Diego, el superdotado de Neuquén que encontró en la curiosidad una forma de conectar con los demás
Tiene 43 años, estudió distintas carreras y hoy está por terminar la licenciatura en Administración. Busca acompañar a quienes atraviesan dificultades similares.
Diego Lotito tiene 43 años, vive en Neuquén y construyó un recorrido académico que pasó por la Historia, la Medicina, la genética forense y la Administración. Actualmente está terminando la licenciatura en Administración en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, después de haber comenzado otras carreras y de haber explorado distintos campos del conocimiento. Pero detrás de esa trayectoria hay una historia que empezó mucho antes de la universidad, en una escuela donde las clases le resultaban demasiado aburridas y donde, a pesar de tener compañeros, no siempre encontraba con quién compartir lo que le interesaba.
Recién a sus 40 años confirmó que esa curiosidad ilimitada por alcanzar nuevos conocimientos se debía a que tenía una alta capacidad intelectual, lo que comúnmente se llama ser superdotado, una condición que suele asociarse con un aprendizaje rápido o con un desempeño destacado en determinadas áreas, pero que no garantiza, por sí sola, una experiencia escolar sencilla.
En su caso, el interés por leer, la curiosidad por distintos temas y la inclinación por actividades que iban más allá de los contenidos habituales convivieron durante años con el desinterés por buena parte de las materias y con la dificultad de encontrar personas con inquietudes similares.
“Yo realmente no compartía los intereses, no compartía el humor”, contó a LM Neuquén al hablar de su infancia. No le gustaba jugar a la pelota y prefería pasar el tiempo leyendo. Más adelante también encontró en los videojuegos una forma de entretenimiento, mientras que en la escuela secundaria empezó a buscar espacios donde pudiera explorar otros intereses y poner a prueba sus conocimientos.
Con los años, esa experiencia le permitió reconocer algo que considera central para comprender a las personas con altas capacidades: la soledad que puede aparecer cuando uno siente que tiene intereses diferentes a los de su entorno. También lo llevó a pensar en las dificultades que puede producir una educación diseñada, principalmente, para acompañar a la mayoría de los estudiantes, sin contemplar siempre las necesidades de quienes aprenden a otro ritmo.
Una escuela que le quedaba chica
Diego cursó la primaria y la secundaria en la escuela Argentina Modelo, en Buenos Aires. Recordó que tuvo estímulo por parte de la institución, aunque eso no alcanzaba para que se sintiera interesado por todo lo que ocurría dentro del aula.
“La educación primaria me pareció sumamente aburrida”, recordó. No se trataba necesariamente de una dificultad para comprender los contenidos. Por el contrario, muchas veces los entendía con rapidez, pero después debía permanecer en clase mientras el resto del grupo continuaba trabajando sobre el mismo tema.
En la escuela, esa diferencia no siempre era fácil de explicar. Diego era un chico que leía mucho, que se interesaba por asuntos que no necesariamente despertaban la atención de sus compañeros y que no encontraba demasiado atractivo el tipo de entretenimiento que compartían otros chicos de su edad. Hacer amigos no le resultaba imposible, pero sí le costaba encontrar personas con las que pudiera conversar sobre aquello que le despertaba curiosidad.
La secundaria le ofreció otras posibilidades. Allí se volcó especialmente a las actividades extracurriculares que organizaba la escuela y que le permitían salir de la rutina de las materias tradicionales. Participó en debates en inglés, en el Modelo de Naciones Unidas y en olimpíadas de Matemática, además de hacer teatro y sumarse a otras propuestas que encontraba interesantes.
Sin embargo, ese entusiasmo no siempre se reflejaba en sus calificaciones. “Académicamente no me iba muy bien porque la verdad es que no me interesaba mucho”, explicó. Las materias que sí lograban captar su atención eran Historia, Geografía y Educación Cívica, vinculadas con las ciencias sociales.
Su estrategia para atravesar el año era particular: preparaba las materias durante enero y se presentaba a rendirlas en febrero. De esa manera resolvía buena parte de sus obligaciones escolares en un período concentrado, aunque el recorrido no necesariamente reflejaba todo lo que podía aprender o comprender.
En su casa, la situación se abordaba desde la exigencia. Sus padres esperaban que cumpliera con sus responsabilidades, pero entonces todavía había pocas herramientas disponibles para comprender las necesidades específicas de un chico con altas capacidades y explorar alternativas educativas que pudieran resultar más adecuadas.
“En esa época tampoco estaba el tema muy desarrollado como para poder explorar otras opciones ni consultar con algún profesional que se dedicara al tema”, recordó.
De la Historia a la genética forense
Cuando terminó la secundaria, Diego comenzó a construir un camino académico que tampoco siguió una línea recta. Estudió la licenciatura en Historia en la Universidad de Buenos Aires, aunque no llegó a completarla porque se mudó a Neuquén.
Ya instalado en la provincia, hizo un año de Magisterio, pero se desilusionó con esa experiencia. Después comenzó Medicina y cursó el ciclo biomédico. Más adelante volvió a cambiar de rumbo y terminó sus estudios para convertirse en perito experto en genética forense en la Universidad Nacional de Oriente.
Ahora está cerca de finalizar la licenciatura en Administración en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. La sucesión de carreras también muestra una búsqueda sostenida por distintos campos del conocimiento, desde las ciencias sociales hasta las disciplinas vinculadas con la salud, la investigación y la gestión.
