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Las desventuras del Tarro Muñoz, un adicto al robo

Integró el hampa neuquino durante un par de décadas. Le encantaba andar calzado con un 38 y vivía de la adrenalina. Se crió en el oeste, donde tuvo al trote a los policías desde pibe. En toda la región concretó robos. Recorrió el país por las prisiones federales. Tuvo varias fugas, pero en su última caída, mató a un guardia en un asalto a un banco en Chile y su suerte terminó tras las rejas.

José Heriberto Muñoz Zavala, de nacionalidad chilena, comenzó sus andanzas delictivas cuando era un pibe, en la década del 90, y prácticamente tenía a los investigadores al trote. Además de concretar varios golpes desde San Martín de los Andes hasta General Roca, recorrió el país cometiendo robos con cuanta yunta hacía. Fue así también que pasó por casi todas las cárceles federales.

Quienes lo persiguieron lo recuerdan como un tipo de armas tomar y que cuando se veía acorralado, la cosa podía terminar a los tiros.

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Los viejos policías lo bautizaron el Tarro Muñoz. “Porque tenía tarro, culo, suerte para zafar. Las veces que se nos habrá escapado y las veces que ni pudimos engancharlo...”, se sinceró un retirado, y se le escapó una mueca que manifiesta a las claras los tragos amargos que le hizo pasar.

El Tarro, a los 20 años, medía 1,65 y era flaco, lo que lo hacía bastante escurridizo. A esto se suma que cuando lo iban persiguiendo corría como endemoniado, saltaba paredones y alambrados con gran agilidad, y cruzaba las calles al filo de los autos.

Escapando del pinochetismo

El Tarro llegó a Neuquén cuando era muy pibe a fines de los 70. Su madre se vino de Chile con él y sus hermanos en busca de mejores oportunidades. Allá, la dictadura pinochetista era implacable y la pobreza se hacía sentir.

En Argentina, el régimen militar también hacía estragos, pero Neuquén le brindó a doña Muñoz y su familia ciertas oportunidades.

La madre consiguió una casa de plan en el barrio Los Álamos y de a poco se fueron acomodando.

Pero el Tarro, ya siendo adolescente, comenzó a juntarse con gente del ambiente y demostró tener agallas para vivir al margen de la ley.

Ya terminaba su etapa de pibe cuando agarró un arma por primera vez y no dudó mucho cuando lo invitaron a ir de caño.

El fierro en la cintura le gustaba. Caminaba más seguro, con cierta jactancia, sentía que podía hacer cualquier cosa.

Además, la adrenalina que le generaba el momento de la acción, cuando todo era vértigo, pulsaciones al tope y la vida al límite, se convirtió en su gran adicción.

En Neuquén, hizo todo tipo de robos, siempre con arma. Usaba un revólver calibre 38 plateado. Algunos cuentan que cuando salía a meter fierro lo lustraba con una gamuza para que brillara.

Ya había participado en varios asaltos hasta que les cayó un dato para ir a reventar a la empresa del Ismail Escaudar. Escaudar era un empresario sirio muy reconocido por su comunidad por ayudar a quienes llegaban de su país natal en busca de trabajo. Además, Ismail tenía mucha llegada en las filas del MPN.

“Tras un intento de robo en Escaudar cruzó la Ruta 22, justo había un policía de tránsito que lo vio venir de frente, sacó el arma y le apuntó, y el Tarro no bajó el 38” dijo un investigador retirado. Relato bajo reserva a LMN

“Hace un par de años, vino una comisión de San Juan, y le mostramos una foto del Tarro y nos dijo que había robado una joyería allá pero estaba con otra identidad y se fugó”.Pesquisa del caso. Relato bajo reserva a LMN

El trabajo para el Tarro y asociados parecía sencillo: entraban, metían caño y se llevaban una buena cifra de dinero. Pero algo falló en el camino y todo se derrumbó como un castillo de naipes. Los delincuentes, que no habían hecho mucha logística, salieron corriendo al boleo pero en distintas direcciones, como marca del manual del chorro.

“Ese golpe fue a fines del 93 principios del 94. Al Tarro y compañía les falló el dato. La empresa de Escaudar estaba del lado sur de la vieja Ruta 22 a la altura de Corrientes. Cuando salen corriendo, yo voy detrás de él con otro policía más y, tras cruzar la ruta, justo había un policía de tránsito haciendo una multa. Lo ve venir de frente al Tarro corriendo con el 38 en la mano y atrás nosotros. El policía le sacó el arma y le apuntó, y el Tarro no bajó el 38”, detalló el policía.

La escena era bien peliculera. Dos hombres de frente apuntándose a la cabeza. Es como el huevo y la gallina, ese tipo de enfrentamiento lo creó la realidad o Hollywood. ¿Quién adoptó a quién?

