La noche que Neuquén se preparó por si bombardeaban los chilenos

El simulacro se llevó a cabo el 14 de diciembre de 1978, en pleno conflicto por el Canal de Beagle. ¿Qué hicieron los neuquinos? ¿Cómo reaccionaron?

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

“¿Y si nos bombardean igual?”, preguntó uno de los chicos del grupo. “No van a ver nada porque está todo oscuro; no van a gastar bombas si no saben dónde están los edificios”, contestó otro.

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Faltaban pocos minutos para las 22.30 de aquella noche del 14 de diciembre de 1978 y en el barrio estábamos expectantes y ansiosos por el primer protocolo de oscurecimiento de la ciudad de Neuquén, con motivo de lo que parecía un inminente conflicto armado con Chile.

Las tensiones con el país vecino habían comenzado a partir de un fallo arbitral de la Reina de Inglaterra, un año antes, por el cual declaraba que el verdadero curso del Canal de Beagle era poniente-oriente. De esta manera, las islas Lennox, Picton y Nueva, serían chilenas ya que se hallaban situadas al sur de ese canal.

Autoridades de ambos países habían tenido una serie de encuentros para tratar de destrabar la crisis que había desatado aquel fallo, pero en ninguna de esas reuniones llegaron a buen término. Argentina desconocía el laudo arbitral y amenazaba con “recuperar” las islas por la fuerza. Todo indicaba que la posibilidad de que se iniciara una guerra era realmente muy alta.

Teniendo en cuenta la proximidad con la República de Chile, tanto Neuquén como otras provincias fronterizas estaban en alerta ante el inicio de un conflicto armado, debido a que serían los primeros blancos en caso de un bombardeo enemigo.

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No se puede oscurecer toda la ciudad; es imposible”, lancé con un tono pesimista al grupo de chicos que habían llegado a mi casa para contemplar el apagón desde la terraza.

Era una noche calurosa, de esas típicas de verano, y las clases ya habían terminado. Por eso, era común que con los chicos del barrio nos juntáramos a charlar o a jugar la pelota en la calle Tucumán, que en aquella época tenía un tránsito de pueblo y mucho más, cuando caía el sol y terminaba la actividad laboral.

El anuncio del operativo había sido anunciado por las autoridades neuquinas a través de Defensa Civil municipal. Tenía que ser cumplido a rajatabla y supervisado por cada jefe de familia. Esas eran las órdenes.

Con mis hermanos colaboramos con mis padres pintando de negro varios cartones que juntamos para colocar en las ventanas. Algunas aberturas fueron cubiertas con frazadas o telas gruesas para que no pasara la luz hacia afuera.

Si bien la orden no era un apagón, se había solicitado a la comunidad que sólo dejaran encendidas luces indispensables durante una hora, pero con el cuidado que no se reflejaran hacia el exterior. En pocas palabras, durante esos 60 minutos de simulacro toda la ciudad tenía que desaparecer en la oscuridad para simular una defensa, por si llegaban los aviones chilenos cargados de bombas.

Con mis amigos estábamos encantados por ver cómo se cumpliría aquel protocolo, aunque también teníamos cierta fascinación ante la posibilidad de vivir una guerra por primera vez. De muy chicos habíamos jugado con soldaditos de plástico imaginando increíbles batallas, y hasta protagonizamos -con rifles y cascos de juguete- épicos enfrentamientos en las bardas o en las obras de construcción, inspirados en las series Combate o Los Comandos de Garrison, que daban semanalmente en la tele. Muy lejos estaban de nuestro conocimiento los verdaderos horrores que encerraba una guerra y de los costos que podía llegar a tener. A partir de esa inocencia era comprensible semejante fascinación.

Cuando se acercaba la hora, nos trasladamos hasta el centro de la terraza –el lugar más despejado que había en el techo- para prepararnos para ver el apagón, que ocurrió exactamente a las 22.30.

En cuestión de segundos, la ciudad se fue borrando de nuestras miradas como si se tratara de un truco de magia. Cada luz blanca o amarilla comenzó a desvanecerse y los barrios que hasta hace poco se divisaban debajo de las bombitas incandescentes o las lámparas de mercurio desaparecieron, abriendo el telón para un paisaje imponente y maravilloso.

