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"Hay más personas con miedo a hablar que a morir": la influencer neuquina que ayuda a sus seguidores a soltar la voz

Hace más de 25 años que Cecilia Rodríguez habla a través de los medios de comunicación regionales. Pero hace un tiempo, descubrió que la oratoria es su pasión y hoy desde las redes sociales, incentiva a miles de personas expresarse mejor.

Entre la infinita cantidad de contenidos que ofrece Instagram, de pronto aparece una mujer de voz amable y clara que nos resulta familiar. Quizá es porque alguna vez la vimos conduciendo el “El Mirador”, el programa de Canal 7 con el que recorrió la Patagonia. Quizá porque habla desde un lugar de intimidad colectiva, como si ese consejo que suelta para millones fuera exclusivamente para uno, como si pudiera entender perfectamente qué es lo que estamos necesitando. Por cercanía, por magia, por la eficacia de la oratoria, no sólo queremos ver su video hasta el final, sino que inmediatamente después nos encantaría hablar frente a un auditorio repleto.

“La voz es una herramienta poderosísima que tenemos los seres humanos. Algunos dicen que es el sonido del alma. La palabra que sale de tu boca puede crear realidades”, explica Cecilia Rodríguez. De eso y mucho más les habla a sus más de 36 mil seguidores. En el 2019, cuando abrió sus redes sociales, ya sabía que era la mejor forma de llegar a las personas, pero jamás imaginó que eso le abriría las puertas del mundo.

Hay dos cosas en las que Cecilia siempre creyó con fuerza: una es que la “vida tiene su propio curso y que se cumple lo que debe cumplirse” y la otra es en el inmenso poder que tienen las palabras. Con eso fue abriéndose camino en el mundo de la comunicación y en la vida. En Neuquén hizo radio, televisión, publicidad; dio clases en la escuela; estudió yoga y filosofías comparadas; hace poco más de un año estudia Counselling. Pero lo que logró unir definitivamente ambas certezas fue la oratoria. “Me estaba esperando”, dice ella detrás de una sonrisa inmensa. Hoy no sólo es el motor de su vida, es con lo que se brinda plenamente a los demás.

Sus inicios

Hace poco más de una década, cuando Cecilia estaba frente a una agencia de publicidad que funcionaba en Brown y San Martín, el Dr. Pelizzari, que era uno de sus clientes, le preguntó si no daba clases de oratoria. “No, yo no”, le contestó ella. Un año después, el doctor volvió a insistir. La respuesta fue la misma. Sin embargo, a los pocos meses, fue convocada por una profesora de oratoria para acompañarla en un proyecto común, en el que ella se ocuparía del Media Training. Cecilia lo disfrutó muchísimo, pero de un momento a otro, se terminó. Lloró durante días. “A mí me gusta la oratoria”, le confesó a Sergio, su pareja, entre lágrimas. Y él, con total simplicidad, le preguntó: “Y entonces, ¿por qué no estudiás?”. Y eso hizo, como tantas veces lo había hecho antes, se propuso aprender. Unos años después, un amigo psicólogo la llamó para saber si estaba dando clases de oratoria para derivarle a una paciente: esta vez la respuesta fue sí.

Desde muy pequeña, cuando aún viví en la Base Naval Puerto Belgrano, Cecilia se encontró con las palabras. Su papá era un gran lector. Había hecho la carrera militar, pero fue un autodidacta. Sabía mucho de mucho y a su pequeña hija eso le encantaba. A través de juegos, desafíos, siempre con alegría, empezó a estimularla en la lectura y en el buen hablar. “Abrí bien la boca, levantá el mentón, mirá a los ojos”, solía decirle. Cecilia recuerda que entonces le gustaba imaginar que el palo del secador de piso era su micrófono y que le hablaba a una multitud que la escuchaba y la aplaudía encantada.

“Yo creo que nací en plena sintonía con él. En la alegría del juego y por mi admiración a él, me enamoré de la palabra. Muy chica entré en el mundo los libros. La lectura para mí siempre fue un refugio”, explica Cecilia.

Muchos años después, cuando se convirtió en una joven docente, su papá encendió la luz de otro camino fundamental. Cecilia había venido a trabajar de maestra a Villa La Angostura, pero una pelviperitonitis la devolvió a Punta Alta, donde pasó tres meses internada en un hospital. Una tarde, su papá le llevó una pequeña radio de regalo. “Te va a hacer compañía”, le dijo. Ella le pidió que la guarde en el cajón. Hasta que un día que estaba muy aburrida, se puso a escuchar. “La radio se transformó en una ventana. Empecé a ver a través de ella y me dije: tengo q hacer radio”.

Y así fue como unos meses después, ya viviendo en Neuquén Capital, empezó a hacer radio en LU5, junto a Mónica, una compañera de la escuela que la invitó a ser parte de “Musicuentos”, un programa para infancias que fue un éxito rotundo.

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Pero la infancia no sólo fue un lugar feliz. También se crío rodeada de cierta hostilidad y muy pronto comprendió que así como las palabras pueden crear, también pueden destruir.

“¿Qué pasa si yo me digo buenas palabras cuando escucho que alguien me dice malas palabras?”, se preguntó un día. Y entonces se creó un escudo protector o un “lema personal”, como ella prefiere llamarlo, con un fragmento del libro El vendedor más grande del mundo de Og Mandino, que en una de sus partes dice: “Yo soy el milagro más grande naturaleza. No estoy de casualidad en esta tierra. Estoy aquí con un propósito, y ese propósito es crecer hasta convertirme en montaña”.

