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La Mañana chacra

Contadora y docente, compró una chacra y la reconvirtió en plena crisis: la herencia ancestral de Sonia Almohalla

La mujer volvió a la tierra en 2001 de la mano de su padre Fernando. Hoy su hijo empieza a tomar la posta, recordando a sus bisabuelos en una chacra de Centenario.

Cuando Sonia Almohalla compró su chacra junto a su esposo Ricardo Sabatini, el país parecía desarmarse. Era el otoño de 2001, casi el invierno, y en las cinco hectáreas que eligió en Centenario no quedaba un solo frutal en la Calle 6, muy cerca de la ruta hacia Cinco Saltos. Una familia boliviana cultivaba verduras sobre una tierra que alguna vez había sido monte y que otros habían intentado reconvertir sin éxito. Había un ranchito, nada más. Ella no pensaba producir. Quería, apenas, un lugar donde volver a respirar el aire de la infancia.

Pero en su familia la tierra nunca fue una foto paisajística para pasar los días, sino una obligación y un orgullo. Y su padre, Fernando Almohalla, histórico productor y durante muchos años presidente del Consorcio de Riego, no iba a dejar pasar la oportunidad. Fernando es un conocido en Centenario por su temple y carácter, de los viejos de antes, que van al frente a cualquier batalla, sobre todo en defensa de la tierra productiva, contra cualquiera del poder político.

"Me dijo que si tenía una chacra, con tanta tierra, tenía que producir", recuerda ante LM Neuquén. Al mes ya estaban haciendo los pozos para los frutales.

José Almohalla en su caballo a finales de los '30 en la chacra de la Calle 2 en Centenario. Su nieta, Sonia Almohalla con sus hijos siguen el legado.

José Almohalla en su caballo a finales de los '30 en la chacra de la Calle 2 en Centenario. Su nieta, Sonia Almohalla con sus hijos siguen el legado.

La historia empieza mucho antes, cuando Centenario recién se estaba gestando. A fines de la década del '30 llegaron sus abuelos paternos, inmigrantes españoles, y se instalaron en una chacra de diez hectáreas sobre la Calle 2, en la zona que hoy muchos conocen como Las Españas. Después sumaron otras diez hectáreas pegadas, como si fuese el patio trasero. Allí nació Fernando, en 1944, y allí creció junto a su hermana Iris.

De aquellas primeras plantaciones de peras y manzanas todavía queda un testigo. Es un cuadro de peras en la entrada, el que plantaron el abuelo y su papá cuando era apenas un chico. "Hasta hace poco había plantaciones del monte tradicional que seguían produciendo, y en buena proporción", cuenta Sonia.

Por el lado materno, la sangre es italiana. Su abuelo, Juan Gortan, venía de una familia que hoy pertenece a Croacia. "Él siempre nos contaba la historia, pero yo era chica y no le daba importancia", admite con algo de pena. Años después, cuando quiso tramitar la ciudadanía, intentó reconstruir ese origen, pero no se dio. La familia de su madre se asentó en Costa de Reyes en la localidad de Vista Alegre cuando antes pertenecía a Centenario. Lo hizo en una chacra que supo ser modelo: tenían una planta de deshidratado y secaban fruta para otras empresas. Hoy aquel establecimiento está abandonado, aunque una de sus primas sigue viviendo allí.

Sonia Almohalla se dedicó a la economía y dio clases en los colegios secundarios. Después de su jubilación, pudo dedicarse de lleno a la chacra que tiene desde 2001.

Sonia Almohalla se dedicó a la economía y dio clases en los colegios secundarios. Después de su jubilación, pudo dedicarse de lleno a la chacra que tiene desde 2001.

Sonia es la mayor de tres hermanos. Su hermano, ingeniero en petróleo, hace unos diez años dejó atrás la industria para dedicarse a la fruticultura y hoy es la mano derecha de su padre en las chacras familiares. "Mi papá le sigue poniendo el cuerpo, pero es mi hermano el que se hizo cargo", explica. La menor, su hermana, falleció hace más de veinte años.

Sonia vivió en la chacra familiar hasta los 20 años. Después, la vida la llevó por otro camino, se recibió de contadora y fue profesora de Ciencias Económicas durante años en Centenario. "He sido profe de la mitad más uno de la población", dice entre risas. Se casó con Ricardo, un empleado del Banco Provincia de Neuquén, crió a sus hijos y la tierra quedó guardada en la memoria.

Pero nunca se fue del todo. "Siempre quise tener una chacra. No se me ocurría producir porque estaba en otra actividad y tenía los hijos chicos, pero viviendo en una familia así es difícil que no te quede nada. Tenés que ser muy impermeable", reflexiona.