Sin luces en la ciudad, las estrellas parecían haber aumentado su intensidad y las “Tres Marías” se mostraban alineadas a la perfección, como si estuvieran al frente de esa inmensa marea de diminutas luces titilantes. La luna parecía estar más presente y cerca que nunca. El cielo nos abrazaba.

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“¿Cómo hacen para trabajar en los hospitales?”, preguntó uno de los chicos. “Tal vez lo hagan a oscuras y en silencio”, opiné sin saber.

El protocolo para el apagón tenía en cuenta el trabajo que se hacía en cada centro de salud o edificio público que estuviera funcionando de noche, pero también se debía cumplir con el oscurecimiento de ventanas, claraboyas, tragaluces o cualquier abertura que permitiera el paso de la luz. En los techos de los hospitales pintaron cruces rojas para identificarlos y, de esta manera, estuvieran a salvo de un eventual bombardeo.

Todo estaba previsto en el simulacro, hasta en los mínimos detalles. Quienes se encontraran circulando con vehículos por las calles de la ciudad durante el oscurecimiento debían estacionar, apagar las luces tocar bocina durante un minuto y esperar a que termine el operativo.

En caso de que existiera una emergencia, los vecinos tendrían que recurrir al “jefe de manzana” que se había designado en las cuadras de cada barrio y que sería el nexo con las autoridades sanitarias o de seguridad para atender las urgencias que se presentaran.

Durante largos minutos nos dedicamos a contemplar en silencio la ciudad oscura, apenas iluminada por la luna y las estrellas. En el horizonte se recortaban en el cielo las geometrías de los techos de las casas más altas, dado que en la Neuquén de aquel entonces casi no había edificios altos. Se trataba de un paisaje mágico, muy propio de los que se aprecian en las noches de la cordillera sin ninguna contaminación lumínica, pero este era realmente especial porque estábamos en una ciudad grande, acostumbrada a los reflejos de las luces de la calle, las casas y los comercios.

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Por momentos, Neuquén parecía indefensa frente a un posible ataque de cazas chilenos, pero era solo en apariencia. En el oeste de la capital, donde todavía dominaban las bardas y el desierto, el Ejército había montado una serie de defensas antiaéreas. Se trataba de estructuras toscas de hormigón que se levantaron ese mismo año para instalar armamento especial en caso de que sobrevolaran aviones enemigos. La más importante estaba ubicada en los límites de lo que hoy son los barrios El Progreso y Gregorio Alvarez. La defensa había sido construida en lo más alto de la barda y tenía tres túneles de entrada que daban a una enorme sala blindada. En ese lugar se hicieron ejercicios militares para sorpresa de quienes habitaban en las inmediaciones, ya que nadie sabía a ciencia cierta de qué se trataba.

Años después de finalizado el conflicto, el Ejército dinamitó la construcción, dejando vestigios de esas paredes enterrados en la arena y en medio de las urbanizaciones que se hicieron con el paso del tiempo.

Así como se habían montado defensas antiaéreas en las bardas, todas las guarniciones militares de Neuquén se reforzaron en cantidad de efectivos y armamento. Los puestos de guardia llegaban más allá de los límites de cada cuartel, en las calles y rutas había retenes militares por todos lados.

También el aeropuerto escondía aviones “caza” listos para despegar en caso de que se iniciara el conflicto y los pilotos civiles y comerciales habían sido convocados por el Ejército para colaborar en eventuales misiones humanitarias si comenzaba la guerra. Así, la capital se había convertido en una importante base de operaciones.

En la cordillera el despliegue de tropas era aun mayor, teniendo en cuenta la proximidad de los pueblos neuquinos con Chile. Los ejercicios militares habían comenzado mucho antes cuando recién se había desatado el conflicto. Todas las rutas y caminos eran escenarios de un desfile constante de camiones, soldados y pertrechos, a la espera de la orden para comenzar la pelea, aunque la mayor concentración estaba en el sur para cumplir el objetivo de ocupación de las islas en disputa.

