Hace unos años entrevistamos al matrimonio de Marta y Bernardino. Su historia familiar es tan rica y amplia que vale la pena recrearla y aggiornarla, para que no se pierda la riqueza del relato y su contribución a la historia neuquina. Marta es Maestra Normal Nacional, profesora de Letras y escritora comprometida con el quehacer literario neuquino. Ha publicado numerosos libros y poemas.
Su seudónimo "Alondra" la acompaña en cada mundo descripto por su pluma. Su padre fue gerente de la recordada Tienda New London, ubicada en la primera cuadra de la Avenida Argentina, y su madre poseía la casa de regalos "El Galeón", en la calle Tucumán al 200.
Marta Beatriz Anaya nació en Buenos Aires el 1° de septiembre de 1945. Es hija de Blas Roberto Anaya, Doctor en Bioquímica y farmacéutico, y de Raquel Salomé Jorcino. Su abuelo paterno fue Comisario de la Policía Federal y llegó a estas tierras por razones de trabajo.
En "Cartas de amor sin arena", un cuento incluido en su libro "Cuentos que no son tan cuentos", Marta relata la vida de sus padres en los primeros años de matrimonio. Describe el suplicio que su mamá, Salomé, a quien cariñosamente llamaban "Nené", tuvo que soportar problemas matrimoniales y las complicaciones riesgosas durante el embarazo que la dejaron postrada en cama. La intervención clave de su abuelo permitió separar a su hija y a su nieta del yerno, llevándoselas a vivir con él y su esposa.
Continuando con el relato de su historia, un mes después, la familia tenía todo preparado para trasladarse a una pequeña localidad en la provincia de Río Negro. Al principio, Salomé mostró una leve resistencia, pero pronto volvió a caer en la apatía que la había envuelto desde que se separó de Roberto.
De este modo, en un frío día del mes de mayo partieron los cuatro rumbo al sur. Tras casi veinticuatro horas de viaje en tren arribaron a la simpática población. Un blanco manto de nieve los recibió haciendo las delicias de la pequeña Beatriz que, como es lógico, nunca había observado semejante paisaje.
Si bien el frío era atemorizante comparado con el clima de Buenos Aires, la menuda población los impresionó favorablemente”. Según relata Marta, el subcomisario y su abuelo trabaron una importante amistad; lo llamaron el Tío Ricardo, y, luego de cuatro largos años fue trasladado y ascendido a comisario de la vecina ciudad de Cipolletti.
“Hacía más de un año que se habían instalado en el sur, todo parecía ir encaminándose por carriles normales. Beatriz celebró su tercer cumpleaños rodeada del cariño de su madre, abuelos y del infaltable “tío” Ricardo. (…)
Un buen día Salomé recibió una invitación del “tío Ricardo” para ir a cenar a Neuquén, al Hotel Confluencia. Marta relata lo acontecido a raíz de la invitación del tío para que concurra junto con él y don Carlos, el gerente de una importante tienda neuquina.
“Puntualmente a las veintiuna se hizo presente en el Hotel Confluencia el tan nombrado don Carlos, que, con su mirada cálida, serena, su trato afable, cordial, chispeante en sus comentarios, cautivó de inmediato la atención de los tres invitados, pero sobre todo el de las damas”.
(…) Carlos también quedó “prendado” de la niña, quien, con la sabia intuición de la inocencia, lo hizo su ídolo predilecto a tal punto que cuando hacía seis meses que frecuentaba a Salomé, previo a hablar con Luis María para hacerle saber sus intenciones con respecto a ella, Beatriz, con toda soltura, le preguntó una tarde:
- ¿Te vas a casar con mi mamá y conmigo?
“Su puesto de gerente de una tienda tan importante (New London) le obligaba a Carlos a realizar frecuentemente viajes a la ciudad de Bahía Blanca, viajes en los que aprovechaba para ver a su hijo. Por otra parte, Salomé también viajaba a Buenos Aires aunque no con tanta frecuencia, pues iba con su madre de visitas” (…)“. ¡Precisamente, “¡Cartas de amor sin arena”, es una recopilación de la correspondencia mantenida entre su madre Salomé y su padre Carlos!
Con el relato de la pérdida de su amado padre, relatado por la carta de su mamá Nené, Marta cierra el cuento que narra su propia vida, la de su madre y la del hombre que fuera su papá del corazón. En esas páginas, la ficción cede su lugar a la anécdota real, retratada con sinceridad y emoción.
