bóveda

PRIMERA PARTE: Robar el tesoro del banco Bansud en Zapala y escapar en un avión privado parecía un plan perfecto, pero a los delincuentes el azar le jugó una mala pasada y todo se vino a pique.

En un avión viajaba un mendocino, un neuquino y un rionegrino. Lo que parece la base clásica para un chiste popular donde se realzan rasgos discriminatorios, en verdad fue la estructura de uno de los más intrigantes planes para asaltar un banco en Zapala y huir por los aires con todo el dinero del tesoro: 400 mil dólares allá por julio de 2000.

Un buche, el azar, la intuición de un empleado del banco y el coraje de un cabo de la Policía fueron claves para dejar a la aerobanda de Pedro “Tito” Fridman con las manos vacías y a casi todos sus integrantes tras las rejas.

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La investigación llevó hasta Miguel Ángel Toma, el ex secretario de Seguridad Interior de la Nación, que en entonces era diputado nacional del PJ. Toma era socio y dueño de la empresa de taxis aéreos en la que escaparon los criminales con un policía de rehén.

La brigada de investigaciones de Zapala comprobó que habían recibido apoyo logístico de un sargento neuquino. Además, la banda estaba conformada por una decena de delincuentes de Neuquén, Mendoza, Río Negro y Buenos Aires que tenían antecedentes por tráfico de drogas y golpes tipo comando.

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El buche: la punta del ovillo

El hecho ocurrió en julio de 2000. En esa época, las empresas de tecnología y comunicaciones no habían popularizado el uso de celulares. Eran equipos muy costosos por lo que pocos tenían uno. Por lo general, los utilizaban empresarios y gente de dinero. De hecho, en los medios de comunicación solía haber uno que se utilizaba para cobertura especial.

En esos tiempos, para hacer seguimiento a los delincuentes, los policías de las brigadas pateaban todo el día la calle y se manejaban con el boca a boca, fuentes propias y los denominados “buches” que eran claves.

El buche, generalmente era un delincuente que ya tenía algunas causas y que como andaba por la cuerda floja, los policías le lograban sacar información, a veces a cambio de un atado de cigarrillos y en casos muy extremos se lo apretaba advirtiéndole que harían correr el rumor en el ambiente de que era “informante” por lo que ahí aflojaba y soltaba algunos datos.

Pero como los buches no eran trigo limpio, algunos datos los pasaban porque en el fondo les servía para que la Policía les sacara algún “competidor” del camino. Así funcionaban las cosas y hay que entenderlas en su contexto.

Justamente, fue un buche quien puso al tanto a la brigada de investigaciones de Zapala, que lideraba Miguel Ángel Jara, actual superintendente de Investigaciones de la Policía, que iban a “reventar” la bóveda de la sucursal Zapala del Banco Bansud ubicada en la esquina de Etcheluz y Uriburu.

La información que manejaban era clave, por eso Jara convocó a una reunión a puertas cerradas en la que solo estaban los otros cinco integrantes de la brigada.

Cuando fueron puestos al tanto de lo que ocurriría, cruzaron miradas y silencios. Sabían que estaban ante un hecho inédito y que se enfrentarían a una banda criminal que seguramente vendría dispuesta a todo.

Los seis sintieron en su su interior como se entremezclaban el valor, el miedo y el vértigo. Estaban ante el caso de sus vidas, lo que todo policía puede llegar a desear en su carrera, participar en una investigación de este calibre.

A partir de ahí, los pesquisas sellaron un pacto para que ningún dato se filtrara. Solo ellos seis sabían lo que estaba por pasar en el corazón geográfico de Neuquén, pero ahora tenían que descubrir quiénes y cuándo. Por lo que de inmediato iniciaron distintos trabajos inteligencia.

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La pata policial

La city bancaria de Zapala estaba compuesta por solo tres bancos en un radio de 500 metros: Bansud, BPN y Banco Nación. Los brigadistas, obviamente de civil, arrancaban sus tareas de vigilancia de la zona muy temprano. Así pudieron establecer los movimientos de empleados y hasta comerciantes. Todo era tan monótono que aburría, pero de pronto una cara les comenzó a llamar la atención, fue la del jefe de calle de la Comisaría 22 de Zapala el sargento José Lezana.

Lo interesante, fue que casi en paralelo el buche advirtió que había un policía que estaba metido en la banda y que sería el encargado de la logística y también liberaría la zona para el golpe.

El jefe de la brigada tuvo que explicar la situación a Jefatura y se decidió el traslado del sargento a Mariano Moreno.

