Esfuerzo y sacrificio. Esos dos componentes fueron los pilares fundamentales en la vida de Ugur Sahin y de Öezlem Türeci. Y también en su historia de amor. Con un origen de inmigración compartido, los dos fueron compañeros de estudio, esposos, colegas en la medicina y ahora socios de Biontech, una de las empresas que podría salvar al mundo de la pandemia de coronavirus.
Ugur y Öezlem tienen un origen que los enlazó desde siempre. Él nació en Turquía y ella en Alemania, pero los dos son hijos de ciudadanos turcos que viajaron a esa potencia europea en busca de un futuro más próspero, incluso cuando la sociedad alemana era reticente a la llegada masiva de inmigrantes de ese país musulmán.
Los padres de los dos llegaron a Europa como la primera generación de inmigrantes turcos, que arribaron en el marco de un programa de la posguerra conocido Gastarbeiter. Estos musulmanes eran invitados al país en una política que fue muchas veces cuestionada por los propios alemanes, que estereotipaban a los turcos como “fruteros inexpertos”.
"Alemania ha luchado durante mucho tiempo con la pregunta sobre cuán abierta debería ser su política de inmigración y el programa de 'trabajadores invitados' de la posguerra siempre ha sido cuestionado", dijo Christian Odandahl, economista jefe del Centro para la Reforma Europea, en una publicación de Twitter citada por la cadena BBC.
"El padre de Ugur Sahin era uno de esos trabajadores invitados que venían a trabajar en la fábrica de Ford en Colonia y ahora su hijo podría ser la persona que acabó con la epidemia que arrasó el mundo", agregó.
Hijo de un obrero, Ugur siempre tuvo el deseo de convertirse en médico. A fuerza de sacrificio, se graduó en 1990 y trabajó en hospitales universitarios en Colonia y en la ciudad universitaria de Hamburgo, una ciudad al sudoeste de Alemania en la que Öezlem había iniciado su vida académica.
A diferencia de él, Öezlem es hija de un médico turco que se mudó a Alemania antes de que ella naciera. Desde pequeña mamó el amor por la profesión y decidió seguir los pasos de su padre al imitar su vocación. Durante sus estudios de Medicina conoció a Ugur, y encontró en él su propio reflejo: las mismas raíces turcas, la condición de inmigrantes y un amor inalterable por la ciencia médica y la investigación.
Después de su graduación, la pareja decidió abocarse al estudio de los tratamientos oncológicos. Según afirmó ella a medios alemanes, incluso en el mismo día de su casamiento encontraron un rato para asistir al laboratorio y avanzar un poco más en una cura contra el cáncer.
Después de dedicar su tiempo al estudio del sistema inmune y comprender la composición de cada tumor, los dos se lanzaron como emprendedores. Crearon Ganymed Pharmaceuticals para desarrollar anticuerpos, que fue vendida a la empresa japonesa Astellas en 2016 por casi US$1,4 mil millones. En ese momento, la pareja ya estaba ocupada construyendo BioNTech, fundada en 2008, en busca de una gama mucho más amplia de herramientas de inmunoterapia contra el cáncer.
Entre esas herramientas se cuenta a ARNm, una sustancia mensajera versátil que se utiliza para enviar instrucciones genéticas a las células. Así, el sistema inmunológico detecta las células cancerosas como un virus que ingresa al cuerpo y trata de eliminarlas.
Este método permite producir más vacunas de forma más rápida en comparación con los métodos tradicionales de inmunización. Por eso, la empresa prevé producir más de 100 millones de dosis de vacunas para finales de año y esa proyección convirtió a Ugur en unos los 100 alemanes más ricos.
En un año, el valor de mercado de la compañía en la bolsa de empresas tecnológicas Nasdaq pasó de US$4.600 millones a los US$21.000 millones gracias al papel fundamental de la firma en la investigación para la inmunización masiva contra el coronavirus. Es decir, Biontech vale cuatro veces más que la aerolínea alemana Lufthansa.
Sin descuidar ni un segundo su ansia de conocimiento, Ugur leyó en enero de este año un artículo científico que daba cuenta de un brote de un extraño virus en una provincia china. Y lo comprendió: una estrecha brecha separaba a los medicamentos anticancerosos de ARNm y las vacunas virales basadas en ARNm.
Sin dudarlo, asignó a un equipo de 500 especialistas para diseñar varios compuestos. No había tiempo que perder. Tenían que trabajar más rápido que la luz. Pronto, la firma estadounidense Pfizer y la china Fosun se sumaron al proyecto de una vacuna que podría cambiar el rumbo actual de la humanidad.
La proyección de la firma turco alemana convirtió a la pareja en una de las más ricas y poderosas del momento. Sin embargo, el médico de 55 años no pierde su humildad. Los que lo tratan afirman que sigue asistiendo a las reuniones con jeans, una mochila y el casco de su bicicleta debajo del brazo.
A pesar de sus avances grandilocuentes, Ugur mantiene el trato amable y los hábitos modestos que le impuso su padre, obrero e inmigrante, en el seno de una familia humilde. Matthias Theobald, un profesor de oncología que lo conoce desde hace 20 años, afirma que es una persona modesta.
Pero esconde un sueño: tiene una obsesión inmutable por transformar la medicina. Para Theobald, Ugur “quiere crear las estructuras que le permitan realizar sus sueños y ahí es donde las aspiraciones están lejos de ser modestas”.




