Rincón de los Sauces: Los inicios de Puesto Hernández a principios del siglo XX
En estas benditas tierras del oro negro, el petróleo, es transcendental recordar los relatos que están arraigados en la memoria de sus habitantes, a quienes entrevistamos hace más de una década. Estos relatos cobran nueva relevancia debido a la importancia que la región ha adquirido.
Rincón de los Sauces es la capital del Departamento Pehuenches, situada a lo largo de la margen derecha del río Colorado, en el extremo noreste de la Provincia de Neuquén. Se encuentra a 255 km de la capital provincial. Ahí se establecieron colonos a finales del siglo XIX y principios del XX, pero una devastadora inundación provocada por la crecida del río Barrancas en 1914 borró todo a su paso. Esta área previamente albergaba a crianceros de ganado caprino y ovino. Fue entonces cuando Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) montó campamentos exploratorios y finalmente, en 1968, descubrió petróleo. Como resultado, Puesto Hernández se transformó en uno de los yacimientos más prominentes del país.
Gracias a su próspera cuenca, que alberga significativos depósitos de petróleo y gas, Rincón de los Sauces fue designado como la capital nacional de la energía. Contribuye con la mitad de la producción total de hidrocarburos a nivel nacional. Este fenómeno ha generado un explosivo crecimiento demográfico en la región ya que se ha convertido en un imán para población proveniente de toda Argentina y países vecinos.
En la década de los años '90 se descubrieron ejemplares de Titanosaurios en esta zona, además de los estudios en curso sobre las cavernas y cuevas de las comunidades originarias.
Los Hernández
En el paraje Rincón de los Sauces residió José del Carmen Hernández, originario de Chile. Siendo dueño de estas tierras, contrajo matrimonio con una joven llamada Juana María Villagra. Juntos, lucharon, trabajaron y formaron una familia próspera: sus hijos José Ángel, Germán del Carmen, y las hijas Natalia, Guillermina y Carmen Rosa. Reunidos alrededor del fuego, su padre les relataba historias de la familia que él había experimentado. Entre esos recuerdos se destacaba su enfrentamiento con los indígenas durante su infancia. La propuesta del gobierno para aquellos que habían combatido contra los naturales era brindarles la oportunidad de establecerse en esas tierras, con el objetivo de poblar la Patagonia y trabajar la tierra.
Fue por esta razón que José del Carmen Hernández optó por quedarse en las tierras. Debía pagar un impuesto por cada cabeza de ganado. Además, también poseían chacras donde cultivaban alfalfa y trigo, realizaban trillas. Las mujeres se encargaban de ordeñar las vacas, la producción de queso y parte de estos productos se vendían en Chile, donde también se abastecían de otras mercancías.
La inundación de 1914
En el año 1914, José del Carmen y su hijo José Ángel se dirigieron al cerro Auca Mahuida para reunir al ganado. Su otro hijo, Germán del Carmen, estaba cumpliendo el servicio militar en Neuquén. Su esposa y sus hijas se quedaron en la costa realizando labores en la chacra.
El 27 de diciembre de 1914, al mediodía, un hombre a caballo pasó corriendo y gritando: ¡Corran, disparen a las colinas, se acerca la inundación! Afortunadamente, tenían la carreta enganchada a los bueyes y rápidamente fueron en busca de las mujeres y los niños. Tomaron colchones y baúles y se marcharon apresuradamente. La desesperación era tal que utilizaron horquillas para apurar a los bueyes y así llegar más rápido a las colinas cercanas al cementerio. Mientras subían la colina, una ola pasó por encima del carro y golpeó una de las ruedas.
Cuando finalmente estuvieron a salvo, miraron hacia la costa y vieron cómo el río se tragaba a los animales, con las parvas de pasto flotando. Debido a la angustia, no recordaban si habían subido a los niños a la carreta, lo que les causó un llanto desgarrador. Después de media hora, notaron que los colchones y baúles se movían: los niños estaban escondidos debajo de las cosas.
Continuaron su camino hacia las bardas, en dirección al chivato. Tenían una casa de piedra allí donde solían pasar el verano. Durante mucho tiempo se pudieron encontrar ruinas de la casa de los Hernández y, en la cima de la colina, cerca de la casa, se encuentra la tumba de Carmen Rosa, una de las hijas, quien falleció debido a una insolación después de dar a luz y ser obligada a reunir las chivas en pleno calor. Su hijo Alberto Álvarez fue cuidado por sus hermanas y abuela, y creció junto a los Hernández.
