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Los 90 años de historia de un ferroviario de la región

Recuerdos de uno de los trabajadores del tren que partició en eventos descatados que marcaron la región.

Gran parte de la historia argentina puede contarse desde la aparición de los primeros ferrocarriles hasta hoy, con significativos detalles que aluden a nuestra identidad como pueblo. Más si se trata de la historia de un trabajador ferroviario de la Patagonia, cuyas vivencias semejantes a antiguas y nostálgicas estaciones, unen los puntos distantes del ayer, con un legado que no parece haber declinado jamás.

Beto Godoy pronto a cumplir 90 años, nació el 13 de julio de 1933 en Piedra del Águila. Su padre José Atilio Godoy, nacido en Las Ovejas había sido destinado como agente de policía al destacamento de Paso Limay en las cercanías de la balsa en la que se transportaban, entre tantas cosas, las mercaderías provenientes de la zona norte. José Godoy se casó con Ana Rosa Arias, oriunda de Piedra del Águila formando una familia con siete hijos de los cuales Beto es el segundo en orden de mayoría.

En esa época existía en la zona una importante oleada inmigratoria europea compuesta mayormente por españoles, italianos, ingleses y franceses, muchos de los cuales establecieron allí importantes estancias. En la balsa de Paso Limay estaban fijos además de José Godoy cumpliendo las funciones de agente policial, un encargado de la estafeta postal y el balsero todos con sus respectivas familias.

“Yo al ferrocarril entré como peón hasta que en el año 1954 me tocó hacer el servicio militar", dijo Beto Godoy a LM Neuquén. "Estando en cumplimiento del servicio, en diciembre de ese año prácticamente me reventó un polvorín, porque fue el año del derrocamiento de Perón por la conocida como Revolución Libertadora", agregó.

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"En Ramón Castro me mandaron a prender una máquina vaporera que tenía que llegar a Zapala, porque según me habían dicho se había armado un lío importante en Buenos Aires. De Zapala nos indicaron que teníamos que salir para Neuquén. Había milicos de todos lados y nos tenían como locos, que cargaban y descargaban las formaciones con armas, tanques y burros. LO que no sabían es que de Zapala se puede bajar sólo con 790 toneladas de peso nada más, porque como es todo bajada, si cargás de más te pasas de largo. Les pedimos que al menos sacaran el camarote de los oficiales y por poco nos matan. De vuelta del servicio ya me habían reincorporado como aspirante y con el tiempo como foguista de cuarta, tercera, segunda, primera y finalmente llegué a ser maquinista", recordó.

"En 1965 rendí otro examen y aprobé como maquinista interino. Todos los exámenes ferroviarios que me tocó rendir los aprobé en primera instancia, no por ser inteligente sino porque tenía mi preocupación de que todo saliera bien. Conduje distintas máquinas: carboneras, petroleras y alguna tortuguita a leña. Aprendimos a manejarlas y alimentarlas para que funcionen. Cuando en 1954 apareció la primera locomotora diésel, estábamos muy contentos. Ir en una máquina a vapor era sensacional para nosotros cuando subíamos por primera vez, pero manejar una diesel, era como pasar de una carreta a un Mercedes Benz", añadió.

Godoy empezó a trabajar en el ferrocarril el 6 de enero de 1952 y tiene recuerdos muy presentes de ese día. "Entré a las 7 de la mañana y a eso de las 10 llegó un señor de traje y corbata, con un tono medio de gallego. Nosotros con otro compañero de apellido Russo, lo saludamos y enseguida, sin más nos preguntó, cuando habíamos ingresado y si estábamos afiliados al Partido Peronista. Yo le dije que solamente era de San Lorenzo de Almagro, así que nos dijo que dejáramos nomás las carretillas y los elementos de trabajo que teníamos y que hasta que no nos afiliáramos no volviésemos a presentarnos a trabajar", contó.

"Yo volví a trabajar al aserradero Franzani, en dónde estaba empleado y a los dos días me vino a visitar mi compañero Osvaldo Russo, diciéndome que el primo le había aconsejado que nosotros podíamos falsear nuestra afiliación para que nos volvieran a tomar. Así que fuimos, a una sede del partido, que funcionaba en un edificio frente a la Iglesia en la avenida Argentina y nos afilió una mujer que era una peronista con una conocida trayectoria siempre acompañada por un grupo de mujeres militantes peronistas también", agregó.

"A pesar de todo eso yo soy peronista y creo que es el mejor partido que ha tenido la república. Mi papá que era Sargento de Policía en Piedra del Águila, cierta vez cuando estaba reunida toda la plana policial y se comenzó a hablar de Perón, que todavía no había accedido a la presidencia, soltó entre todos que a él le parecía que ese tal Juan Domingo iba a ser presidente de todos los argentinos y después nos contó en casa como lo agredieron e insultaron por manifestarse así”, dijo Godoy.