El secundario y la Universidad
Marta estudió en la Escuela Nacional de Comercio Gral. San Martín, se recibió de Maestra Normal Nacional, y en la Universidad Nacional del Comahue, lugar en el que obtuvo el título de Profesora en Letras.
Carlos Apolinar Ruiz, el papá de Marta, fue por veinticinco años gerente de la famosa Tienda New London, ubicada en la primera cuadra de la Avenida Argentina, donde hoy está emplazada la Banca Personal del Banco Provincia del Neuquén. La tienda era un negocio de jerarquía cuya central estaba en la ciudad de Bahía Blanca. Ofrecía ropa de hombre y mujer, perfumería y hasta juguetería. Además, contaba con servicio de sastrería masculina. Entre los sastres que allí se desempeñaron se encuentran Urtel, Domingo José Sangare y Juan de la Cruz Barbosa. El Taller donde estos artistas del corte se desenvolvían, funcionaba atrás del negocio.
En la década del ‘60, los padres de Marta compraron la casa de la calle Tucumán 255 y allí abrieron el negocio de regalos llamado “El Galeón”. Luego de cerrar ese negocio, abrieron por corto tiempo la Farmacia “Norte”.
En el Neuquén de los ‘60, Marta conoció a Bernardino del Carmen Sandoval, “Nino”, recordado radio aficionado. Se casaron el 5 de enero de 1967. Tuvieron tres hijos: Bernardo Carlos, Rosa Beatriz y Omar Alberto, quienes, a su vez, les dieron nietos y un bisnieto.
Alondra y sus escritos
Marta, cuyo seudónimo literario es Alondra, posee en su haber varias obras literarias: “Cuentos para aprender a soñar”. “Cuentos para perfumar el alma”. “Cuentos para soñar con nostalgia” “Cuentos que no son tan cuentos” “Nuevas historias para vivir y renacer”, “Amalgama de historias para soñar despiertos” y “Pinceladas de vida”.
El libro “Cuentos que no son tan cuentos”, es de donde tomamos las citas que pueblan la nota. Sus padres, Carlos y Nené, los protagonistas de tan bella como difícil historia, se han ido. Él, el 4 de julio de 1979 y ella el 7 de febrero de 2007.
Con orgullo Marta nos narró que hacía varios años se convirtió en voluntaria del Hospital Central de la capital, Dr. Eduardo Castro Rendón. Allí llevaron a cabo una encomiable labor junto a muchas compañeras que brindan su servicio en ayuda física y espiritual, tan necesaria para los enfermos internados en el establecimiento sanitario.
Además, Marta coordinó en su hogar un Taller Literario de adultos al que concurrieron alumnos que desean aprender y conocer técnicas y géneros literarios.
Bernardino del Carmen Sandoval, radioaficionado
Bernardino “Nino” nació en Neuquén el 28 de junio de 1935. Es hijo de Segundo Carrasco y Rosalía Sandoval, quienes, además de él tendrían siete hijos más.
“Mi madre fue la cocinera oficial de la familia de Juan Julián Lastra, el reconocido hombre de esta sociedad neuquina, gran poeta, amigo de Alfonsina Storni, fue gestor y presidente de la Biblioteca Popular Juan Bautista Alberdi. Trabajó en su profesión pero también para la ciudad”
Nino vivía con sus padres en la segunda cuadra de la calle Santiago del Estero. Luego, la familia se mudó a la calle Irigoyen, que antes era conocida como "San Juan", según los recuerdos de Nino. Comenzó sus estudios primarios en la Escuela N° 61, cuando se ubicaba en las calles San Martín esquina Leguizamón, bajo la dirección de Reinaldo Montivero, luego finalizó sus estudios en la Escuela N° 2, cuando se encontraba en la Avda. Argentina esquina Carlos H. Rodríguez. En la antigua Escuela Industrial ENET N°1, estudió hasta tercer año especializándose en Radio-técnico, bajo la dirección de Eugenio Perticone .
En 1950, Nino comenzó a trabajar como mensajero en el Correo era muy joven. Tres años después, se recibió de telegrafista y continuó trabajando en esa área. Recuerda a varios de sus jefes, como Italo Piccardini, Mario Carrera Frea, el jefe de telégrafos don Bismarck Lagos y don Luis Humberto Palavecino. Mientras rememora estos recuerdos, también menciona a otro jefe, don Pedro Oreja, cuya familia tenía una cochería fúnebre en la calle Jujuy, junto a la usina vieja.
