Mariella Gambazza, "La dama de las galletitas": 90 años entre Italia y Zapala
Llegó con 12 años en 1947 huyendo de la guerra. Fue contadora a los 14, comerciante toda la vida y referente de la colectividad italiana. Hoy, con 3 hijos, 5 nietos y 6 bisnietos, pide que no se pierdan las tradiciones de su tierra.
Zapala, la ciudad del viento, se forjó con manos de todas las naciones. Italianos, españoles, árabes y criollos levantaron comercios, escuelas, clubes y familias. Entre ellos, la colectividad italiana dejó una impronta profunda en la estructura social y comercial de la ciudad. Almacenes, panaderías, talleres, corralones y sociedades de ayuda mutua llevaron el sello del trabajo, la solidaridad y el espíritu emprendedor que caracterizó a esa generación que cruzó el océano.
En esa historia colectiva aparece la vida de Mariella Gambazza. Ella nació el 14 de febrero 1935 en Busseto, un pequeño y encantador municipio de la provincia de Parma, en el norte de Italia, dentro de la región de Emilia-Romaña. Busseto es un pueblo con mucha historia. Es mundialmente famoso por ser la ciudad donde nació y vivió el célebre compositor de ópera Giuseppe Verdi.
Mariella fue bautizada en la iglesia de Madonna dei Prati (Virgen de los Prados), en una zona de pueblitos pegados entre sí, típica de los paisajes del Apenino parmesano donde creció.
Hija de Ángel Gambazza y Vanda Laurini, creció en medio de la Segunda Guerra Mundial. "Los alemanes estuvieron tres meses instalados en nuestra casa. A mí lo que me molestaba eran los aviones. Le decía a mi mamá: a mí no me importa estar sin comer, pero que no vengan los aviones", recordó. Su padre fue reservista y lo enviaron a Grecia y África. Volvió. Muchos no lo hicieron.
Lágrimas de sangre
La posguerra empujó a miles de italianos a emigrar. En julio de 1947, con 12 años y 3 meses, Mariella desembarcó en Buenos Aires y el 10 de julio llegó a Zapala. "Llegar acá fue llanto y llanto. Nadie me entendía", relató. No era un destino al azar. Su abuelo había venido en 1912 con el ferrocarril y se había vuelto. Dos tíos habían nacido en Zapala. Su padre y sus tíos eran albañiles y enseguida se incorporaron a la construcción del Regimiento de Zapala. Así es que la familia Gambazza empezó a echar raíces comerciales y sociales en la Patagonia.
Mariella no fue a la escuela en Argentina. El trabajo la alcanzó antes. Con 13 años ya ayudaba en las cuentas de la empresa familiar. Cuando su padre fue enviado a la región de la cordillera andina de Neuquén por una compañía que construía correos y telecomunicaciones en Villa Traful, Aluminé y Puerto Blest, ella quedó al frente de todo.
"Yo tenía 14 años y llevaba todas las cuentas. Llegaba el ingeniero con la plata y yo les pagaba a los peones. Había chilenos que no sabían firmar. Yo hacía las cuentas a mano, sin calculadora", detalló con precisión aquellas faenas de una adultez prematura.
Esta situación fue motivo de discusión ya que los mismos obreros notaban que el profesional contador que mandaba la empresa pasaba largas horas tomando mates a la orilla de un río. “Muchos dijeron y reclamaron: A Mariella le tienen que dar un sueldo. Así es que me asignaron $100 por mes más $50 de aguinaldo”, recordó. Trabajó durante 10 meses y juntó $1050. "Era la más rica. Me sentía millonaria", admitió con orgullo. Qué hizo?. Se fue a “Tiendas Alberto” con su mamá y compró todo el ajuar: metros de tela, sábanas y prendas de blanco.
A los 15, con su espíritu inquieto y emprendedor, tomó clases de corte y confección nocturno. Esto más tarde lo transformaría en una importante herramienta y salida laboral. "A mí, como a mi papá, siempre me gustó el comercio", señaló.
41 años de casada y comercio
El 14 de febrero, el día de su cumpleaños, se comprometió a los 18 y se casó a los 19 con Don Carlos Torresín. "En esa época se usaba pedir la mano. Los padres de la novia hacían la comidita", describió con picardía.
Estuvieron 41 años casados. Hace 30 que es viuda. Don Carlos tenía taller de tornería y soldadura. "Había mucho trabajo con los camiones y las cañoneras", destacó.
Sin embargo, ella siguió con lo suyo. Primero fueron las temporadas en Copahue. Dos o tres veranos vendiendo pulóveres. "Aprovechaba las vacaciones de los chicos. Con lo que junté ahí me compré el auto", mencionó Mariela, mientras ojeaba un álbum de fotos. Después montó un negocio de tejido en su casa, la misma donde hoy guarda su Mitsubishi modelo 80. Le puso vidriera y allí hacía atención y venta a los clientes.