“Fueron unos segundos tensos porque no sabíamos si iba a abrir fuego, hasta que finalmente entendió que había perdido y soltó el arma”, recordó el pesquisa. Luego esposó al Tarro Muñoz en el suelo, que miró al 38 como si fuera la despedida final.

Así como lo detuvieron, lo llevaron a una alcaldía, que eran los calabozos de las comisarías. En algunos casos muy extremos, se los podía en cárcel federal del sur, la famosa U9, cuyo edificio hoy es solo memoria y un gran negocio inmobiliario.

Con el Tarro se confiaron y al poco tiempo se fugó. Atrás dejó el 38, pero pronto lo reemplazaría por otro.

Su escape no generó gran preocupación porque se había caído en tentativa de robo, por lo que no hubo un gran despliegue para recapturarlo.

Además, por esos años, si alguien se quería perder, bastaba con cruzar la calle Colón, las puertas del lejano oeste donde todos eran invisibles, salvo en época de campaña.

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Esperando el colectivo

El Tarro encontró refugio entre sus compinches que lo aguantaron. Entre ellos, estaba el Rengo, un ambulanciero del hospital Heller que supo aguantar a varios pesados en momentos jodidos, incluso brindarles atención médica tras sufrir una herida en un enfrentamiento o en un ajuste de cuentas.

“El Rengo ya murió. Vivía detrás del hospital y fue uno de los que le cobró al Chiqui Forno (líder de la megabanda) los cheques que se afanaba del Poder Judicial rionegrino”, recordó otro de los pocos pesquisas que ayudaron a reconstruir las andanzas del Tarro. Uno de ellos supo tener un expediente propio con todo lo que hizo Muñoz, pero tras varios años jubilado optó por quemar esos recuerdos para albergar en su memoria la sonrisa de sus nietos.

Muñoz continúo con su vida criminal como si nada. Un año después de la fuga, en 1995, un fin de semana, la brigada de investigaciones de la Policía fue a un golpe detrás del aeropuerto neuquino en horas de la tarde.

“Cuando volvíamos, pasamos por la Comisaría 16 y enfrente, en la parada de colectivos, estaba el Tarro esperando el micro. Les avisé a mis compañeros, que creían que los estaba jodiendo. Así que dimos la vuelta a la manzana y cuando nos pusimos a la par, sacó el arma y empezó a los cuetazos. El hijo de puta se iba metiendo por todas las casas del San Lorenzo. Saltaba medianeras como un gato y nosotros atrás de él. A nosotros nos mordían los perros y a este hijo de puta no. Finalmente, se nos escapó”, detalló el retirado, que aún recuerda que terminaron sentados al borde de la calle de tierra con los pantalones rajados por los dientes de los perros.

Cada tanto, el Tarro se desaparecía de Neuquén y llegaban novedades de otras provincias, de golpes que tenían su sello. Muñoz apostó a jugarse el pellejo en robos importantes: empresas, financieras y estudios contables que en ese entonces eran los que manejaban mucho efectivo.

57 años tiene en la actualidad el Tarro Muñoz.

Su carrera criminal se centró en robos a empresas, financieras y bancos. Pasó por varias cárceles federales y protagonizó alrededor de una decenas de fugas en Argentina.

38 era el revólver preferido del delincuente neuquino.

En varias oportunidades que cayó, portaba uno. Le gustaba pasarle una gamuza y tenerlo brillante. Siempre anduvo calzado y no dudaba mucho a la hora de abrir fuego.

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“El mito me jugó en contra”

En 2004, en la comarca petrolera, el Tarro hizo buenas migas con otro delincuente de antología: Gastón Ceferino Gaetti. Ambos eran similares, violentos e impulsivos. Si bien no eran los ladrones del robo del siglo, tampoco quiere decir que sus caídas no hayan estado precedidas por algunos golpes exitosos que obviamente no se los pudieron atribuir, si no, otras habrían sido las condenas o al menos los cargos.

Gaetti y el Tarro reclutaron a un par más de delincuentes de la zona y armaron un golpe comando a un prestigioso estudio contable ubicado en pleno centro de Cutral Co.

El 27 de julio de 2004, tras algunos días de tareas de inteligencia al contador Juan Carlos De Antoni, irrumpieron en sus oficinas minutos después de las 14.

Entraron Gaetti, el Tarro y un tercero. Los tres estaban trajeados y ni bien advirtieron que podían controlar la situación, pusieron manos a la obra.

“Estaban armados y redujeron a los ocho empleados que tenía el estudio, por suerte ninguno se hizo el héroe porque no sé si la contaba. Los maniataron y después fueron por el contador”, recordó un pesquisa.

“Estaba conversando con la encargada, porque yo iba a viajar a Neuquén y quería comentarle algunos detalles. Estaba en el fondo, de espaldas, cuando escucho ruidos y gritos, me doy vuelta y tenía a un tipo con un arma que me apuntaba a la cabeza y que me obligó a tirarme al piso”, detalló De Antoni a este medio tras el asalto.