En 1955, Nino fue trasladado a Luis Beltrán y posteriormente a General Roca, donde trabajó en la Radioeléctrica, una estación de radio que manejaba llamados a larga distancia a la Capital Federal y otras partes del país. En 1960, con la inauguración del nuevo edificio de Correos y Telégrafos Distrito 22 (hoy Correo Argentino), decidió regresar a la capital neuquina.
Bernardino también menciona que el Correo tuvo otras ubicaciones en diferentes momentos, como en la esquina de Olascoaga y Perito Moreno, siendo propiedad de don Juan Antonio Garrido, y en otro momento en la tercera cuadra de la calle San Martín.
Hasta 1967, Bernardino fue Presidente de la Asociación Argentina Telegrafistas Radio Afines (AATRA) y formó parte de la Asociación Jerárquica de Empleados Profesionales de Comunicaciones (AJEPROC).
Dijimos anteriormente que, en la década de 1960, conoció a Marta Beatriz Anaya en Neuquén y se casaron el 5 de enero de 1967. Tuvieron tres hijos: Bernardo Carlos, Rosa Beatriz y Omar Alberto. La historia familiar se completa con varios nietos y un bisnieto.
Nino llevaba una vida ocupada combinando su trabajo en el correo por las mañanas y siendo Gerente de la Agencia Morales por las tardes, ubicada en la Avenida Argentina y Ministro González, al lado de la Rotisería San Martín, propiedad de los antiguos pobladores Di Rago. Posteriormente, trabajó en la Agencia de Lotería del Chubut de Julio Oscar Sáenz, situada en la Avenida Olascoaga, y luego en la Agencia Dos Mundos, en San Luis y Ruta 22.
En la década del '60, inauguró su propia agencia de lotería llamada "El Pato de la Suerte" en la calle Buenos Aires al 200; posteriormente se mudó a la Galería Cónsoli, en la segunda cuadra de la calle Rivadavia, donde se asoció con Julio César León. Durante esa época, también participó en tareas con la Agencia de Noticias de los hermanos Crissoliti, el Dr. Julio A. Frete, Raúl Valladares, José Castaño y el Sr. Allaria, recibiendo noticias como radiotelegrafista para la Agencia Interpress, ubicada en el salón situado arriba del Cine Teatro Español.
En 1960, aprovechando un loteo de terrenos realizado por la Cooperativa FOECYT, Nino adquirió un terreno entre las bardas e insectos en la calle Maestros Neuquinos y Diagonal España, apostando al futuro, y construyó su casa allí.
En cuanto a su carrera laboral, Nino llegó a ser Jefe de Telecomunicaciones hasta su jubilación en 1994, tras 41 años de servicio. Durante su tiempo libre, se involucró con los medios de comunicación, dictando cursos de telegrafía en distintos radioclubes y brindando preparación personalizada para los alumnos, incluso a distancia. También fue parte de la creación de un manipulador telegráfico artesanal, fruto de la inquietud de uno de sus alumnos, Sergio Giorgis, quien llevó a cabo investigaciones y desarrollo guiado por Nino. El manipulador resultó ser útil y accesible para la enseñanza de la telegrafía y para realizar circuitos cerrados de transmisión conectados a equipos de radio de comunicaciones.
En su hogar, Bernardino nos mostró su sala de Radio Shack, donde lleva a cabo sus comunicaciones de radioaficionados.
Hace una década que los entrevistamos, y al hablar con ellos actualmente Marta nos cuenta que “sacamos del arcón de los recuerdos lejanas épocas donde conjugaban el trabajo –Nino como radioaficionado, su trayectoria de más de cuarenta años con las comunicaciones, su hobby, un homenaje cercano que le hicieron hace unos días, con el trabajo de Marta como escritora, junto a su familia que lleva 57 años de vida, y que se vio bendecida con la llegada del primer bisnieto. Marta ha realizado nuevos escritos “Nuevas historias para vivir y renacer” en el año 2009; “Amalgama la historia para soñar despiertos” en 2011. Pinceladas de vida” 2013. Por el camino de los sueños en 2017. En 2022 la zaga” Realidades que asombran, cristales rotos a lo largo del tiempo. En 2018 recibió el premio Lola Mora a la trayectoria por su quehacer cultural.
En este relato, se revive el Neuquén del Siglo XX, con sus lugares, comercios y pobladores que solían cruzarse en sus calles de tierra y poco tránsito, donde todos se conocían y se alegraban de reencontrarse para contar historias.
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