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"No queríamos venganza, sino que pagaran por lo que hicieron"

Lo dijo Amelia Tapia, esposa del médico Manuel Farías Rojas, en una charla exclusiva con LMN sobre el crimen que rompió con códigos sociales esenciales.

Amelia Tapia fue la compañera, colega, esposa y mamá de los cuatro hijos que tuvieron con Manuel Farías Rojas, el médico que fue asesinado el 2 de junio de 2011 en la posta de salud del barrio Aeroparque de Cutral Co. Los autores fueron dos adolescentes, de 14 y 16 años, que no terminaron presos por el crimen, pero sus vidas permanecieron asociadas al delito y en la actualidad están en la cárcel por violentos robos armados.

El crimen no sólo acabó con la vida del Farías Rojas, sino que además rompió códigos sociales implícitos: a los médicos y maestros no se lo tocaba en las barriadas complicadas. Pero a partir de ese hecho todo cambio.

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Dos tucumanos enamorados de la salud pública

Amelia y Manuel son oriundos de Tucumán. En el jardín de la República, los jóvenes, en ese entonces, ni siquiera se cruzaron de casualidad. Terminada la educación secundaria, ambos partieron a Jujuy para estudiar medicina. Fue en las aulas y pasillos de la facultad que sus existencias cobraron sentido. A ellos no los unió solo la química, sino también la pasión por la salud pública.

“Durante la residencia de Jujuy estaba la posibilidad de tomar cargos, pero hubo un cambio político en la provincia y los cargos se abrieron a concurso nacional y nosotros solo teníamos como experiencia la residencia de médicos generalistas”, recordó Amelia.

La posibilidad de estar dentro del sistema público de salud se les escapaba como agua entre los dedos.“Nos podríamos haber quedado trabajando en el sistema privado, en alguna clínica, pero nosotros siempre apostamos a la salud pública”, detalló la médica.

En unas jornadas, les dieron el dato de que en Río Negro estaban buscando médicos generalistas y tardaron más en hacer las maletas que en tomar la decisión de cruzar el país para trabajar en San Carlos de Bariloche.

“A mí me costó mucho Bariloche. Veníamos de una provincia cálida y acá hacía mucho frío, lluvia, nieve, días y semanas sin sol, pero de todas formas estábamos contentos porque estábamos trabajando en el sistema público”, recordó Amelia.

La cercanía con Neuquén y los vínculos entre colegas les trajo la posibilidad de cruzar el río Limay e instalarse en Picún Leufú. “Primero le ofrecieron un cargo a él en Las Ovejas y dijimos que éramos un paquete, los dos o nada”, sonríe.

Y ahí apareció Picún Leufú, donde trabajaron a partir de 1993. En 1995 surgió la posibilidad de desembarcar en Cutral Co y ya se establecieron en la comarca petrolera, donde trabajaron en los centros asistenciales, siempre cerca de la gente y con proyectos vinculados a mejor la calidad en la atención.

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El tiro final

La vida en la comarca era sencilla. “Él se solía ir en la bicicleta hasta la posta del barrio Aeroparque y me dejaba el auto por las dudas de que tuviera que hacer algo con los chicos”, recordó esos bellos días en los que criaban a sus cuatro hijos.

Ambos se imaginaban jubilados y de regreso en Jujuy, donde tienen muchos amigos de la época universitaria. Pero todo se truncó el 2 de junio de 2011 a las 14:30, cuando asesinaron a Manuel.

“Hasta la comunidad se dio cuenta de que se había roto un código con el crimen de Manuel. A nivel nacional, creo que fue el primer médico que mataron en su lugar de trabajo. Fue impresionante la solidaridad y apoyo que recibimos porque antes a las personas de salud y educación en los barrios se las respetaba, pero eso se quebró”, sinceró la doctora.

Al adolescente de 14 años, Ivan “Chucky” Barría, no se le siguió causa alguna porque era inimputable. Pero a Christian Andrés “Carnaza” Molina, que tenía 16, se lo persiguió penalmente y asumió la responsabilidad del crimen. Como era menor, quedó bajo la órbita de Libertad Asistida.

“Me enteré que nunca hizo el tratamiento o lo hizo en parte. Yo no quería venganza para los asesinos, sino que se hicieran cargo y pagaran. No estuve de acuerdo con que no le dieran una pena cuando cumplió los 18, pero la abogada querellante que tenía se manejó con poca claridad y encima yo no entendía mucho. Cuando me enteré que quedó libre, me quedó un sabor amargo porque no hubo castigo. A la vista está que tampoco sirvió el programa de Libertad Asistida porque ahora está preso”, manifestó.

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Las intrigas del móvil

Sobre las intrigas que existen en torno al móvil del crimen, Amelia sostiene que “se dijeron muchas cosas que lo único que hicieron fue ensuciar el buen nombre de Manuel. Se dio a entender que como no le habían robado nada había sido un ajuste de cuentas. A mí me quedó en claro, en el juicio abreviado que se le hizo a Molina, que fue un robo que les salió mal. Molina dijo que habían ido a sacar cosas y su intención no fue matarlo. Yo tomé la palabra y le dije a la jueza que para mí quien va con un arma tiene intención de matar”.

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