Es profesora de Educación Física y hace 26 años que compite en canotaje. En el Mundial de Gualeguaychú ganó el oro en K2 y obtuvo el tercer puesto en K1.
Valeria Cilleruelo tiene una rutina que no se parece demasiado a la de una campeona mundial. Sus días transcurren entre las aulas de dos escuelas de Neuquén, la crianza de su hija Emma, de 12 años, y los entrenamientos que intenta sostener a pesar de los horarios ajustados. No cuenta con una estructura deportiva que resuelva sus viajes, su preparación o los gastos de competencia. Hace años que se organiza por sus propios medios, sin dejar de trabajar ni de entrenar. Por eso, cuando llegó al Mundial de kayak que se disputó en Gualeguaychú, sabía que no estaba ante una carrera más: era la oportunidad de demostrar en el agua todo el esfuerzo acumulado durante décadas.
Y lo consiguió. Valeria se consagró campeona mundial en K2 damas, junto con Victoria Sánchez, y obtuvo el tercer puesto en K1. Dos resultados que coronaron una trayectoria de 26 años en el canotaje, un deporte al que llegó casi por casualidad cuando tenía 18 y al que siempre volvió, incluso cuando la vida le puso por delante obstáculos personales, familiares y económicos.
La medalla de oro tiene, además, un significado especial. Valeria ya había clasificado para otros dos mundiales, pero nunca había podido participar porque no contaba con el dinero necesario para viajar. Esta vez, con la competencia organizada en Argentina, tuvo la posibilidad de estar en la línea de largada y medirse con deportistas de otros lugares del mundo.
“Para mí, demostrar en este Mundial todo mi esfuerzo era la única oportunidad que tenía, porque se realizaba en Argentina. Nunca pude ir a otros mundiales, no recibí nunca algún apoyo o alguna ayuda para poder viajar”, contó a LM Neuquén.
Su historia reúne varias facetas que conviven en una misma mujer: la atleta que se prepara durante todo el año, la profesora que busca acompañar a sus estudiantes más allá de las calificaciones y la madre que cría sola a su hija. La consagración mundial no llegó después de abandonar esas responsabilidades para dedicarse exclusivamente al deporte, sino en medio de ellas.
El primer encuentro con el río
El canotaje no formaba parte de los planes de Valeria cuando era adolescente. De hecho, ni siquiera conocía la actividad. Todo comenzó a los 18 años, cuando un vecino la invitó a remar durante el verano.
“Yo desconocía totalmente la actividad. Nunca en mi vida se me había cruzado la palabra canotaje”, recordó. Aceptó la invitación y fue al río. El primer contacto con el bote y la sensación de estar sobre el agua fueron suficientes para despertar algo que se mantendría durante el resto de su vida.
“Me encantó subirme a un bote, esa sensación de estar en el agua. Ese primer contacto fue lo que me motivó a seguir remando”, explica.
Desde entonces, el río Limay se convirtió en mucho más que un lugar de entrenamiento. Para Valeria es un espacio de conexión con la naturaleza, una manera de alejarse por un rato de las obligaciones y recuperar el equilibrio después de jornadas de trabajo intensas.
“Para mí es una conexión única con la naturaleza, es mi cable a tierra. Es desconectarme totalmente del trabajo, de los problemas, del estrés diario”, contó.
El Limay también le ofrece desafíos que cambian según las condiciones del agua y del entorno. Cuando el río crece, remar exige otras habilidades; cuando aparecen las migraciones de aves, el paisaje ofrece escenas que no se encuentran en cualquier lugar. El kayak permite, además, llegar a rincones que permanecen fuera de los recorridos habituales de buena parte de la población.
Valeria conoce esa geografía desde hace años. La recorre con la familiaridad de quien convirtió el deporte en parte de su vida, aunque su vínculo con el canotaje tiene también una dimensión dolorosa que nunca desapareció.
El deporte que ama y el río donde perdió a su papá
Hace 17 años, el padre de Valeria murió después de darse vuelta mientras remaba en pleno invierno. Según recordó, el frío del agua desencadenó una emergencia que terminó con su vida. Después de lo ocurrido, ella tuvo que salir a buscarlo en el río.
La experiencia dejó una marca profunda en su relación con el canotaje. El mismo deporte que le había dado momentos de felicidad y una conexión especial con la naturaleza quedó asociado también a una de las pérdidas más difíciles de su vida.
“Es el deporte que amo, pero a la vez en este deporte perdió la vida mi papá”, dice. Y reconoció que esa contradicción la acompaña: hay sentimientos encontrados, pero el amor por remar sigue siendo más fuerte y es una de las razones por las que continúa volviendo al agua.
Valeria practica otras disciplinas. Hace CrossFit, judo y sale a trotar, actividades que forman parte de su vida deportiva. Sin embargo, el canotaje ocupa un lugar diferente. Es el deporte con el que construyó una historia de décadas, el que le permitió conocer lugares, compartir experiencias y competir.
Seguir remando después de aquella pérdida no significa que el dolor haya desaparecido. Su historia muestra, más bien, que una misma actividad puede reunir emociones opuestas y que, aun con esa carga, puede seguir siendo un espacio de disfrute y de encuentro con una misma.
Una oportunidad que no podía dejar pasar
Valeria lleva 26 años compitiendo en canotaje. Durante ese tiempo participó en campeonatos argentinos y en un Sudamericano disputado en Viedma en 2019. En distintas carreras consiguió resultados destacados y, según contó, suele ubicarse entre las primeras competidoras.
También logró clasificarse para dos mundiales anteriores. Sin embargo, la clasificación no alcanzó para llegar a la competencia: los gastos de traslado y participación se convirtieron en una barrera que no pudo superar.