Con el posible entregador fuera de juego, se siguieron las tareas de inteligencia y los ojos se posaron sobre el Hotel Frontoni, que era un tradicional hospedaje ubicado en el casco viejo de Zapala, pero con la muerte de su dueño estaba devenido a menos.

El mendocino Jorge Cucatto, con frondoso prontuario, supo seducir a la viuda y en poco tiempo convirtió el hotel en un inquilinato que servía de covacha para sus conocidos del ambiente delictivo y también usaba algunas habitaciones como prostíbulo.

El hotel se ubicaba a 300 metros de la sede bancaría. A decir verdad, el lugar era perfecto, pero ya gozaba de mala reputación.

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Tiempo de espera

Gracias a las tareas de investigativas, los brigadistas habían logrado elaborar un organigrama con algunos de los posibles integrantes de la banda que siempre se rondaban por el Frontoni.

Todas las noches, esos seis efectivos se iban a dormir con un ojo abierto porque aún no tenían fecha concreta del golpe. Suponían que iba a ser en abril, pero había pasado mayo y junio sin novedades.

Lo que sí tenían resuelto, es que ni bien se produjera el robo, el efectivo que estuviera de turno en la brigada tenía que salir rápidamente para consignar el hotel devenido en inquilinato.

El paso del tiempo se convertía en un contrapunto para los pesquisas que pasaban de la ansiedad al relajo, un coctel poco sano.

A los pocos días de arrancar el invierno de ese año, el 25 de julio a las 19 aterrizó en el aeródromo de Zapala, a unos 10 kilómetros de la localidad, un Beechcraft biturbo hélice, al que los dueños de la empresa Vip Air le decían Been-90.

El vuelo había partido del aeropuerto internacional de Don Torcuato que era la base de operaciones de la empresa del menemista Miguel Ángel Toma.

En el aeródromo zapalino no había nadie que realizara control. En ese vuelo, llegaron los cabecillas de la banda: Tito Fridman, Pablo Marcelo Escobar y Gustavo Arias junto con el piloto y copiloto.

Esa noche, hubo movimientos inusuales en el inquilinato y la brigada estaba en alerta.

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Maldita cerradura

Eran las 7 de la mañana del 26 de julio de 2000 y la decena de delincuentes que integraban la aerobanda de Tito Fridman, estaban en posición. A la vuelta del banco, sobre calle Elena de la Vega, había un Peugeot 405 que era el apoyo para los atracadores.

Ese auto, lo había conseguido Cucatto quien le dijo a la viuda de Frontoni que lo compró en Mendoza tras recibir dinero de una herencia, pero resultó que tenían pedido de secuestro porque había sido robado en el partido de Morón en Buenos Aires.

Ese, fue un día maldito para los delincuentes que pensaban en dar un golpe de antología.

El sargento de calle que había sido trasladado a Mariano Moreno, Lezana, estaba de civil adentro de la sucursal porque era parte del plan. Si algo se desmadraba, fingían que lo tomaban de rehén para poder escapar.

Pero lo que salió mal fue algo que nadie pudo prever, ni el gerente del banco, ni la policía, ni los delincuentes.

La puerta del castillete blindado tenía que estar cerrada y con el policía de consigna adentro a las 8, hora en que se abría la bóveda. Pero, se le había trabado la cerradura al castillete y como estaba sincronizada con la puerta del tesoro, no se pudo realizar la apertura a horario. Dato que no manejaban los asaltantes.

La demora y el no saber qué había pasado, los comenzó a poner nerviosos a a Fridman y Escobar que estaban afuera. Un empleado de Bansud, los vio, sospechó y no dudó en llamar al comando.

En ese momento, aparece en escena el cabo Carlos Roberto Figueroa que acababa de terminar de cumplir un adicional en la Terminal de Colectivos de Zapala. Cuando se irradió el aviso sobre un par de tipos en actitud sospechosa afuera del Bansud, Figueroa, como le quedaba casi enfrente, avisó por radio que se daba una vuelta mientras un móvil de la Comisaría 22, iba en camino.

Cuando los dos delincuentes vieron al cabo Figueroa, que estaba uniformado, ir en dirección a ellos comenzaron a caminar por Etcheluz hacía Elena de Vega donde está el Hotel Pehuén.

