Mariana Villagra llegó hace casi diez años a Neuquén. Encontró un lugar donde echar raíces, pero también un espacio para desarrollar una actividad que por entonces todavía tenía poca presencia en la zona.
Desde chica, Mariana fue una apasionada de la cocina. No distinguía entre dulce o salado: los ingredientes, las técnicas y la infinidad de posibilidades que aparecían frente a ella le causaban fascinación. Con el tiempo, esa curiosidad se transformó en una profesión y, casi naturalmente, descubrió que lo que más disfrutaba no era cocinar, sino enseñar a otros a hacerlo.
Mariana Villagra llegó hace casi diez años a Neuquén, después de haber vivido en distintos lugares y de haber comenzado a dar sus primeros talleres de pastelería. En la provincia encontró un lugar donde echar raíces y criar a sus hijos, pero también un espacio para desarrollar una actividad que por entonces todavía tenía poca presencia en la zona.
Hoy es maestra pastelera y se dedica principalmente a dar talleres y capacitaciones. No tiene una pastelería abierta al público: su cocina es, en cambio, aula, laboratorio y punto de encuentro para quienes llegan con ganas de aprender y, muchas veces, con la idea de transformar ese conocimiento en un emprendimiento.
De cocinar por gusto a encontrar un oficio
A diferencia de muchos casos en los que la pasión por la cocina se hereda, para Mariana fue distinto. No hubo una receta familiar que la guiara ni una tradición que continuar. “Mis papás jamás cocinaron nada. No viene de algo de ellos”, cuenta entre risas.
Sus primeros acercamientos más formales llegaron en La Plata, donde hizo uno de sus primeros talleres alrededor de 2011 o 2012. Después continuó formándose de manera principalmente autodidacta y, durante los años en los que vivió en África, comenzó a dar sus primeras capacitaciones.
Aquella experiencia también amplió su mirada sobre la pastelería. En un continente muy distinto al nuestro, descubrió preparaciones y técnicas que todavía no eran tan habituales en Argentina y que despertaron en ella nuevas preguntas. Empezó entonces a investigar, leer, probar y volver a probar.
Más que limitarse a seguir una receta, Mariana quería entender qué ocurría detrás de cada preparación: las cantidades, las temperaturas, los materiales y las razones por las que algo salía bien o no. La cocina empezó a tener algo de laboratorio: cada preparación era también un experimento y cada resultado, una oportunidad para volver a intentarlo.
Una pasión propia, una vocación heredada
A diferencia de la cocina, la enseñanza sí tenía raíces familiares. Mariana creció rodeada de maestros y profesores: sus padres y buena parte de su familia estuvieron vinculados a la educación.
Desde el comienzo tuvo claro que, si iba a dedicarse al mundo gastronómico, quería hacerlo desde otro lugar. “Siempre dije: ‘yo no quiero vender, yo quiero dar talleres, yo quiero enseñar’”, explica.
Probó, de todos modos, el camino de la venta. Lo hizo en distintos momentos y, durante la pandemia, cuando los talleres presenciales se frenaron, tuvo que convertir la cocina en un negocio. Incluso, al tiempo de llegar a Neuquén, abrió una pastelería y casa de té, aunque el local tuvo una vida corta.
La experiencia terminó de confirmarle lo que ya sabía: donde se sentía más cómoda era frente a un grupo, explicando una técnica y viendo cómo otra persona lograba hacer algo que antes no sabía. Cuando cerró, Mariana siguió haciendo lo que había disfrutado desde el principio: capacitar. “Yo amo dar talleres. Es lo que realmente me gusta”, resume sin vueltas.
Un mundo en el que cada vez más personas buscan emprender
En los últimos años, la cocina también empezó a ocupar un lugar diferente dentro del mundo laboral. Las redes sociales facilitaron la posibilidad de mostrar y vender productos, mientras que los emprendimientos caseros se convirtieron para muchas personas en una alternativa para generar más dinero, sumar una actividad a su trabajo o incluso cambiar de rumbo.
Mariana lo ve en sus propios talleres. A sus clases llegan personas que buscan un ingreso extra, pero también profesionales que quieren hacer algo diferente. Entre sus alumnos hay trabajadores de la salud y del petróleo que, aun teniendo un empleo fijo, sienten que llegó el momento de buscar otro camino.
No todos llegan por una necesidad económica. Algunos descubren que aquello que durante años hicieron como hobby podría convertirse en una nueva forma de vida. Y ese cambio también modificó lo que buscan al momento de capacitarse: ya no alcanza solamente con aprender una receta, sino que necesitan saber cómo convertirla en un producto que puedan vender.
Por eso este año Mariana sumó “Pastelería para vender”, un taller que combina la práctica en la cocina con todo lo que ocurre después de sacar una preparación del horno. Costos, precios, clientes, redes sociales, proveedores y formas de comercialización forman parte de las clases. “Para mí la receta es nada más un 10% de lo que vemos”, asegura.
El resto está en aprender a hacer números, conocer dónde comprar los ingredientes, calcular cuánto cuesta realmente cada producto y establecer un precio que contemple no solo la materia prima, sino también el tiempo y el trabajo detrás de cada preparación.
Para quienes recién empiezan, Mariana también prepara listados de proveedores y precios de referencia. Son datos que para alguien con experiencia pueden parecer sencillos, pero que muchas veces se convierten en uno de los primeros obstáculos para quien intenta transformar una habilidad en un emprendimiento.
Incluso, para fechas especiales prepara capacitaciones pensadas para vender productos por el Día de la Madre y proyecta otras para Navidad, con pan dulce, galletas de jengibre, budines y diferentes opciones dulces.
La propuesta, entonces, va más allá de enseñar a hacer una torta, una galletita o un brownie. Busca que quienes pasan por su cocina puedan entender qué hay detrás de cada producto y, sobre todo, qué necesitan para animarse a ponerlo a la venta.
Una cocina que también es aula
En su casa, Mariana tiene la cocina que alguna vez soñó tener. Allí pasa buena parte de sus días entre recetas, pruebas y errores. También es el lugar donde sus hijos pueden verla trabajar y, ocasionalmente, sumarse; no tanto para cocinar, pero sí para probar las creaciones de su madre.
Mientras tanto, Mariana continúa explorando nuevas técnicas. Después de años de especialización en macarons—un dulce típico de la gastronomía francesa elaborado a base de harina de almendras—, ahora dedica buena parte de su tiempo a los laminados, un universo de la panadería que despertó un nuevo interés.
Son productos muy diferentes entre sí, pero tienen algo en común para Mariana: detrás de cada uno hay una técnica para estudiar, ingredientes que conocer y una preparación que puede mejorarse una y otra vez. Esa búsqueda por entender cada detalle, probar alternativas y perfeccionar el resultado es la misma que la llevó a convertir la curiosidad por la cocina en una profesión.
Y quizás también sea esa la mejor manera de entender su vínculo con la enseñanza. Porque más allá de la receta que toque aprender, Mariana busca transmitir una forma de hacer: observar, probar, equivocarse, volver a intentar y entender por qué cada cosa sucede.
Hay quienes prefieren guardar bajo llave los secretos de la cocina. Mariana hizo lo contrario: entendió que compartirlos también era una forma de recibir. Cada técnica que enseña, cada receta que entrega y cada alumno que se anima a dar el primer paso son parte de una pasión que crece cada vez que se comparte.
Te puede interesar...