Ese es uno de los aspectos menos visibles de la trayectoria de una deportista que compite en el máximo nivel. Clasificar exige preparación y resultados, pero llegar a una competencia internacional requiere recursos para viajar y afrontar los costos asociados. Cuando no hay respaldo económico, el mérito deportivo no siempre alcanza para garantizar la participación.
En el caso de Valeria, la posibilidad apareció cuando se confirmó que el Mundial se realizaría en Gualeguaychú. En abril viajó a esa ciudad para participar del selectivo argentino. Allí obtuvo el primer puesto, se consagró campeona argentina y consiguió la clasificación al campeonato mundial.
La preparación, sin embargo, había comenzado mucho antes. Valeria entrena durante todo el año. La constancia fue una parte fundamental de su recorrido, aun en los períodos en que no tenía garantizada la posibilidad de competir internacionalmente.
“Soy una persona muy constante en el entrenamiento. Nunca lo he dejado y me mantengo entrenando durante todo el año de forma continua”, explica.
Una final desde atrás y un oro compartido con una desconocida
En Gualeguaychú, Valeria compitió en dos categorías: K1 Master B y K2 Master B. Las dos pruebas le dejaron experiencias diferentes, pero ambas terminaron con resultados que difícilmente olvide.
En K1, la competencia individual, los nervios le jugaron una mala pasada. Antes de la largada sintió toda la presión acumulada y salió demasiado nerviosa. Eso tuvo consecuencias en el comienzo de la carrera: quedó rezagada y pasó a ocupar los últimos lugares.
Lejos de resignarse, intentó concentrarse y recuperar el ritmo. Las competidoras que peleaban por el tercer puesto estaban bastante adelante, pero decidió enfocarse en alcanzarlas. Poco a poco fue descontando la diferencia hasta conseguirlo.
Después de un esfuerzo sostenido, logró terminar tercera y subir al podio mundial. El resultado tuvo un valor especial por la manera en que se desarrolló la carrera: no fue una prueba en la que pudo controlar la situación desde el principio, sino una remontada que le exigió sobreponerse a los nervios y sostener el esfuerzo cuando estaba lejos de las primeras posiciones.
En K2, la modalidad de competencia en pareja, la historia fue distinta. Valeria compartió el bote con Victoria Sánchez, una deportista de Viedma a la que prácticamente no conocía remando. Nunca habían entrenado juntas ni habían competido en equipo. De hecho, se subieron al bote por primera vez ese mismo día.
Victoria también llevaba poco tiempo en el canotaje, pero la combinación funcionó de una manera que sorprendió a ambas. Lograron construir una ventaja considerable sobre las segundas y cruzaron la meta en el primer lugar.
Así llegó el oro mundial. Dos deportistas que no tenían una historia compartida en el agua consiguieron complementarse en la carrera y alcanzar el título en K2 damas.
El resultado convirtió a Valeria en campeona mundial y completó una participación que también incluyó el tercer puesto en K1. La neuquina se llevó dos medallas después de una competencia que resumió parte de su trayectoria: la capacidad de sostenerse ante las dificultades y aprovechar una oportunidad que llevaba años esperando.
Madre sola, docente y deportista de élite
Fuera del agua, la vida de Valeria está organizada alrededor de otras responsabilidades que no se suspenden cuando se acerca una competencia. Es profesora de Educación Física desde hace 16 años y trabaja en la EPET 8 y en el CPEM 23 de Neuquén. Además, cría sola a Emma, su hija de 12 años.
“Soy mamá soltera de Emma desde pequeña. La crío sola, la educo y le doy la mejor contención”, explica.
La maternidad es una parte central de su historia y también de su recorrido deportivo. Emma creció acompañando a su mamá a las carreras, esperándola mientras competía y alentándola en cada desafío. Durante un tiempo también participó en algunas pruebas de canotaje, aunque después eligió dedicarse a la gimnasia artística.
Valeria la define como una compañera incondicional, una presencia que entiende sus horarios y la acompaña cuando necesita entrenar. “Es una gran compañera que siempre me hace el aguante”, dice.
La organización cotidiana exige negociar los tiempos y aprovechar cada momento disponible. Valeria trabaja durante el día, se traslada entre escuelas y cumple con las tareas que implica la docencia. En los espacios libres intenta entrenar, una rutina que sostiene de manera constante y que requiere disciplina para no quedar relegada frente a las obligaciones.
No se trata de una deportista que pueda dedicar cada jornada exclusivamente a la preparación física. Su entrenamiento convive con el trabajo, los horarios escolares y la crianza. Por eso, cada competencia internacional es también el resultado de una planificación personal que depende de su capacidad para administrar el tiempo y sostener el compromiso.
La sensibilidad con la que Valeria habla de su hija aparece también cuando se refiere a su trabajo como docente. En las escuelas, dijo, no le interesa solamente enseñar contenidos: busca conocer a los estudiantes, saber qué les pasa y comprender por qué llegan de determinada manera al aula.
“Yo a ellos los cuido como si fuesen mis hijos”, sostiene.
Recordó especialmente una devolución que recibió de una estudiante al finalizar el año pasado. La joven le dijo que era la única profesora que le preguntaba cómo estaba, qué le había pasado o por qué había llegado tarde. A Valeria, ese comentario la emocionó porque reflejaba una parte de su forma de entender la docencia.
Para ella, detrás de cada estudiante hay una historia que merece ser escuchada. Saber si atraviesa un problema, si necesita ayuda o si algo le impide concentrarse puede ser tan importante como acompañar su aprendizaje.
“Me interesa mucho saber la vida de mis estudiantes, qué les pasa, por qué están así, cómo los puedo ayudar”, explicó.
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