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Neuquinos y "cazadores" de auroras boreales

Desde que se conocieron, hace 21 años, Adriana y Omar soñaron con una excursión al Polo Norte para experimentar este fenómeno natural único. Y lo hicieron.

Por Paula Bistagnino - Especial

La primera vez que Omar Sandoval supo que había algo que se llamaba aurora boreal fue en una foto que vio cuando era chico. Imposible saber cuántos años tenía, porque no había internet entonces y lo más probable es que haya sido en algún libro o revista. Quedó impactado y no se lo olvidó más. Adriana Amez tampoco se acuerda en detalle, pero fue en sus años de formación como maestra cuando conoció más de este fenómeno. Ella como maestra ya sabía dónde estaban y qué eran y soñaba con conocerlas algún día.

Así que cuando se conocieron, hace 21 años, la fantasía en común de ahorrar para viajar pronto encontró uno de sus destinos. No era el único, pero sí el más idealizado, el más caro, el más lejano, el más extraño y, por todo eso, el más imposible. “Desde que empezamos a soñarlo fue muy claro”, recuerda Omar. Algunos años después de conocerse, vieron una película llamada Desafío al tiempo, protagonizada por Dennis Quaid y situada en el norte de Canadá, con imágenes de las auroras boreales. Fue el disparador del viaje, de no detenerse hasta poder realizarlo.

Pasaron muchos años hasta que pudieron comenzar a ahorrar dinero para empezar a viajar. Omar, dueño de una pequeña Pyme del rubro gráfico, y Adriana, docente -ahora ya jubilada-, se enfocaron en su meta y casi dejaron de salir para realizar su viaje: “Todo lo que juntábamos era para irnos a conocer algún lugar y nos llevaba todo un año hacerlo”. Así fue que llegó el momento de su primer viaje, que fue otro destino muy soñado por los dos, pero también una entrada en calor para el gran viaje: se fueron a Perú, a conocer las ruinas de Machu Picchu y sobrevolar las líneas de Nazca. “Fue espectacular la sensación del sueño cumplido. Estar al fin en un lugar que imaginaste tanto tiempo… Es una sensación difícil de contar. Es maravilloso. Ahí confirmamos que si había algo para lo que queríamos vivir y trabajar, era para viajar”, dice Adriana.

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Dos neuquinos en el Polo Norte

Adriana en realidad nació en Mones Cazón, provincia de Buenos Aires, pero lleva más de la mitad de su vida en Neuquén. Omar sí es neuquino nacido y criado. Ella tiene 55 años y él, 44, y se conocieron por una pasión en común. Omar, dedicado a la música como su profesión elegida, estaba formando en 1999 su primera banda de blues. Fue así que buscando vocalista conoció a Adriana, quien desde siempre había incursionado en el canto. A los pocos meses empezaron a salir, y menos de un año después, ya estaban casados: el domingo festejaron dos décadas de matrimonio. Las festejaron en Neuquén, después de haber podido regresar justo antes de que todas las fronteras se cerraran y que el COVID-19 se declarara pandemia mundial a fines de febrero; y después de cerrar su tercera excursión en busca de auroras boreales, una aventura que pocas personas han emprendido en su vida.

Hasta concretarlo pasaron muchos años, por circunstancias de la vida, pero sobre todo por lo que cuesta un viaje al Polo Norte. “Nosotros siempre tuvimos una posición económica media y desde que nos conocimos soñamos con esto, pero nos costó mucho tiempo poder empezar a viajar. Sabíamos que era lo que queríamos y no tuvimos duda en sacrificar salidas o vacaciones para llegar a esto”, dice Omar. Y Adriana agrega: “Acá no salimos ni a la esquina. Creo que si vamos al centro, somos casi extranjeros, no nos conoce nadie”.

