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"El sentimiento de Malvinas debe ser todos los días"

Vive en Zapala y nació en Capitán Solari. Allí es considerado un Héroe de Malvinas y en 2015 le pusieron su nombre a una calle del pueblo.

Por Fabián Cares - Especial

Hay huellas que se transitan en la vida que dejan una marca eterna. Sentimientos de patriotismo embargados de juventud y coraje. Experiencias duras que quedan atesoradas en el alma y en el corazón y que siempre vuelven en torbellinos de recuerdos de una guerra que aún nos duele. Así es la vida del ex combatiente de Malvinas Oscar Fernández. Un hombre sencillo y de pocas palabras pero de sobrado valor, que fusil en mano no dudó en defender aquel frío y lejano suelo patrio. Tenía 19 años.

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“Nosotros somos los vivientes, los verdaderos héroes quedaron allá”, asegura este veterano de aquel conflicto bélico que marcó nuestra historia como país. Hoy lo escuchamos contar su historia. Por un momento se puede imaginar en él a aquel muchacho de 19 años que fue a las Islas a defender a la patria. Imaginar que ese muchacho, como tantos otros, le puso el cuerpo al combate y entre detonaciones y explosiones propias y ajenas se convirtió en un bravo guerrero que entregó hasta el último jirón de esfuerzo para mantener la soberanía de aquellas lejanías. La historia final fue otra, pero él tiene marcada a fuego esas luchas y hoy es un fiel exponente de aquella cruda experiencia que atravesó la vida de muchos jóvenes argentinos.

En la línea de fuego

Oscar Fernández fue el “benjamín” de 11 hermanos. Desde muy pequeño trabajó en las faenas del campo y también en la construcción, fabricó muebles y realizó “changas” en el municipio de su pueblo. “Antes, aunque fueras chico, igual se trabajaba y se ayudaba en la casa”, comentó. Cuando estaba en época de hacer el servicio militar ingresó al Ejército y luego de hacer un cursillo se recibió con el grado de Cabo apenas un año antes que se desatara el conflicto bélico en el Atlántico Sur.

Fernández relata que su primera posición de combate fue en el Monte Kent, donde recibieron un incansable fuego aéreo. Su derrotero por el continente había empezado apenas unos días después de aquel recordado 2 de abril desde el Regimiento de Infantería 12 de Mercedes (Corrientes). “Iniciamos una marcha como escalón adelantado en tren hasta Río Colorado y luego una marcha motorizada hasta Comodoro Rivadavia”, recuerda. La misión del regimiento era apostarse en Caleta Olivia para proteger sus costas. Luego recibieron la orden de movilizarse a otro destino, ubicado a unos 800km. En plena marcha los ponen en alerta de que la realidad de la guerra los necesitaba en Malvinas y hasta allí se fueron a escribir su propia historia: “Llegamos de noche a Puerto Argentino, acampamos en sus inmediaciones y ya comenzamos a sentir la hostilidad del combate y el frío hasta los huesos que comenzamos a padecer. Con lo que teníamos intentamos dormir a la intemperie en un vivac”.

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Fernández recuerda que se movilizaron luego en camiones a punta de camino en el Monte Challenger, tras lo cual fueron helitransportados a Monte Kent en la Compañía B. Parte de la misión cumplida fue brindarle custodia en una hondonada a un cuerpo de helicópteros. Tras algunos combates registrados en el lugar, son replegados a Monte Harrier como refuerzo de la primera línea del Regimiento 4 de Monte Caseros. “Llegamos en pleno combate de artillería con unas pocas cosas. Una manta y un paño de carpa y la bolsa de rancho ya la utilizábamos para transportar municiones”, rememora. Cuenta que le brindaron custodia hasta que pudieron a una flota de vehículos. “Cada noche de combate parecía de día por la intensa iluminación de las bengalas y las municiones trazantes que atravesaban el cielo”, relata. El último combate recuerda que fue en la noche del 11 y en la madrugada del 12 de junio de aquel histórico y sangriento 1982. Tras presentar heroica batalla contra las fuerzas británicas, se produce la rendición con honores tras ser derrotados por la superioridad numérica y de fuego. Fernández cuenta que fueron tomados prisioneros y llevados a un puesto donde “para no sentir tanto frío dábamos vueltas en círculos. Tanto lo hicimos que quedó un pozo en esa tierra helada”. “Al día siguiente nos llevan en helicóptero y nos encierran en un corral de ovejas hasta que finalmente nos embarcan en el buque Canberra y nos llevan hasta Puerto Madryn, y desde ahí hasta Buenos Aires. La guerra había terminado”, recuerda con emoción.

Atrás quedaban largas noches de disparos con su FAL, cambio de posiciones, custodias al parque automotor, miles de odiseas para superar el frío y el hambre que los castigó duramente. También le tocó ver morir camaradas al lado suyo y tener la sagrada responsabilidad de trasladarlos a un mejor lugar. “En cierta ocasión tuvimos que improvisar unas camillas con los fusiles y chaquetillas para trasladar los cuerpos hasta un puesto de socorro”, dice. El resultado final de la incursión en la guerra para su regimiento fue de 35 bajas y más de 74 heridos.

Su familia, el gran refugio de sus recuerdos de guerra

Apenas un año después de regresar de Malvinas pudo encontrar el amor en su vida y poder refugiar en su compañera los duros recuerdos de una guerra vivida, y la indiferencia que por años acompañó a los ex combatientes. Desde aquel 1983 construyeron el camino de una familia con Norma Itatí Salas y cinco hijos nacieron de esa unión. Rubén, Federico, Sergio Nicolás, Carlos Daniel y Amada Ayelén son los herederos de un hombre que supo dejar jirones de argentinidad y valor en demasía en la tierra malvinera.

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