—Empecé a decírmelo a los 15 años. Hoy tengo 59 y aún me lo digo todo el tiempo, como un loro —explica Cecilia—. El lema personal es una frase que vos te armás con las mejores palabras que te dirías: es tu propia voz diciéndote palabas de aliento. Estudiando, encontré unos respaldos teóricos que le llama anclajes auditivos. Son defensas. Tenemos que tener más responsabilidad cuando hablamos. Todo el tiempo decimos cosas sin pensar. Las palabras son como flechas siempre. Una vez que las tiraste ya no hay vuelta atrás.

Esa fascinación con las palabras que desde chica acompañó a Cecilia la llevó a estudiar filosofía comparada y a comprender que en toda cultura, en toda religión, son primordiales. En el Génesis, el primer libro sagrado que comparten judíos y cristianos dice : “Y dijo Dios: Sea la luz y fue la luz”.

—¿No es increíble? Dice “dijo”. Pero no sólo sucede allí, sino en los cuatro acuerdos Toltecas: “honra tus palabras”; en el Popol Vuh; o el mismo Pedro de Alcantara cuando expresaba: “por la boca pierde fuerza el espíritu” —dice Cecilia entusiasmada.

Sin embargo, no sólo se trata de decir, sino también de escuchar. Las palabras son la maravillosa posibilidad del silencio. Escuchar, reflexionar, pensar bien antes de decir, son pasos fundamentales según la influencer, quien comprende bien, que en definitiva lo que debemos preguntarnos es: ¿Qué vinimos a decir? Y agrega: “Si fuésemos conscientes de que cada palabra que decimos podría ser la última y quizá nos recuerden por eso, tendríamos más responsabilidad, más cuidado”.

Cecilia Rodriguez Influencer

Los miedos que nos silencian

Un panadero de Usuahia enamorado de la radio; la intendenta de una localidad cordobesa; un ingeniero de Vaca Muerta; una profesora de contabilidad que quiere mejorar sus clases; una coach experimentada de un pueblo de Santa Fé; la presidenta de una importante fundación. Todas estas personas tienen algo en común, además de haber sido parte de uno de los grupos de oratoria que coordina Rodríguez. “Quieren comunicar mejor para salir al mundo, para brillar con sus trabajos, con lo que saben, con lo que eligen”, dice Cecilia.

Pero muchas otras personas, tienen en común el terrible miedo de expresarse. Y es eso otra de las cuestiones que se trabaja en oratoria, vencer la sensación de desnudez que implica decir ante otros. “Hay más personas con miedo a hablar que a morir. Lo describen como una mente veleidosa que les dice cosas terribles. A mí para abordar esto me gusta referirme a la imagen budista del mono borracho que acaba de ser picado por un escorpión que grafica cómo a veces nuestra mente nos juega en contra. Porque si bien tiene mucha importancia la mirada del otro, también lo tiene la que tenemos sobre nosotros mismos. Las personas que tienen temor a hablar en público, la gran batalla la tienen con su mente”, explica Cecilia.

Y así como palabras y silencio son parte de lo mismo, miedos y memoria también. Según cuenta la experta, cada es vez es más común ver casos de niñas, niños, jóvenes que tienen dificultades para comunicarse, para mirar a los ojos. Como también, cada vez hay más madres y padres con dificultades de comunicarse con sus hijos. “Hay una gran conexión entre las palabras y el centro de las emociones. Vivimos en un mundo de mucha agresión, estamos acostumbrados a tratarnos mal. El ego quiere ganar, el ego quiere tener el control, quiere imponerse. El ego tiene un lenguaje propio y hace daño”, dice. Todas las tristezas quedan bajo la piel y son muchas las veces que se alimentan de memorias y palabras.

Cecilia también trabaja con políticos con los que firma un acuerdo de confidencialidad. Pero recuerda el caso de un hombre que al hablar parecía tener la garganta apretada, sentía una gran inseguridad.

—En ese caso, trabajé con posturas de poder. Son una gran herramienta, ya que cambian la química orgánica, según la neurociencia. Se trata de alentarse a uno mismo, levantar los brazos como si estuviéramos ganando. Entonces la mente dice: “¡ah! parece que estamos ganando” y baja el cortisol y aumenta la testosterona. Eso nos permite entrar de otra forma, sentirnos más seguros. No sólo comunicamos con la voz, sino con el tono, con el cuerpo.

Detrás de una buena acción, siempre hay muchas manos haciendo, sosteniendo. Para Cecilia nada sería igual sin Vanesa Galaz , Simon Mami, Sergio Chaves, Camilo Millain, Nicolás Saez, quienes la ayudan a poder andar este camino que emprendió, donde es responsable de transmitirle a miles de persona la importancia de “defender, cuidar y atesorar la palabra. Sobre todo cuando tenés hijos chiquititos”, dice.

Hay una frase del inmenso Haruki Murakami que reza: “las palabras se vuelven piedras”. Y aunque el mismo autor nos dice que con el tiempo hasta las piedras pueden erosionarse, también nos recuerda que a veces es tanto mejor desterrar las palabras que guardarlas o soltarlas al aire sin más. Se trata simplemente de una cuestión de respeto y consideración, con nosotros mismos, con quienes nos rodean y con la humanidad.

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