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La vida de Beto Godoy parece corresponderse con las páginas más destacadas de un libro de historia, sobre todo por el rol de obrero sindical que en el contexto de la huelga de los obreros de El Chocón entre los años 1969 y 1970 durante la dictadura de Onganía.

“Nosotros llevábamos la comida a los obreros de El Cochón en camioneta y nos paró la policía. Era una cuadrilla de milicos que nosotros sabíamos, porque los habíamos reconocido que no eran de acá, salvo un oficial de aquí de Neuquén que era amigo de mi padre y que por eso reconoció quién era yo. A todos nos tomaron el nombre y nos preguntaban qué era lo que llevábamos. Nuestras camionetas estaban repletas de víveres para los obreros que estaban haciendo una enorme huelga. Además, nos palpaban por si llevábamos armas y lo único que te permitían tener era un cuchillo de esos de comer asado a lo sumo", recordó.

"En eso venimos que un poco más atrás venía una estanciera que se detuvo detrás nuestro y para sorpresa de todos era el Obispo Don Jaime de Nevares. Ni bien vio la situación, el obispo se bajó y empezó a saludar a los policías con su cortesía habitual, a cada uno por su nombre porque los conocía prácticamente a todos. A nosotros nos preguntó hacia dónde íbamos, que llevábamos y porque aún no habíamos podido llegar a nuestro destino. Nosotros le exageramos, que llevábamos varias horas detenidos, por el retén policial y ahí entonces Don Jaime, les dijo a los policías, que nos dejaran seguir nomás, que él se hacía cargo, porque éramos también conocidos suyos. Fue así que ese día pudimos entregar los alimentos mientras el obispo se quedó entreteniendo a los oficiales”, agregó.

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El levantamiento popular conocido como “El Choconazo” significó un antes y un después en la historia social argentina, cuando los trabajadores, de la descomunal represa hidroeléctrica, ubicada en la actual Villa El Chocón, se revelaron ante las inhumanas condiciones laborales. El gobierno de facto regía los destinos de un país en que la proscripción del peronismo y el clima de descontento social convertían al país en un hervidero.

“Nosotros habíamos formado una acción de ayuda y asistencia en el núcleo de la Fraternidad Ferroviaria para asistir a los obreros de la huelga y llegaban partidas de alimentos desde todas partes, Rosario, Córdoba, Santa Fe, Tucumán, Salta en fin de todos lados. En El Chocón había trabajadores de todos esos lugares. La empresa de los gringos Sollazo, no le pagaba los sueldos a la gente en término y los explotaba en jornadas interminables de trabajo en las que prácticamente no les dejaban ni tiempo para poder comer”, dijo Godoy.

Gracias a su trabajo, Beto Godoy pudo codearse con funcionarios, líderes políticos y hasta altos mandatarios nacionales a los que muchas veces le tocó transportar.

“Estando en Zapala trabajando en los trenes, tuve la oportunidad de conocer al presidente Arturo Frondizi. Estábamos en la Colonia de Solteros del ferrocarril, una de las residencias que tenían los empleados dado que los casados se alojaban con sus familias en otras dependencias, y vinieron a pedirnos prestado un asador para agasajar a un político que estaba de visita. Resulta que se trataba de Frondizi”, contó.

La vida de un ferroviario, no se detiene, así como así, en una estación y ya. Como un carguero incansable franquea la estación del retiro y se mantiene en las vías del compromiso adquirido el primer día.

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“Yo me jubilé en el ferrocarril, cuatro meses antes de cumplir los 55 años de servicio. En el año 1981 sufrí un accidente que me tuvo separado de la actividad. Cuando me reincorporé tuve que tener mucho cuidado porque subir y bajar de las máquinas implicaba mucho esfuerzo y yo había sufrido quebraduras de pelvis y extremidades, que me dificultaban mucho el poder trabajar con normalidad. En el año 1985 se me había desprendido uno de los clavos con los que me habían soldado la pelvis y tuve que viajar a Buenos Aires después de no encontrar una respuesta satisfactoria acá en Neuquén. Allá me revisaron un conjunto de médicos especialistas en salud de los operarios del ferrocarril, todos “sargentones” y de trato seco que me mandaron de vuelta a Neuquén donde finalmente determinaron mi pase a jubilación en el año 1986. De todos modos, después de mi retiro, continué siempre cerca del gremio en la comisión de jubilados. Siempre existió entre nosotros un gran compañerismo y una muy fuerte amistad”, concluyó Godoy.

Habiendo formado una numerosa familia que parece extenderse en la de cada compañero ferroviario, Beto sonríe y reflexiona mientras enseña orgulloso en su galpón de recuerdos álbumes fotográficos, recortes de diario y revistas ferroviarias. Algunos recuerdos no acuden con facilidad a su memoria, pero admite haber vivido una vida plena y jugada. La historia de un trabajador que sigue viendo en el tren la oportunidad de llegar a todos los horizontes.

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