Tienen 50 y 60 años, desafiaron el hielo del Polo Norte y lograron un hito mundial único
Las neuquinas Cristina Ganem y Carolina Modena completaron una travesía extrema en el Ártico y se convirtieron en las únicas argentinas en nadar en los dos polos.
En el Polo Norte, una tierra inhóspita donde el frío predomina, el silencio se vuelve ensordecedor y las bajas temperaturas ponen al cuerpo al límite, dos neuquinas se sumergieron en las gélidas aguas con un propósito claro: dejar un mensaje que trascienda mucho más allá de ese rincón del planeta.
Cristina Ganem tiene 60 años, es arquitecta, madre de Juan Bautista y fundadora de Océano Virgen. Comenzó a nadar por recomendación médica después de un problema de salud y, con el paso del tiempo, esa actividad se transformó en una pasión que la llevó a cruzar algunos de los escenarios más desafiantes del mundo. Desde el Canal de la Mancha hasta las Islas Malvinas, construyó una trayectoria marcada por los desafíos en aguas abiertas.
Por su parte, Carolina Modena tiene 51 años, es psicóloga social y creadora de un emprendimiento de triple impacto vinculado al consumo responsable. Tiene dos hijas, Celeste y Milagros, y al igual que Cristina, también descubrió la natación en la adultez. Lo que comenzó como una actividad recreativa pronto se convirtió en una forma de superarse a sí mismas y de encontrar un espacio donde unir dos de sus pasiones: el deporte y el cuidado del ambiente.
Aunque llegaron al agua por caminos diferentes, hoy comparten mucho más que la pasión por la natación. Las une el deseo de llevar un mensaje en cada desafío, la convicción de que el deporte puede ser una herramienta para generar conciencia y el compromiso de proteger los ecosistemas que recorren con cada brazada.
Nadar con propósito
Cristina y Carolina se conocían desde hacía algunos años por el ambiente de la natación en aguas abiertas. En ese mundo son pocos los que se animan a las aguas gélidas y los nombres terminan repitiéndose.
Se admiraban mutuamente, pero nunca habían compartido un desafío. "Yo a Cris la conocía del ambiente, la admiraba mucho por todas las cosas que había hecho y, sobre todo, por la fortaleza que tiene para encarar los proyectos", recuerda Carolina.
La oportunidad llegó casi de manera inesperada. En 2025 decidieron unir fuerzas para emprender un proyecto que, a simple vista, parecía imposible: nadar sin protección térmica en la Antártida para visibilizar la necesidad de proteger las áreas marinas del continente blanco. "Vos podés hacer muchas cosas solo, pero cuando te juntás con otros tienen mucha más fuerza. Eso lo vimos en la Antártida y también en el Ártico", asegura Carolina.
Así nació Nados Ambientales (@nadosambientales), una iniciativa que busca combinar el deporte extremo con la concientización ambiental. "Fui encontrando en la natación que podía nadar con propósito. No era solamente una cuestión de competencia, sino que podía dejar una huella", reflexiona Cristina.
La idea era sencilla, pero ambiciosa: que cada travesía tuviera un objetivo y que cada brazada sirviera para hablar del cambio climático, la conservación de los ecosistemas y el impacto que las acciones cotidianas tienen sobre el planeta.
La experiencia en la Antártida marcó un antes y un después. Además de completar el desafío, registraron toda la expedición en el documental "5000 Brazadas", un trabajo que toma su nombre de las brazadas que dieron entre las dos y que simbolizan los 500.000 kilómetros cuadrados de áreas marinas antárticas que buscan ser protegidas.
El desafío del Polo Norte
Después de la travesía en el extremo sur del planeta, el siguiente capítulo las llevó hasta el archipiélago de Svalbard, en el Ártico noruego. A diferencia de la expedición a la Antártida, esta vez el desafío estuvo organizado por una entidad especializada en este tipo de nados extremos y reunió a apenas nueve nadadores de distintos países.
Antes de recibir la autorización para ingresar al agua, ambas debieron superar una prueba clasificatoria: nadar 250 metros en aguas de entre dos y tres grados y demostrar que podían recuperarse por sus propios medios. Recién después de aprobar esa instancia obtuvieron el visto bueno para afrontar el verdadero desafío: completar un kilómetro frente a un glaciar, en un entorno donde la presencia de osos polares obliga a extremar las medidas de seguridad.
La jornada del 8 de junio comenzó bien temprano. Tras más de una hora de navegación llegaron al fiordo donde las esperaba el campamento, custodiado por guardias y un equipo médico que monitoreaba cada detalle. Desde ese momento, todo estaba cuidadosamente planificado: debían ingresar solas al agua, completar el recorrido sin asistencia y salir por sus propios medios antes de comenzar un largo proceso de recuperación.
Aunque el desafío consistía en completar los mil metros, para ellas el verdadero esfuerzo había comenzado mucho antes. "No son solo esos 20 minutos. Es todo lo que se recorrió para poder llegar hasta ahí", reflexiona Carolina. Meses de entrenamiento, preparación física y mental, el acompañamiento de sus familias y una planificación minuciosa fueron parte de un camino que hizo posible esa travesía.
La abrazo más esperado
Completar el kilómetro en las aguas gélidas del Ártico significó alcanzar el objetivo para el que se habían preparado. Sin embargo, todavía quedaba atravesar una de las etapas más exigentes: la recuperación.
Con el cuerpo expuesto a temperaturas extremas, volver a entrar en calor puede demandar cerca de una hora y requiere asistencia inmediata.
Para ese momento tan delicado tuvieron una compañía muy especial. Juan Bautista, el hijo de Cristina, y Milagros, la hija de Carolina, viajaron junto a ellas hasta Svalbard y fueron los encargados de recibirlas al salir del agua.
Mientras ellas apenas podían mover las manos y recuperar el equilibrio, ellos las ayudaban a secarse, cambiarse de ropa y comenzar el proceso para recuperar la temperatura corporal.
"Lo más lindo es sentir que llegaste, saliste caminando y tenés el abrazo de tu hijo, que te está esperando para ayudarte. Ahí se cambian los roles y son ellos quienes te cuidan. Eso es lo más lindo", recordó Cristina.
Un legado que trasciende el agua
Más allá del desafío deportivo, ambas coinciden en que todavía les cuesta dimensionar lo que lograron. Con las travesías en la Antártida y el Polo Norte se convirtieron en las únicas argentinas en completar ambos desafíos con un propósito ambiental, un hito que muy pocas personas alcanzaron en el mundo.
En cada expedición llevaron la bandera argentina, pero también el orgullo de representar a Neuquén, la provincia donde entrenan, viven y desde donde comenzó un proyecto que hoy llegó hasta los dos extremos del planeta.
Sin embargo, aseguran que el verdadero valor del proyecto no está en el reconocimiento, sino en el mensaje que buscan transmitir: "Nosotras no tenemos sponsors. Nos jugamos el todo por esto porque creemos en los objetivos, creemos en este deporte y creemos en el mensaje que podemos dar. Creemos que esa semilla queda en nuestra familia y en las generaciones que vienen".
Hoy, el Polo Norte quedó a miles de kilómetros. Carolina y Cristina volvieron a Neuquén, a sus hogares, a sus profesiones y a los entrenamientos que forman parte de su rutina. Pero el viaje no terminó cuando salieron del agua. Ahora comienza el desafío de seguir sembrando conciencia y aportar con cada brazada un granito de arena para cuidar el lugar donde vivimos.
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