Paradójico: el ruido es un enemigo silencioso

Se da en las ciudades y genera hipertensión y problemas cardíacos.

El conocimiento de las implicaciones que el ruido tiene sobre la salud de las personas ha evolucionado en los últimos años en dos sentidos. Por un lado, en cuanto a la gravedad de las enfermedades que se asocian a él, y, por otro, en cuanto a la proporción de personas afectadas.

Así, se ha pasado de relacionar el ruido casi exclusivamente con problemas auditivos o de molestias a vincularlo con infartos de miocardio o mortalidad fetal. También se sabe que afecta a cualquier habitante de una gran ciudad y no sólo a las personas que trabajaban en ambientes ruidosos, donde históricamente se manifestaban los principales inconvenientes.

Variado: No sólo afecta la audición, también genera ansiedad, depresión y obesidad.

Los efectos de la contaminación acústica antes se limitaban al desplazamiento del umbral de audición, a los acúfenos y a la pérdida de audición, y sus consecuentes trastornos del sueño, estrés, dolor de cabeza. Sin embargo, con el tiempo se comenzaron a detectar problemas cardiovasculares y otras patologías relacionadas con respuestas hormonales.

Vecinos de los aeropuertos sufren una mayor carga de ruido. Y si este queda en el centro de una ciudad, el combo se hace duro”, sostienen los especialistas.

A nivel laboral, el ruido ambiente influye en las variaciones de la presión arterial, tanto que se lo relaciona con la hipertensión e, incluso, con el riesgo de enfermedades más severas, como ictus e infartos.

En el ámbito de trabajo, este tipo de contaminación estaba relacionado con las altas intensidades sonoras y se regulaba con cortos periodos. Por tanto, el problema se circunscribía a un reducido grupo de personas. Posteriores estudios mostraron que no sólo la exposición a altas intensidades de ruido durante cortos periodos producía efectos en la salud, sino que tiempos prolongados a intensidades sonoras más bajas tenían efectos similares. De este modo, se comenzó a relacionar también con las personas que, si bien no estaban expuestas a elevados niveles sonoros, sí lo estaban durante un lapso mayor.

Se iniciaron los estudios en entornos abiertos especialmente ruidosos, como las proximidades de los aeropuertos, donde se detectaron enfermedades en los residentes similares a las que se generan en el ambiente laboral. Luego, estas investigaciones se extendieron a la totalidad de los habitantes de una ciudad y se concluyó que, en el fondo, era un problema ambiental.

De hecho, comenzó a relacionarse el ruido ambiente de tránsito, por ejemplo, con el aumento de la mortalidad en los mayores de 65 años por causas circulatorias, respiratorias e, incluso, diabetes. Un estudio hecho en Madrid detectó que los muertos anuales atribuibles al ruido son similares a los producidos por las partículas emitidas por los vehículos.

Pero no sólo involucra a los mayores: también se estudió el impacto relacionado con el parto, como el aumento de prematuros, bajo peso al nacer e incluso mortalidad fetal. Además, se constató la incidencia del ruido en el ingreso a las guardias de los hospitales, como también con la ansiedad, depresión y obesidad.

La contaminación acústica evidencia una nueva dimensión de la vieja contaminación producida por los vehículos medianos y grandes, responsable del 80% del ruido en una ciudad, añadiéndose a los efectos en la salud de la contaminación química tradicional. El desconocimiento de la población sobre las implicancias del ruido en la salud es uno de los principales problemas para, precisamente, empezar a reducir los niveles de ruido.

Como dice el antiguo slogan: el silencio es salud. Y el ruido es exactamente todo lo contrario, por lo que es clave concientizarse y comenzar a cuidarse.

España lo sufre muchísimo

En España, cerca de nueve millones de personas soportan niveles medios de ruido superiores a los 65 decibeles, valor de protección a la salud marcado por la Organización Mundial de la Salud. Es todo un trastorno y un tema que preocupa a las autoridades porque los mapas acústicos de 19 ciudades españolas reflejan que el 27,7% de la población -porcentaje altísimo- soporta ruidos superiores a estos 65 decibeles permitidos.

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