El cabo les dio la voz de alto y en ese momento los delincuentes que iban con tranco presuroso se largaron a correr. Figueroa corrió, pero al doblar por calle Elena de Vega, donde tenían apostado el 405 los delincuentes, Cucatto lo sorprendió apuntándole con un arma a la cabeza y los otros dos le metieron una pistola en la boca, le quitaron el arma y lo redujeron.

“Rajemos”

Con el policía encañonado, pensaron en volver al banco y jugarse a concretar el robo, todavía creían que podían lograrlo. Pero ni bien asomaron la cabeza por calle Etcheluz vieron a lo lejos el móvil.

“Rajemos”, dijo Tito Fridman. Escobar metió a Figueroa al coche y Cucatto se puso al volante. Los tres sabían que no les convenía terminar adentro del banco acorralados y con una toma de rehenes.

Con el plan desarticulado, los delincuentes emprendieron la fuga. El móvil policial, un Renault 12 viejo, los cruzó casi de frente en pleno centro y hubo un intercambio de disparos, por suerte sin heridos, pero una vez que el 405 agarró la Ruta 40 dejó atrás al viejo móvil.

En la persecución, a lo lejos, desde el móvil vieron que el 405 ingresaba al aeródromo, pero no imaginaron que cuando arribaran ellos, entre tres y cinco minutos más tarde, tendrían ante sus ojos la escena de lo que tranquilamente podría ser una película.

El Peugeot estaba con todas las puertas abiertas y el avión carreteando y despegando. Los tres delincuentes escaparon con el cabo Figueroa como rehén y esposado con su propias esposas.

El Frontoni rodeado

Cuando uno de los efectivos de la brigada escuchó por radio que el asalto a la sucursal de Bansud estaba en progreso, tomó a dos agentes de la comisaría y salió rápidamente para el inquilinato de acuerdo a todo lo que ya habían previsto.

El lugar fue consignado y los delincuentes que habían regresado a la guarida quedaron atrapados en su interior. Tras las ordenes respectivas para allanar, se procedió a concretar varias detenciones entre mujeres y hombres. Además, encontraron armas enterradas.

A todo esto, el sargento Lezana ya había sido detenido por los integrantes de la brigada cuando lo vieron en el banco. El policía entregador juraba que estaba de casualidad, nunca le creyeron.

Sin plan de vuelo

Cuando tomaron conocimiento de que los delincuentes huyeron en un avión, comenzó una ardua tarea. Hubo que llamar a todos los aeropuertos y aeródromos para tratar de identificar el vuelo y seguirlo por los radares.

Así fue que descubrieron que el Been-90 no tenía plan de vuelo, cosa que se verificó después tras los allanamientos que realizó un juez Lomas de Samoras en la base de la empresa Vip Air en Don Torcuato. Es decir, que todo se realizó en la clandestinidad, mal que le pese a Toma que en todo momento defendió a su tripulación.

Con la alerta lanzada de que una banda había tomado de rehén a un policía, la Fuerza Aérea dispuso de inmediato dos caza bombardero Mirage para salir en su persecución y obligarlos a aterrizar (mañana habrán más detalles de la odisea que vivió Figueroa en el aire y una entrevista con el jefe de la brigada que desarticuló la banda).

El avión realizó una escala en el balneario Reta, cerca de la localidad de Tres Arroyos. El Been-90 aterrizó en una calle desierta, donde un lugareño observó que se bajaban un par de hombres y dio aviso a la policía por la rareza observada.

Había todo un trabajo de inteligencia realizado por la banda, que conocía que una combi recorría la Ruta 3 con dirección a Bahía Blanca. A esa combi subieron Fridman y Escobar, que nunca sospecharon que los habían visto bajar en medio de la nada.

La policía bonaerense los terminó deteniendo en un peaje cerca de Bahía y si bien fingieron ser visitadores médicos, entre las cosas secuestradas tenían un plano de Zapala, 2300 dólares y 1700 pesos, además de tarjetas de bancos porteños y dos celulares, que se transformaron en una puerta de acceso al resto de la banda.

En menos de 24 horas había 13 personas detenidas entre ellas el sargento de la policía neuquina y otro sargento de la Policía Federal con base en Zapala y los cabecillas de la organización criminal.

Finalmente, cuatro horas después de la fuga cinematográfica, el Been-90 apareció. Pidió permiso para aterrizar en el aeropuerto de Don Torcuato, pero el operador se lo denegó y le ordenó que fuera a Ezeiza. Allí, la Policía detuvo al piloto y copiloto, sospechados de complicidad y rescataron al cabo Figueroa que estaba todo golpeado y sangrando.

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