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Durante la hora que duró el apagón, con mis amigos no hablamos de otra cosa que de la posible guerra. De hecho, en nuestros hogares era prácticamente el único tema de conversación. Las radios, los diarios y la tele informaban permanentemente las novedades en torno al conflicto y las instancias de las negociaciones que se llevaban a nivel internacional para evitar un derramamiento de sangre que parecía algo increíble, especialmente, en vísperas de una Navidad.

En las calles, comercios, bares y oficinas, el conflicto era también parte de la comidilla diaria porque además en la capital vivía una gran cantidad de chilenos. ¿Quién no conocía, tenía como amigo o era familiar de algún chileno? ¿Y en el norte neuquino donde desde siglos se desdibujan las fronteras de los pueblos? ¿Cómo serían las relaciones con los chilenos que vivían acá si entrábamos en guerra con el país en el que habían nacido?

Mi papá y mi mamá trataban de tranquilizarnos en cada sobremesa familiar cada vez que salía el tema. Nos decían que el Papa (Juan Pablo II) no permitiría que entráramos en guerra y que todo se solucionaría en algún momento. En efecto, la máxima autoridad de la Iglesia había asumido la mediación personalmente y sólo faltaba la designación de una persona de confianza para ambos países que interviniera y pusiera fin al conflicto. Para nosotros, en realidad, no significaba una preocupación porque no teníamos conciencia de lo que significaba una guerra. Sin embargo, percibíamos esa angustia entre nuestros adultos, más allá de sus palabras tranquilizadoras.

A las 23 en punto de aquella noche, las luces comenzaron a reaparecer tímidamente sobre la ciudad de Neuquén en cuestión de segundos. El operativo de oscurecimiento había finalizado. El alumbrado público volvió a iluminar las calles y las viviendas comenzaron reflejar su vida interior, cuando cada propietario retiró los cartones y frazadas de las ventanas.

Nuevamente maravillados con el paisaje, con mis amigos pudimos ver desde la terraza de mi casa cómo, de a poco, el pueblo reaparecía entre las sombras, y la luna y las estrellas resignaban el mágico protagonismo que habían tenido durante una hora. Todo volvía a estar como entonces.

Los días siguientes pasaron sin mayores sobresaltos, con la permanente dosis de tensión que se percibía, más allá de las negociaciones a instancias del Papa.

Festejamos la Noche Buena con las rutinas culturales de siempre, sin saber que un día antes la cúpula militar argentina había decidido invadir las islas, y que un temporal en el canal de Beagle frustró las operaciones que hubieran declarado oficialmente la guerra.

Nos enteramos en plena Navidad sobre la llegada providencial a Buenos Aires de un hombre ignoto que venía como mediador en representación de la Iglesia y que sería clave para resolver el conflicto justo en el momento más crítico: el cardenal Antonio Samoré. Recién a partir de esa visita la tensión se fue diluyendo.

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Más relajados, con los chicos del barrio y los compañeros del colegio celebramos la llegada de las vacaciones y la posibilidad de jugar y salir a la calle durante más tiempo en aquellos calurosos y largos días de verano.

El 8 de enero de 1979 mis viejos me contaron que en Montevideo se había firmado un acta en la que Argentina y Chile desistían del uso de la fuerza mientras continuaban las negociaciones. Cinco años después, el 29 de noviembre de 1984 –en plena democracia- se firmaría en Roma del Tratado de Paz y Amistad entre ambos países. La crisis había terminado.

Pasaron casi 40 años de aquel operativo de oscurecimiento que se hizo en Neuquén para prepararnos ante un eventual bombardeo chileno frente a ese absurdo espiral de violencia que llevaron al límite dos naciones vecinas signadas por las dictaduras militares.

Para quienes vivimos esa época –en plena adolescencia- nos quedó grabado aquel simulacro de defensa exitoso y ordenado que cumplimos todos los neuquinos.

Y todavía permanece en nuestro recuerdo esa noche en la que la ciudad se desvaneció bajo las estrellas, se mantuvo a oscuras durante una hora y se fue a dormir temerosa y preocupada por algo que dijeron que podía ocurrir, pero que por suerte nunca ocurrió.

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