Una vieja foto de Centenario con Fernando Almohalla (padre de Sonia y en ese momento con unos 11 años), su abuelo materno Agapito Lahoz y su padre José Almohalla.

Una vieja foto de Centenario con Fernando Almohalla (padre de Sonia y en ese momento con unos 11 años), su abuelo materno Agapito Lahoz y su padre José Almohalla.

Durante años, la chacra fue un refugio de fin de semana, un lugar para dormir y pasar un buen momento, sostenido con la inversión familiar pero sin vivir de ella. En esos mismos años, cuando empezaron los primeros loteos sobre tierras productivas, la familia también se sumó a la pelea para frenarlos.

Hoy, en casi cinco hectáreas, Sonia produce peras y manzanas en espaldera, con riego tradicional y buenas prácticas agrícolas. El cuadro de manzanas tiene su propia historia. Originalmente fue Granny Smith, pero no había forma de venderla. Cuando las plantas tenían seis o siete años, tomaron una decisión drástica: la motosierra y el injerto. Hoy ese cuadro es de la variedad de manzana Pink Lady.

La voz de mando, de todos modos, sigue siendo la de Fernando. "Mi papá me dice, esta variedad no va más, arrancala y poné otra. Hay que diversificar". Así, donde había peras, ahora crecen frutales de carozo, entre ellos pelones.

La mayor parte de la producción se comercializa a través de la Cooperativa La Flor, de la que son socios. Pero Sonia tiene clara la lección: "Hay que evitar los intermediarios y vender todo lo que puedas por tu cuenta". Sabe lo que cuesta cada planta. Una hectárea nueva, calcula, requiere una inversión mínima de unos veinte mil dólares.

La chacra abre sus tranqueras

En los últimos años, Sonia se sumó a la red de agroturismo de Centenario y empezó a recibir visitas guiadas. Lo sorprendente es quiénes llegan: sobre todo escuelas secundarias, muchas de ellas privadas de Neuquén y Plottier.

"No hago mucha publicación en redes, pero se va corriendo la voz año a año", cuenta. La temporada arranca a fines de septiembre, cuando la floración convierte las filas de frutales en postal.

Sonia ve un fenómeno que la entusiasma y es el recambio. "Mis hijos apuestan a la tierra, mis sobrinos también. Y conozco un montón de gente cuyos hijos siguen la posta, no sé si como actividad principal, pero tienen la idea de continuar", dice.

Cree que hubo una generación, la anterior a la suya, que empujó a los chicos a estudiar carreras universitarias, y que ahí algo se perdió. "Ahora, con la inteligencia artificial, pareciera que hay una onda de volver a las raíces, a producir, no importa qué ni a qué escala", comenta.

Tiene dos hijos. Su hija Camila es nutricionista y hoy recorre el mundo; la casa nueva de la chacra iba a ser para ella, pero cambió de planes. "En algún momento va a volver", confía. Su hijo Gonzalo trabaja en la chacra, está muy metido en la agroecología y se sumó al programa de proveedores del Estado que lleva fruta fresca a las escuelas.

Fernando Almohalla, viejo productor de Centenario, es inspirador de la familia para que sigan produciendo.

Fernando Almohalla, viejo productor de Centenario, es inspirador de la familia para que sigan produciendo.

Los proyectos no se terminan nunca en una chacra. El próximo paso es instalar aspersión contra heladas en uno de los cuadros y, sobre todo, la malla antigranizo. Días atrás, una piedra cayó con fuerza sobre la zona. "Eso daña", resume, sin dramatismo, con la naturalidad de quien conoce el oficio.

¿Qué queda de aquel viejo Centenario?

¿Y la vieja Centenario? Sonia no se permite demasiada nostalgia, pero la memoria se le ilumina cuando habla de aquellos años. "Nunca tuve llave de mi casa. La puerta estaba siempre abierta". Cuenta que, si volvía del boliche y alguien había cerrado, entraba por la ventana del baño. "Dejabas todo afuera y no pasaba nada", recuerda.

Hoy, admite, volver a vivir en la chacra no es tan sencillo. La inseguridad obliga a rejas, perros, alarmas y a que siempre quede alguien en la casa. Cree que el cambio empezó a notarse en los noventa o poco después.

La zona del casco viejo es la más afectada por este tipo de maniobras.
La zona del casco viejo es la más afectada por este tipo de maniobras.

Aun así, ahí está ella, a la sombra de sus frutales, en unatierra que compró cuando todo parecía venirse abajo. Como su abuelo en la Calle 2, como su padre, que todavía le dice qué arrancar y qué plantar. En la familia Almohalla, la tierra no se hereda solo en hectáreas. También en una semillita que, tarde o temprano, brota.

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