En 1918, falleció José del Carmen a los sesenta y seis años, debido a la falta de atención médica. Su esposa y sus hijos quedaron a cargo de la tierra y el ganado. Germán del Carmen, quien había estado en el servicio militar, regresó a Rincón y más adelante se casó con Elena Rosa Casanova, con quien tuvo varios hijos. Posteriormente, José Ángel regresó a Rincón después de cumplir su servicio militar en Buenos Aires como granadero a caballo. Durante un rodeo de animales en La Escondida, cerca de Auca Mahuida, conoció a Rosario Retamal, con quien se casó y tuvo varios hijos.
Luego, Guillermina se casó con Luis Chávez y juntos trabajaron en el campo. Después de la inundación, Guillermina tuvo un hijo llamado Lindolfo. Tras la muerte de Chávez, Guillermina quedó sola con su hijo, su madre y su hermana Natalia.
La familia Cano
Don Eduardo Cano era un hombre que se sustentaba cazando animales silvestres como guanacos, avestruces, zorros, gatos, zorrinos y liebres. Una vez que reunía varias pieles y plumas, las empacaba en fardos para llevarlas a Buta Ranquil, donde las vendía en el almacén de Ramos Generales del turco Abraham Elem. Utilizaba un caballo con un bozal con una argolla para cargar el cargamento, asegurando el cabestro en la argolla.
Cuando los Hernández regresaron a Rincón de los Sauces, Guillermina se reencontró con Eduardo Cano, se enamoraron y se casaron. Luego, se trasladaron a Cinco Saltos, donde adquirieron una chacra y se dedicaron al cultivo de manzanas. Tuvieron varios hijos: Regina, Reinaldo, Eduardo, Miguel y Alejandro, quien fue el entrevistado hace unos años, para esta nota. Posteriormente, la hermana de Guillermina, Natalia, y su esposo Clodomiro Álvarez, junto con sus hijos, también se mudaron a Cinco Saltos. El puesto en Rincón quedó en manos de Luis Tapia y doña Rita Guzmán, con la condición de que, si algún hijo llegaba a reclamar tierras, se les cedería un solar.
Alejandro se casó con Rebeca del Carmen Lara, con quien tuvo 4 hijos: Esteban, Erika, Alejandro y Carolina. La familia se completa con varios nietos.
En Rincón, José Ángel se quedó solo, ya que su esposa había fallecido. Su familia política eran los Retamal, originarios de Chile, y con ellos llegó la familia Lara, que también se asentó en Rincón. Ambas familias tuvieron una gran descendencia.
Tierras de los Hernández
“Estas tierras nunca fueron abandonadas por los Hernández”, nos relató, hace años, Alejandro Cano, hijo de Guillermina Hernández. En efecto, son los verdaderos herederos. Por eso, Cano concluye diciendo “Estas tierras no son fiscales, sino que tienen dueños, que fueron José del Carmen Hernández y Juana Villagra de Hernández”.
La aclaración de Cano respecto de la propiedad de las tierras se debe a que en ellas se halló petróleo y éstas fueron expropiadas por el Estado. Ante el reclamo de la familia Hernández y sus descendientes, la Dirección de Tierras Fiscales instó al Poder Ejecutivo Provincial que reglamentara la Ley 263 de Tierras Fiscales. A tal efecto, el decreto 289/01 establece en su articulado lo siguiente:
Artículo 1º: establécese que la enajenación de las tierras fiscales a sus actuales ocupantes, en todos los casos, no implicará la transmisión de los derechos de cobro de canon por servidumbre correspondiente a la exploración y explotación hidrocarburíferas.
Artículo 2º: que el Estado provincial se reserva por el plazo de diez años el ejercicio de los derechos de cobro de cánones e indemnizaciones derivados de la actividad hidrocarburíferas, respecto de las tierras fiscales enajenadas a sus ocupantes, quedando estos autorizados de pleno derecho a ejercer tales derechos luego de vencido el plazo previsto en este Decreto, sin necesidad de otros trámites o autorizaciones. Conforme lo establece el Artículo 9 º de la ley 263, se mantiene asimismo la prohibición de vender la tierra por el término de diez años.
Numerosas tramitaciones, iniciadas por pobladores afincados en esas tierras e identificados con ella, han dado lugar a expedientes y reclamaciones; pero no todos han tenido la solución que esperaban.
Por toda la historia de estas tierras, queremos recordar a aquellos pioneros que lucharon y luchan para defender sus dominios que legítimamente les corresponde. Nuestro Homenaje.
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