Diego estuvo casado, actualmente está separado y volvió a formar pareja. Tiene una hija que ya es grande. Su vida personal y profesional transcurrió mientras continuaba explorando intereses y construyendo espacios de pertenencia que no dependieran exclusivamente de su formación académica.
Porque si durante la infancia y la adolescencia el problema había sido encontrar compañeros con quienes compartir determinadas inquietudes, la universidad le permitió descubrir que existían otras personas interesadas en temas similares.
“En la universidad fue mucho más fácil encontrar tal vez gente afín, gente con la que poder compartir estas cosas”, señaló.
La soledad y la importancia de encontrar a otros
Diego identificó la soledad como uno de los factores que pueden atravesar la infancia y la adolescencia de las personas con altas capacidades. Hace tres décadas, recordó, no era tan sencillo encontrar a otros chicos con quienes conversar sobre temas que no formaban parte de los intereses habituales de su entorno.
“Es muy difícil, o al menos lo era hace 30 años, encontrarnos aquellos que tal vez podíamos hablar de temas que al resto no le interesaban”, explicó.
Hoy, las redes sociales e internet facilitan esos encuentros. También existen organizaciones que permiten reunir a personas con altas capacidades y generar espacios de intercambio presencial. Una de ellas es Mensa, de la que Diego destaca la posibilidad de conocer gente, participar en actividades y encontrar intereses compartidos.
Dentro de esos espacios hay grupos dedicados a temas muy distintos: desde los trenes, los juegos de mesa y el ajedrez hasta actividades relacionadas con el empresariado, la educación y la psicología. No es necesario que todos compartan exactamente las mismas aficiones. Lo importante es encontrar una disposición común a preguntar, investigar, escuchar y conversar.
“Yo creo que el denominador común es la curiosidad. Es el interés por lo que uno piensa y por lo que piensa el otro, por escuchar algo novedoso y por poder compartir experiencias”, sostiene.
En el caso de Diego, una de esas puertas de entrada fueron los juegos de mesa. Conoció en Neuquén a personas con las que luego construyó vínculos de amistad y también se incorporó a Board Game Comahue, un club de juegos de mesa que funciona en el Alto Valle. A través de esos encuentros llegó a su actual grupo de amigos.
La experiencia le permitió encontrar algo que durante la escuela había resultado más difícil: un espacio donde los intereses personales no fueran un obstáculo para relacionarse, sino una oportunidad para conocer a otras personas.
Aprender a entender al otro
Conocer gente con intereses afines es una parte importante de la experiencia, pero Diego también plantea que convivir con altas capacidades implica desarrollar herramientas para relacionarse con quienes piensan de otra manera.
“Se vuelve mucho más fácil cuando uno desarrolla herramientas, sobre todo de comunicación social y empatía, para poder entender al otro, entender otros puntos de vista y entender que la mente de todos no funciona de la misma manera”, explica.
Para él, no existen formas de pensar que sean necesariamente mejores o peores. Existen diferencias. Comprenderlas ayuda a evitar que la propia experiencia se convierta en una medida para evaluar a los demás.
En ese camino fundó Polaris, una institución educativa que busca acompañar el descubrimiento del propio potencial. Acompaña a cada estudiante en su trayecto educativo ofreciéndoles las herramientas necesarias para superar desafíos y alcanzar sus metas.
Una educación que contemple a quienes aprenden distinto
Desde hace un par de años, Diego decidió orientar parte de su ejercicio profesional hacia la educación. La decisión está vinculada con su propia historia, pero también con el deseo de acompañar a personas que encuentran dificultades en sus trayectorias educativas.
Su objetivo es ayudar tanto a quienes tienen problemas para aprender determinados contenidos como a quienes poseen altas capacidades y atraviesan experiencias similares a las que él vivió durante su infancia y adolescencia.
En su mirada, uno de los problemas de la educación formal es que tradicionalmente está organizada para responder a las necesidades de la mayor cantidad posible de estudiantes. Ese esquema permite estructurar la enseñanza para grupos numerosos, pero puede dejar sin respuesta algunas situaciones particulares.
“La escuela está pensada para la media, sin contemplar muchas veces a quien está por arriba o por abajo”, señala.
Las dificultades de quienes tienen un rendimiento escolar bajo suelen ser más visibles. Cuando un estudiante no logra comprender los contenidos o no alcanza los objetivos previstos, las señales aparecen en las calificaciones y en las dificultades cotidianas para avanzar. En cambio, cuando un alumno comprende rápidamente lo que se explica, el problema puede pasar inadvertido.
Diego adviertió que ese estudiante también puede estar atravesando una experiencia negativa. Si entiende el tema a los pocos minutos de iniciada la explicación, pero debe permanecer en el aula repitiendo ejercicios o esperando a que el resto avance, puede aburrirse, perder interés y desconectarse de la propuesta educativa.
“Un estudiante que tal vez se aburre en clase porque el tema lo entendió a los cinco minutos de que el docente lo estaba explicando la está pasando mal en la escuela también”, planteó.
Por eso consideró importante que las instituciones puedan reconocer las distintas necesidades de aprendizaje y ofrecer respuestas que no se limiten a un único ritmo o a una sola manera de enseñar. No se trata de desatender al conjunto de los estudiantes, sino de entender que una misma propuesta no siempre funciona del mismo modo para todos.
Te puede interesar...