El capítulo más emblemático -de su vida comercial- llegó en los años 90, del siglo pasado. En plena convertibilidad, Mariella se transformó en mayorista de galletitas. Representaba marcas de Buenos Aires como “La Nirva", una famosa fábrica de golosinas y galletitas cuyos productos estrella como los alfajores Grandote y los conitos se convirtieron en verdaderos íconos populares de los kioscos de la época. Fue entonces cuando Zapala empezó a llamarla "La dama de las galletitas". No tenía local grande. Tenía la ruta y los barrios. Ella misma, ya con más de 60 años, cargaba y descargaba cajas. Recorría el barrio Don Bosco, los boliches de almacén de antes, y llegaba hasta La Casa de las Galletitas en Mariano Moreno. "Lunes y jueves era día de reparto. Bajaba las cajas, levantaba pedidos, fiaba", aseguró. Por esos años, su hijo Ricardo la ayudaba con el transporte.
"Me conocían todos", dijo con alegría. Don Álido, de los almacenes históricos de la ciudad, un día la vio descargar y le dijo: "Harían falta muchas Mariella en esta Argentina". La frase le quedó grabada. Porque ella no solo vendía. Anotaba, charlaba, cobraba de a $20, $50, $100. Era parte del tejido comercial de la ciudad. "Mi mamá me decía que tendría que haber sido varón para mi papá", recordó entre risas. Aun así, supo demostrar con creces que una mujer podía sostener una empresa familiar con la misma fuerza.
Nueve años en Italia
En 1998 viajó a Italia por el casamiento de su sobrina Alicia, farmacéutica. En ese viaje una amiga de Parma la convenció de comprar un departamento en Roncole Verdi. Se lo dieron a sola firma, a 10 años. "Me lo sirvieron en bandeja", admitió. En 1999 hizo la mudanza. Vivió casi 9 años en su pueblo natal. Todos los años volvía dos meses a Zapala para estar con los hijos y nietos. En 2006 regresó definitivamente. En 2008 vendió el departamento. "Ya no queda nadie de mi pueblo de entonces. Los pocos están en el geriátrico", aseguró con nostalgia.
En otro tamo del repaso su historia personal remarcó que su vínculo con la Sociedad Italiana de Zapala tiene más de 70 años. Se acercó a los 16, en 1951, cuando se estaban retomando los pilares de la institución. "Dijeron: vamos a darle vida de nuevo a la Sociedad Italiana y pensé por fin voy a estar con italianos", expresó Mariella. Ya en el año 1954, cuando se casó, la Sociedad le hizo la despedida de soltera. Su padre Ángel fue presidente. A ella la nombraron tesorera. Guarda fotos, diplomas y álbumes, que exhibe altiva y orgullosa. Un dato distintivo fue que siempre se destacó en la colectividad y en la comunidad misma por ser una mujer de muy buen porte, de increíble belleza y por sobre todas las cosas muy elegante.
Hoy Mariella tiene 3 hijos (Adriana, Ricardo y Jorge), 5 nietos y 6 bisnietos. Muchos de ellos profesionales: médicos, maestros, comerciantes. Descendencia que sigue haciendo patria en Argentina, pero sin soltar la raíz.
70 años en la Sociedad Italiana
Mariela llegó, formó su familia, sembró una descendencia y dejó su marca en cada negocio y en cada rincón de Zapala. Hoy pide lo mismo que piden todos los italianos que hicieron patria en la Patagonia neuquina: "Que no se pierda la ascendencia italiana en Zapala. Que sigan las tradiciones de nuestro país. Que se mantenga vivo ese espíritu laborioso y emprendedor de la comunidad italiana", enfatizó con amor y devoción.
Después de la guerra, del trabajo, de los viajes y del comercio, Mariela Gambazza es parte de la historia viva de Zapala. Una mujer que cruzó el océano dos veces y en cada lugar dejó trabajo, familia y memoria.
La casa que fue refugio
Conocida por todos como la Sociedad Italiana de Zapala, la emblemática esquina de Italia y Elordi cumplió 100 años. En la pasada noche del viernes 26 de junio, el Cine Teatro Municipal fue sede de la "Gala Conmemorativa" para celebrar un siglo de historia zapalina.
Fundada oficialmente en la década de 1920, nació como espacio de contención y ayuda mutua para decenas de familias italianas, especialmente de Calabria y Cosenza, que llegaron a la Patagonia tras las guerras mundiales junto con la expansión del ferrocarril. Fue su casa lejos de casa.
En la gala se presentaron cuatro espectáculos: la Banda de Música de Guarnición Militar Zapala, la Compañía de Danzas Folklóricas, Jonathan Pelliza y Estirpe Rock & Blues. Fue una noche para los recuerdos, las vivencias y los festejos.
Si hoy la Sociedad Italiana llegó a sus 100 años, mucho tiene que ver el resurgimiento que impulsó el padre de Mariella en sus inicios. Junto a ella y a toda la gente que vino después, esa casa histórica se transformó en refugio. Refugio para la cultura, para el idioma, para no perder el vínculo con el país natal. Pero también para reforzar el lazo con la comunidad argentina y con Zapala.
La actual comisión, presidida por Cecilia Gaitán y con Marta Guaglianone como secretaria, está llevando adelante importantes obras de remodelación en el edificio. En la oportunidad de la celebración, la Sociedad Italiana agradeció a la Municipalidad de Zapala, a la Cooperativa de Energía Eléctrica, a la familia Groppa y a Julián García por el acompañamiento permanente.
El 27 de junio de 1926 nacía una institución. Hoy celebraron 100 años de solidaridad, cultura y pertenencia.
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