Pero además de reunir el dinero, se convirtieron en estudiosos: “Habíamos visto muchísimas imágenes, documentales, y habíamos leído artículos. Sabíamos todo acerca de cómo se producen las auroras y por qué se dan ahí en el Polo y no en otros lugares”, dice Omar, y explica: “Las partículas de las explosiones solares al mezclarse con los gases de la atmósfera provocan esos colores, ese efecto visual que es como un manto luminoso de unos colores increíbles que serpentea en el cielo…”. Con los años, se volvieron aficionados a la astrofotografía y a la astronomía.

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La explicación científica dice que la Tierra está protegida de la energía solar por el campo magnético y solo algunas partículas solares logran ingresar por los polos. Pueden tener una gran variedad de colores, pero prevalecen los verdes, rojos y naranjas. También hay en el Polo Sur, pero no se ven como en el Norte: “Sabíamos todo, pero lo que no sabíamos era qué se siente al verlas. ¿Qué se siente al ver algo maravilloso? ¿Qué se siente estar debajo de esa luz gigantesca que se mueve silenciosamente y que te envuelve en una noche clara? Fuimos en busca de eso”.

El primer viaje al frío de Noruega fue en febrero de 2018. Todo el viaje lo hicieron por su cuenta: sacaron los pasajes para llegar vía Madrid a Tromsø, considerada la capital del norte de Noruega, y alquilaron un vehículo: “Si bien las auroras se ven en la ciudad, cuanto más te alejás de las luces, como pasa con las estrellas, mejor se ve. Incluso se ven en Oslo, la capital del país, pero es incomparable”, explica Adriana, que es la estudiosa de los detalles y un poco del contenido del viaje, mientras que Omar es el encargado de la logística.

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La gran pregunta era el idioma: cómo iban a manejarse, no sólo en la comunicación con las personas sino en las rutas o en los lugares más desolados: “Son muchas las cosas en un viaje que te pueden complicar y todo lo que teníamos para defendernos era mi inglés, pero no sabíamos si allá alcanzaba”. Y también había una gran pregunta: sabían que estaban yendo a un lugar mágico y único, pero no sabían cómo iba a ser la vida allí y la gente; como sea, tanto por el idioma como por la cultura, la única manera de saberlo era yendo.

Las dificultades del idioma las sortearon fácilmente, porque muchos hablan inglés pero sobre todo porque la segunda inquietud los sorprendió gratamente: “La gente es muy amable y todo funciona: servicios, tráfico, todo es automatizado. La cultura noruega es la de ser muy atentos con los turistas: te atienden como si fueras su huésped personal en cualquier tienda a la que vas. Son súper agradecidos de que vayas como turista. Tiene cero tasa de estrés, creo que un 2 % de delito, casi no hay Policía en las calles, no se toca bocina. Al norte, ahí donde se ven las auroras, es como una aldea de cuento”, cuentan fascinados los dos.

Los recuerdos de la primera noche se cruzan por las muchas otras en las que volvieron a vivir esto. Pero la sensación es inolvidable, y no se compara con nada más. “No hay manera de explicar lo que se siente. Cuando me preguntan, yo digo que tendría que trasplantarles mis ojos para que puedan verlo y vivirlo, porque es único y solo lo sentís si lo vivís”, dice Omar y, a pesar de que lo cuenta por teléfono, se puede adivinar la sonrisa en la cara. “Te dan ganas de llorar… Es como una emoción que sentís de golpe, se te pone la piel de gallina, y estás en ese estado un rato largo. Es muy mágico”, dice Adriana.

En febrero de 2019 volvieron en busca de las auroras boreales, pero esta vez el destino fue Islandia, el país cuya isla está llena de volcanes, cascadas y glaciares; con un manto maravilloso de una belleza única, pero con un clima por momentos salvaje y peligroso. Además, allí está el glaciar más grande de Europa, Vatnajökull, otro lugar que querían conocer. “Alquilamos una 4x4, el vehículo que es apto para andar allá, y recorrimos media isla, que son casi más de 3000 km”. Allí también vieron las auroras boreales, pero esta vez con muy poca intensidad. Es que nunca se sabe si se las podrá ver o no, pese que hay apps para dispositivos móviles que dicen el “KP” -la intensidad visual de las auroras-, nunca es seguro en qué momento preciso se verán.