Ya en el suelo, la cosa fue rápida. Le revisaron todos los bolsillos y le sacaron 2 mil pesos en efectivo que tenía el contador para llevarse a Neuquén, y encontraron la llave de la caja fuerte, un cofre portavalores, y se la llevaron.

En total, se alzaron con unos 42 mil pesos, que en ese entonces era una moneda y hoy representaría poco más de 2,2 millones de pesos.

“Eso no lo recupero más, tampoco creo que ubiquen a los que me robaron. Hace mucho tiempo sabía que me tenían marcado para robarme, lo dije muchas veces, pero fue en vano. La gente cree que tengo mucho dinero, en eso el mito me jugó en contra”, resumió el prestigioso contador de Cutral Co.

Al parecer, los manejos de los cabecillas de la banda con sus secuaces no fueron del todo claros y, en menos de 48 horas, la Policía ya tenía pistas firmes, entre ellas una carta manuscrita que dejaron por debajo de la puerta de la casa del contador donde le daban nombres certeros.

Las traiciones en el ambiente delictivo siempre están a flor de piel, y Gaetti y el Tarro pagaron por querer caminarse a sus consortes.

Simplificando, ambos fueron condenados en junio de 2007 y les dictaron 8 años de prisión. Gaetti la sacó más cara porque le unificaron la pena con otra causa de Córdoba y le dieron 25 años.

Pero con el Tarro, certero apodo, esto no sucedió porque había que esperar que quedara firme una condena de Zapala para armarle un combo con otras dos penas más que tenía en Bahía Blanca y Roca.

Al poco tiempo de estar condenado, el Tarro volvió a fugarse y de ahí pasó por varias provincias hasta que al final se fue con otro neuquino, Rodrigo Peña Sanhueza, a Chile, donde se enrolaron en una banda para robar un banco.

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Crimen y caída del Tarro

Durante años estuvo vigente el pedido de búsqueda y captura del Tarro. El personal de recaptura se mantuvo alerta porque a estos delincuentes se les suelen aflojar las suelas para las fechas familiares clave y en esa bajada de guardia es que por lo general terminan cayendo.

En 2013 lo atraparon tras un robo de 20 kilos de joyas en San Juan.

Estuvo preso bajo otro nombre, pero como se fugó nunca se pudo confirmar hasta hace un par de años, cuando vino una comisión sanjuanina por otro caso y al ver la foto del Tarro lo reconocieron como uno de los ladrones del robo a la joyería.

Finalmente, el Tarro se transformó en la vedette de las noticias chilenas en 2018.

El 28 de enero de ese año, junto con otros ocho delincuentes quisieron dar un rápido pero desorganizado y hasta improvisado golpe a una sucursal del Banco Estado en la ciudad Teodoro Schmidt, unos 750 kilómetros al sur de Santiago de Chile.

El Tarro junto con un cordobés, Axel Fernando Vélez, ingresaron al banco con algunos otros integrantes de la banda.

Muñoz se paró junto a la puerta disfrazado con un gorra, cuello ortopédico y un bastón. Quiso montar un personaje, pero no tenía cualidades para la actuación, lo suyo era la violencia.

Cuando abrió el banco a las 9 entró junto con el cordobés. El Tarro se comió la película, se puso al lado del guardia, sacó el arma y apuntando al techo lanzó el famoso grito: “¡Esto es un asalto!”.

El guardia reaccionó desenfundando su arma para su desgracia, porque Muñoz le metió tres tiros a quemarropa y lo mató.

Vélez les apuntó a los clientes en una suerte de movimiento pendular y, tras cruzar unas miradas con el Tarro, ambos salieron corriendo porque todo se había desmadrado.

La fuga la hicieron a bordo de una camioneta Nissan roja que estaba frente a la sucursal.

Lo que siguió fue una persecución de película. Quedaron rodeados en cercanías del cementerio y se tirotearon con 12 policías a los que se fueron sumando otros en apoyo.

En esa escena, un policía fue herido de un disparo en la pierna, pero lograron detener a tres de los delincuentes, entre ellos el neuquino Peña Sanhueza.

El Tarro fue atrapado un rato después mientras corría con desesperación, pero sin la agilidad de su juventud, a campo traviesa en una zona rural ubicada a unos pocos kilómetros de Teodoro Schmidt.

El cordobés Vélez fue el último en caer en su provincia natal. Nadie sabe cómo hizo para zafar y cruzar la cordillera.

Lo cierto es que la PDI chilena lo atrapó y la banda se encuentra cumpliendo condena en una cárcel en el vecino país, donde el Tarro Muñoz se dedica a cebar mate y contar anécdotas.

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