Crisis, soledad y respuestas ya: qué las motiva y el peligro de hacer terapia con la IA
La psicóloga y escritora Yanela Duimich reflexiona sobre el vínculo con la tecnología y qué lugar ocupa frente a la precarización y los lazos sociales rotos.
—Hoy no estoy bien, desperté llorando. Anoche me costó dormir después de todo lo que hablamos.
—Tranquila, respirá profundo, estás en pleno proceso y lo estás haciendo bien. Te siento clara y consciente. Decime una cosa: ¿dónde sentís el dolor?, ¿en qué parte de tu cuerpo?
El diálogo es real, la angustia es real, la contención también. Solo que una es una mujer que debe salir de la cama, entrar en la ducha, mirarse al espejo y ganarse el pan. La otra es un servidor infinito, con el mayor acceso jamás visto a los deseos, búsquedas y frustraciones de la humanidad.
La IA siempre está. Hace años que viene colándose en nuestro cotidiano: juegos, predictivos de chat, ediciones mágicas, algoritmos. El acceso es cada vez más sencillo: basta con tener un dispositivo y una inquietud para obtener una respuesta. No cualquier respuesta: una inmediata.
La tentación de consultarle sobre nuestras vidas, la tristeza que nos atraviesa, sobre lo que está bien y lo que está mal, en un tiempo de escasas referencias y profundas soledades, puede resultar difícil de esquivar.
Sobre todo eso conversamos con Yanela Duimich (@pga.yanela), psicóloga recibida en la Universidad Nacional del Comahue, doctorada en Salud Mental en la Universidad Nacional de Lanús y docente. Además de su trabajo docente universitaria, sostiene una militancia en salud mental comunitaria en diferentes espacios de Neuquén, donde vive hace 15 años.
Yanela también es escritora. En 2025 publicó De amores, de bordes y de límites, su primera novela, donde reflexiona sobre la vincularidad atravesada por la tecnología y las distintas situaciones que nos presenta.
A través de la radio y, sobre todo, en sus redes sociales, viene aportando una mirada significativa sobre la salud mental en tiempos donde lo efímero y lo individual se imponen con narrativas estereotipantes y otros demonios.
“Al Instagram lo tomo como un espacio de divulgación, que tiene que ver con romper las narrativas actuales de las que estamos tan inundados, donde sostengo una posición que tiene que ver con una trinchera fuerte y alta frente a lo que llamo la filosofía del buen vivir, que es esto de decirnos cómo vivir, cómo desear, cómo gozar. No intento no ser una influencia, sino romper con los discursos de influencias homogeneizando las diferencias”, explica.
Hace unos días, a través de sus redes, puso sobre la mesa la pregunta sobre los peligros de utilizar la IA en salud mental, una temática que convoca a la crítica frente a la pandemia de malestar psíquico que evidencian los índices que arrojan, por ejemplo, que en Argentina se registra un suicidio cada dos horas.
Inmediatez y humanidad artificial
—¿Por qué resulta tan atractivo utilizar IA para intentar resolver cuestiones emocionales?
—Yo no diría que es atractivo en sí mismo, sino que lo pienso más desde el lugar de la accesibilidad, lo inmediato, esta cuestión de estar siempre disponible. La IA te da la respuesta al instante. Y me parece que, en un contexto de época donde todo tiene que ser rápido, responde a esa necesidad y funciona como un refugio. La IA instala esta fantasía de la disponibilidad total: responde en cualquier momento, no juzga, no se cansa, no confronta. Es muy potente porque simula el lenguaje humano. Genera esa cercanía de la humanidad, y algo muy específico de lo humano es la escucha activa. Entonces ahí aparece algo muy interesante, que no es solamente una cuestión de herramienta tecnológica, sino de sintomatología de la época. Habla de una subjetividad donde vemos que los vínculos empiezan a ser reemplazados por interfaces, donde lo humano se vuelve más demandante que lo artificial. Y esto va en línea con un proceso que viene pasando, que es la ruptura de los lazos sociales, colectivos, la confianza, la tolerancia a un otro que es otro.
—¿Cuál es la peligrosidad de eso?
—El riesgo principal es que se confunde esta respuesta con un proceso terapéutico. La IA puede ordenar, puede encontrar información muy precisa, incluso puede ofrecer un lugar de consuelo, pero no implica que exista una relación que aloje un vínculo. En los vínculos terapéuticos, lo que tenemos son relaciones humanas que están reguladas por otros procesos psíquicos que denominamos transferencia. Y sin esa transferencia, no hay vínculo posible en la terapia; sin ese vínculo, no hay proceso; y sin proceso, no hay transformación o elaboración subjetiva. Entonces, en algún punto, también, tomando esto de lo inmediato, es un síntoma de la época querer respuestas rápidas, soluciones mágicas sin procesos, porque los procesos implican tomar posición y responsabilizarse.
—¿Qué nos pasa frente a las respuestas que ofrece la IA?