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Fue entonces que se decidieron a ir por más. En 2020 no solo decidieron volver al norte de Noruega, a su amado Tromsø, sino que esta vez sería un poco más lejos: llegar al Polo Norte en los archipiélagos noruegos de Svalbard, lugar al que no pudieron llegar la primera vez y donde hay más osos polares que personas. Lograron llegar hasta una isla que está a 78 grados norte, también en el círculo polar ártico: en la ciudad de Longyearbyen. Hasta allí solo se llega en avión en vuelo de la Cía. Aérea Sas o Norwegian. La temperatura allí puede llegar hasta los menos 40 grados. “Caminás una cuadra y se te escarchan las pestañas y el pelo, la campera se te congela y queda dura y empezás a sentir que te endurecés. Se te cierra el pecho. Si te cae agua de la nariz, se congela y hasta se te puede congelar adentro de la nariz. Es muy inhóspito y a la vez es muy hermoso”, cuentan. En esa ciudad, apenas se puede salir de las cuatro cuadras urbanizadas: más allá, solo se puede ir armado, porque es muy probable que aparezcan osos polares. No es por gusto que eligen esa época, aunque les encanta el frío: es que en verano no se ven las auroras boreales, porque se da el fenómeno de “sol de medianoche”, que es cuando hay 24 horas de día. Ahí, en esa isla, a 130 metros de profundidad debajo de una montaña, está el Banco Mundial de Semillas, donde se preservan semillas de todas las especies del mundo por si algún día hubiera una catástrofe.

“En este viaje fue todavía más impresionante. Por las condiciones, por la ciudad, por estar en el Polo Norte. Es como que te encontrás con unas sensaciones que no experimentás en otros lugares”, dice Adriana. La vida diaria allí no solo consiste estar encerrados en la cabaña viendo la naturaleza por la ventana y cocinar: “En la ciudad hay de todo, desde museos hasta bares y restaurantes. Muchas excursiones. Pero en los lugares más chicos es salir a caminar y no mucho más. Es muy loco, porque a las 10 de la mañana recién sale el sol y a las 3 de la tarde es de noche. Y en diciembre y enero es todavía más cerrado: es la noche polar. Uno no puede sentirse ahí como en cualquier otro lugar. Te pasan muchas cosas por la cabeza”.

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En el viaje del que acaban de regresar estuvieron en la isla de Senja, cerca de Tromsø en el norte de Noruega. Otra vez con el auto en ferries, llegaron hasta uno de los “campings”: en realidad son predios con cabañas y lugar para ir con casas rodantes o tráilers. Muchas familias tienen allí su tráiler instalado y van los fines de semana: “Hay una pista de esquí y un lago, que en esta fecha está siempre congelado”.

“Nunca nos atrajeron los lugares conocidos de renombre en el mundo, como París o Venecia, que claro que son lugares hermosos. No hay duda de eso, pero no está en nuestros objetivos. Nos encanta el frío y también la naturaleza y llegar hasta lugares donde pocos van”, cuentan.

Todos sus viajes están en su canal de YouTube, donde van subiendo videos e información. Y dan consejos para quienes, como ellos, quieren ir detrás de las auroras.

Cuando ellos empezaron a planearlo, casi no había personas que lo hubiesen hecho por su cuenta ni era fácil encontrar información. Por eso están siempre a disposición y les llegan muchísimos mensajes: “Nos encanta ayudar a otros a realizar un viaje que parece imposible, pero no lo es”.

Además de la información, llevan consigo su mensaje: “Cuando pasan los años, llega una edad en la que te vas dando cuenta que lo material no sirve y que vivir y disfrutar es lo más maravilloso que te puede pasar. Porque no sabés cuándo no estás más. Entonces, si te vas a llevar algo de este mundo, que sea belleza”, dice Omar, que ya sabe que habrá una cuarta excursión a la caza de las auroras boreales cuando la alerta y parálisis por la pandemia del COVID-19 lo permita: Yellowknife, en el norte de Canadá, donde Dennis Quaid desafiaba al tiempo.

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