Neuquén > Los sabios suelen repetir que hay que alimentar la mente para evitar su derrumbe. Y Manuel Enriquez - ex socio fundador de Moño Azul- parece tomar muy en serio el concepto. A sus 79 años y dueño de una memoria privilegiada y una lucidez admirable, Enriquez desarrolló una actividad paralela a las tareas que realizó durante su juventud. Durante años, coleccionó meticulosamente los afiches que se adherían a los laterales de los cajones de fruta, aquellos que supieron marcar la distinción entre las empresas productoras de la zona del Alto Valle de Río Negro y Neuquén.
«De los 1.800 afiches que junté a lo largo de mi vida, más del 50 por ciento exceden los 50 años de antigüedad», dice con cierto orgullo Enriquez.
Manuel Enriquez, más conocido por Manolo, es dinámico y muy inquieto. Busca entre sus cajas los afiches más antiguos que aún conserva con el formato de la exposición que presentó recientemente en la «IV Feria del Comahue», en Villa Regina.
«De los 1.800 sólo expuse 1.500», se lamenta mientras selecciona los más representativos de Moño Azul, la empresa de la que supo tener las riendas a partir de sus primeros años de juventud.
«El primer afiche que junté fue de Afede y ya tiene unos 80 años, recuerdo que lo fuí a buscar a un depósito. Así empecé juntando cada vez más pero nunca me imaginé que iba a llegar a tantos», aseguró el empresario.
De las 800 empresas que estuvieron en la zona, muchos afiches representaban a la producción local más allá que había gente que venía a comprar fruta al valle y le adhería su marca para exportarlas a Inglaterra o Italia.
«Esto es la historia de la fruticultura. Acá están todos los empacadores o pioneros de la fruticultura del valle que pasaron o están pasando», asevera. Y agrega: «si a esa marca que se había hecho conocida le iba bien, entonces algunos querían asociar el producto con su marca. De esta manera se dio el nacimiento de los afiches».
Antes de Moño Azul, su padre ya contaba con una pequeña empresa familiar que debutó con un afiche que se llamaba «Dos puentes», más de 70 años atrás. Después aparecería el logo que supo ganarse un lugar no sólo en el mercado interno nacional sino también en el internacional.
«El de Moño Azul fue el de mayor calidad, no se podían poner frutas que no fueran de primera selección. Tomó un prestigio muy grande ante las demás marcas y afiches. Venían y pagaban más la marca porque sabían que era de primera», señala.
El nombre de «Moño Azul» surgió por casualidad o por designio del destino cuando su padre y su hermano mayor estaban reunidos en un bar de Buenos Aires. Justo salieron las alumnas de un colegio frente al bar y, por ese entonces, se solía usar moños azules sobre los guardapolvos. «Mi hermano quiso que le pongamos moño azul y ahí mismo dibujó el logo, luego lo propuso en el directorio, lo imprimimos, nos gustó y de ahí en más fue la primera marca hasta el día de hoy», agrega.
Pero no es el único hobbie que despuntó desde su niñez. En una biblioteca se observa el primer ejemplar de la revista del club de sus amores. «Septiembre 15 de 1944», sentencia el margen derecho de la primera revista de River Plate con la imagen de Ángel Cabruna y Félix Lousteau, impecables en su portada.
Acto seguido, muestra un amarillento ejemplar del diario La Nación, fechado el 3 de junio de 1929, día de su nacimiento. No era el único coleccionista de la familia. A los 27, Manuel fue uno de los fundadores del Club El Biguá y el impulsor de que se comprara el predio donde actualmente se encuentra. Años después, ya con un decálogo de experiencia bajo su espalda, fue pionero en la plantación de cerezas en lo que se conoce como el altiplano, en inmediaciones de Mari Menuco. Y toda una vida ligada a la producción de la fruticultura, desde los 18 cuando se hizo cargo de un galpón de empaque,hasta llegar a la presidencia de la compañía en su sede de Vista Alegre.
«La vida es también aventura. Para ganar tenés que arriesgar sino arriesgás no ganás. A mí no me gustan que me traigan las cosas servidas, me gusta ser protagonista de las cosas en la vida», asevera en tono convencido Manolo, en tiempos donde no es común escucharlo.
«Yo prácticamente nací en un cajón cosechero», repite Manolo como quien no olvida sus orígenes relacionados a la tierra. Cuando Manuel nació, Neuquén apenas contaba con 3.500 habitantes.
Cuando surgió la empresa, entró en la sociedad Enriquez e Hijos, Antonio Pirri, Guido Grisanti y dos socios más provenientes de Buenos Aires. La firma empezó con 30 empleados hasta llegar a los 2.500.
«Pero es muy raro que una empresa familiar dure más de tres generaciones y ésta ya las tenía. En la primera no hay problemas todos nos conocemos, en la segunda empiezan a llegar los hijos a la empresa pero aún estamos los fundadores, ya en la tercera no estamos nosotros y todos quieren ser presidentes», precisó Enriquez.
Fue una razón más para que a principios de año hayan vendido Moño Azul a compradores italianos a quienes conocían desde hace añares porque supieron ser representantes de su producción en la península itálica.