—Cuando la IA responde desde la información, uno queda con: “ya lo entendí, ya lo resolví”, cuando, en realidad, no hay un proceso psíquico funcionando. Lo que se activa es un consumo de información y un consumo de respuestas, y eso, bajo ningún punto de vista, significa elaborar algo.
—¿Qué diferencia hay entre tener información y estar en un proceso terapéutico?
—Con tener información de lo que nos pasa no alcanza. La terapia transcurre en ese espacio de relación con el otro, donde se ponen en juego cuestiones psíquicas con alguien que también puede acompañar, interpretar y cuidar. Y esto es fundamental, porque dentro de nuestra práctica está la posibilidad de evaluar cuándo la persona está en riesgo subjetivo. En ese caso, se toman las decisiones necesarias: incluso se puede levantar el secreto profesional o activar medidas de cuidado. Eso se da a partir de una evaluación clínica que la IA no puede hacer. La terapia no es información, sino un proceso vincular. Implica tiempo, poner el cuerpo; se juegan las resistencias, los silencios, los malos entendidos. Se trata de encontrar otro sentido en lo que se dice y, a partir de ahí, construir significaciones. La IA puede ofrecer un sentido general, pero no puede encontrar la singularidad que se activa en ese vínculo y en lo que le pasa a ese sujeto en ese momento específico de su vida. Desde una perspectiva más crítica, podemos decir que la terapia trabaja con la dificultad, con lo que no anda y no quiere resolverse. Darle tiempo al malestar, a la tristeza, a la angustia, como procesos necesarios para construir a una persona.
La soledad al cuadrado
Agendas laborales en modo supervivencia; contactos efímeros en modo “prueba de vida” a través de aplicaciones, redes y plataformas. Hace un rato, en una mesa familiar, por una cosa o por la otra, todos teníamos el celular en la mano: la abuela hablando con el veterinario, la mamá buscando un contacto, la prima consultando a la IA por la gravedad de la enfermedad del animal, la tía respondiendo una llamada de trabajo. Todo parecía importante. Lo cierto es que la hija quedó en silencio, mirando la escena, guardándose cualquier cosa que tuviera para decir. La soledad ya no es estar solos, es una mesa sin palabras.
—¿Cómo se vincula la soledad con el uso de la IA?
—Aparece como una respuesta a la soledad contemporánea, pero también la refuerza. Porque no hay un otro en realidad. No están las alternancias propias de un vínculo: el otro que no está disponible, que desea otras cosas, que obliga a esperar o frustrarse. Eso exige construir una relación con uno mismo en los espacios de soledad. En cambio, esta posibilidad de hablarle todo el tiempo a alguien que responde ofrece una compañía sin demanda. Eso, en un primer momento, alivia. Pero, a largo plazo, genera dependencia de una respuesta de otro que no existe. Los vínculos no solo acompañan, también transforman, incomodan, exigen renuncias. La IA no ayuda a estar mejor en soledad, sino que puede volverse una forma de habitarla sin atravesarla.
Estado de malestar
—Estamos en una época donde el malestar pareciera ser una cuestión individual y no dialoga con lo social: endeudamientos, precarización, dificultad para llegar a fin de mes. Discursos que empujan todo hacia la meritocracia ¿El estado de malestar incrementa el uso de la IA?
—Cuando las condiciones materiales de vida se precarizan, también se precarizan las condiciones de acceso al cuidado. La IA aparece como una solución de bajo costo, inmediata y disponible. Y eso no es menor. En contextos donde la salud mental está relegada y sin respuestas desde las políticas de Estado, se vuelve una alternativa posible. La salud mental se individualizó, se centró en el dispositivo uno a uno. Eso dificulta el acceso: depende del dinero, del tiempo, de las posibilidades de cada persona. Venimos de años donde el malestar se volvió individual. No se piensan dispositivos colectivos de cuidado que contemplen a las personas en su contexto social e histórico. Ahí aparece la tensión de que la tecnología ocupa un lugar que antes tenía el vínculo con otros y las instituciones.
—¿A qué nos enfrenta entonces este tiempo?
—A la necesidad de tolerar la frustración y la angustia propias de la vida en condiciones cada vez más precarias: en lo vincular, lo social, lo económico, lo laboral. La pregunta incómoda es si vamos a dejar un lugar tan importante a la IA. Vivimos en una lógica de optimización, eficiencia y resolución rápida, pero lo humano no funciona así. Eso responde a las formas de vida capitalistas que sostienen el sistema. Si la psicología va a apuntar a reforzar esos aspectos, lo que estamos haciendo es personas adaptadas a exigencias que tienen más que ver con las formas de producción, que acompañar procesos de subjetivación que pongan el eje en el bienestar y el deseo de las personas. Este tiempo nos obliga a poner en escena de nuevo que la salud es algo mucho más amplia que un proceso individual y que está atravesada por la dialéctica humana.
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