La deuda de América Latina en los años 80
Por Humberto Zambón
Hasta comienzos de los años 70, los flujos de capital que venían al tercer mundo tomaban fundamentalmente la forma de inversiones directas (capital de riesgo) mientras que el endeudamiento de los estados era con organismos nacionales o internacionales. A partir de los ‘70 fueron los bancos privados quienes tomaron la delantera y se convirtieron en los principales acreedores, mientras que la inversión directa disminuyó aproximadamente al 20% del flujo total. En diez años la deuda externa de los países subdesarrollados no petroleros se multiplicó por 5 (entre 1973 y 1983 pasó de 130 a 664 mil millones de dólares).
En Argentina fue el período de la dictadura y de la experiencia neoliberal de Martínez de Hoz. Los fondos del endeudamiento fueron puerilmente utilizados en importaciones prescindibles, en enriquecimiento de minorías especulativas y en una ilusión generalizada de riqueza nacional (fue la época del turismo masivo al exterior, donde al argentino se lo apodaba “el deme dos”).
El Gobierno había establecido una tabla anunciando las futuras devaluaciones de la moneda, que eran decrecientes, hasta desaparecer. De esa forma, se pretendía eliminar la incertidumbre cambiaria y ajustar la inflación interna a la internacional. Fue la famosa tablita de Martínez de Hoz.
Sin embargo, la inflación interna, en parte por simple inercia, fue superior a la devaluación prevista, lo que llevó a un atraso cambiario que, unido a la apertura externa de la economía, incrementó las importaciones y produjo un fuerte déficit de la balanza comercial; para cubrirlo y para asegurar un flujo permanente de capitales, la tasa de interés local fue mayor que la internacional. Durante 1979 y 1980 se podían hacer diferencias entre el 40 y el 50% anual en dólares tomando préstamos en el mercado internacional y depositándolos en el sector financiero interno, que, además, gozaba de la garantía estatal. Según Jorge Schvarzer, “de acuerdo con estadísticas oficiales, el sector privado se endeudó con el exterior en una magnitud superior a los 5.000 millones de dólares en 1979, sólo por esta causa”.
Final de fiesta
A partir de 1980 comenzó a manifestarse desconfianza respecto de la durabilidad del programa, por lo que el Banco Central se endeudaba con el exterior con el único fin de satisfacer la demanda de dólares del público: así, entre enero de 1980 y marzo de 1981 el Gobierno se endeudó con los bancos extranjeros en 15.000 millones de dólares que, en parte, volvió a los mismos bancos como depósitos de los residentes argentinos. La fuga de capitales entre 1978 y 1982 fue estimada en 23.400 millones de dólares.
Finalmente, el endeudamiento externo de los particulares fue asumido por toda la sociedad, al “nacionalizarse la deuda” (mediante el sistema de seguros de cambio, el estado se hizo cargo de prácticamente el total de la misma).
Entre 1979 y 1981 la tasa de interés internacional pura pasó del 7 al 17% anual, lo que implicó un elevado aumento del valor actual del endeudamiento externo y, lógicamente, de las obligaciones de pago por intereses. Con este cuadro, a principios de los años 80 era evidente que la posibilidad de endeudamiento de los países del tercer mundo estaba llegando al límite. Primero fue el caso de Turquía (1979) y luego Polonia (1982) debieron refinanciar sus deudas, hasta que en ese mismo año México interrumpió sus pagos, que imitó Argentina, declarando de hecho una moratoria unilateral.
Ilegalidad e incobrabilidad
La deuda externa total para América Latina era de 309.800 millones de dólares. Para los principales deudores (Brasil, México, Argentina, Venezuela y Perú) las exportaciones totales no alcanzaban a los servicios anuales (amortización más intereses) de la deuda. Además de la ilegalidad de la deuda (había sido tomada por dictaduras, sin participación de los representantes del pueblo), la imposibilidad de pago era manifiesta.
Frente a la crisis los intereses de los países desarrollados (acreedores) y los del tercer mundo (deudores) estaban, lógicamente, enfrentados. Para los primeros, la situación patrimonial y económica de sus bancos resultaba comprometida y de la crisis podía resultar una debacle del sistema financiero mundial.
El economista Miguel Teubal reunió los siguientes datos que resumen tal situación: tomando los 9 principales bancos de Estados Unidos, la deuda de México, Argentina, Brasil y Venezuela representaba el 135% de su capital; la deuda de los 13 principales deudores representaba el 215%. Para todos los bancos de Estados Unidos, los 13 principales deudores representaban el 142% del capital. Mientras que la reserva para pérdidas eventuales de los nueve bancos principales era del 12% de la deuda correspondiente a los tres mayores deudores.
Una decisión que asumiera la incobrabilidad de la deuda externa del tercer mundo implicaba una pérdida superior al capital de los bancos involucrados y, en consecuencia, la declaración de insolvencia del sistema.
En la posición contraria, diversos sectores de los países deudores procuraron crear un frente de rebeldía, tal como surge de la declaración del ministro de economía argentino, Bernardo Grinspun: “los problemas contables que tengan los bancos no son de la incumbencia del gobierno argentino” (diarios del 23-3-84).
Club, sólo para acreedores
Estados Unidos presionó contra la posibilidad de formar un “club de deudores” y en junio de 1984, durante la reunión cumbre de Londres, los jefes de estado del Grupo de los Siete (Estados Unidos, Canadá, Japón, Reino Unido, Alemania, Francia e Italia) acordaron adoptar una estrategia del tratamiento individual, país por país, del problema de la deuda.
Con el correr del tiempo, los bancos acreedores pudieron previsionar parte del riesgo de incobrabilidad y se fue diluyendo la posibilidad de un frente común de los deudores; el Fondo Monetario Internacional (FMI) amplió su función inicial y su poder, tomando el papel de “administrador” de los intereses de los acreedores, actuando como paso obligado en las tratativas entre deudores y acreedores por la refinanciación de las deudas. En el informe del Unctad (Trade and Development Report de 1988) se resume la situación diciendo que “la quiebra del sistema bancario internacional ha sido evitada” y que “la exposición a los riesgos derivados de la insolvencia de los deudores se redujo considerablemente para los grandes acreedores externos”.
El salvamento de los bancos fue pagado por los pueblos de América Latina: en los nueve años transcurridos entre la crisis de la deuda y el fin de la década de los años 80, América Latina transfirió recursos por 223.600 millones de dólares, que representaban el 72,1% de la deuda existente al comienzo de la crisis; sin embargo, la deuda había crecido de 309.800 a 422.645 millones de dólares. Fue la llamada “década perdida”.
La situación actual de Grecia y los demás países europeos endeudados se parece demasiado a la de América Latina de comienzos de los años 80.


