Pequeña aventura para mirar a Neuquén desde Río Negro

Un periodista y una fotógrafa de LMN te muestran, en primera persona, panorámicas impensadas de la ciudad desde un lugar remoto e ignorado.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN
Para los remeros que hacen ejercicio en el Limay, en la parte oeste, casi en el límite de la ciudad, no es ninguna novedad que desde algunos morros ubicados en la costa rionegrina se ven postales maravillosas y panorámicas de toda la capital neuquina, incluso hasta las zonas más altas que tiene la ciudad.

Fue Patricia, una profesora de remo, la que me habló de aquellos paisajes hace poco más de una semana y desde entonces me quedé intrigado de cómo sería mirar a la ciudad desde la margen sur del río, algo casi imposible desde otros puntos de la costa debido a la altura, los árboles y la enorme cantidad de edificios.

Patricia me explicó que llegar al lugar era sencillo: había que subirse a una canoa, saliendo desde la calle Ignacio Rivas al fondo, cruzar el Limay, que a esa altura se muestra ancho y caudaloso, llegar a un gran cañadón construido por los años y el capricho de las lluvias y subir a un enorme morro empinado de cerca de 30 metros, el punto más alto de una pequeña cordillera a escala. "De ahí se ve toda la ciudad; si querés te llevo", prometió.

Después de meditar la propuesta y poner en la balanza el esfuerzo que significaba aquel desafío y la posibilidad de aquella postal que casi nadie jamás vio, decidí aceptar el reto, por lo que el jueves fui a esa parte de la costa junto a María Isabel Sánchez, fotógrafa del diario, para emprender la aventura.

En el lugar nos esperaba la entusiasmada profesora y Rodolfo y Martín, dos voluntarios que nos ayudarían a cruzar en un par de kayaks dobles. Patricia supervisaría todo desde atrás, con un bote unipersonal.

6 kilómetros hay desde el morro visitado hasta la Plaza de las Banderas.

Después de un curso de cinco minutos sobre cómo colocar los remos y comportarse arriba de la embarcación para evitar accidentes y papelones, arrancamos la travesía bajo un sol pleno y abrasador en un escenario increíble. A esa altura, el Limay tiene una correntada potente y el agua es tan cristalina que permite ver el fondo en los lugares más bajos.

Después de unos 20 minutos de remo contra la corriente, llegamos hasta una suerte de laguna formada por una pequeña isla que encierra un brazo del río. Se trata de una amplia pileta de agua tranquila que no tiene más de un metro de profundidad y alberga en la costa pequeños grupos de garzas blancas y biguás que se mantienen impávidos pese a nuestra presencia. El lecho del río está tapizado de conchillas blancas que relucen con los rayos del sol y de revoltosas colonias de crustáceos y alevinos que reflejan la enorme riqueza ictícola que hay en aquellas aguas.

Patricia nos explicó que nos llevó hasta este punto precisamente para ver la belleza del lado rionegrino que, a diferencia del neuquino, casi no tiene costa debido a las bardas empinadas que marcan el límite con el agua.

Después de tomar aire y descansar los brazos, dimos la vuelta, siempre pegados a la margen sur, para llegar a la altura del morro más alto, donde dejamos los botes. Se trata de una formación rojiza, seca y desgranada que se encuentra al lado de un enorme cañadón y que permite, en uno de sus laterales, emprender una escalada empinada, lenta y dificultosa.

Después de varios minutos -con algunos descansos para apreciar de cerca aquel lugar inhóspito- finalmente llegamos a la cima para contemplar el paisaje del que tanto habían hablado los remeros.

La ciudad de Neuquén aparecía imponente frente a nuestros ojos, sembrada de edificios y construcciones, desafiante con su crecimiento incansable. Impactante.

María Isabel tomó todas las imágenes posibles con su cámara. Luego lo hizo con el teléfono celular, buscando alguna panorámica más completa, frente al silencio del resto por aquellas vistas tan lindas como originales.

Luego los remeros hablaron de la enorme riqueza paleontológica y antropológica que hay entre aquellas bardas rodeadas de morros y peñones. Contaron entusiasmados que recorriendo un poco la geografía, se pueden apreciar a flor de tierra restos fósiles de millones de años y vestigios de comunidades aborígenes que alguna vez poblaron la zona.

Recobramos fuerzas y emprendimos el regreso, cortando la correntada de soslayo y hacia el norte. Atrás quedaba la costa sin costa, la laguna de agua lenta y transparente, las garzas blancas y los biguás, el cañadón labrado por la lluvia y el enorme morro rojizo.

Atrás quedaba un lugar remoto e ignorado. Un punto en la franja limítrofe. Un pequeño balcón que regala imágenes inéditas de una ciudad que, por más conocida que sea, no está acostumbrada a que la miren desde el río.

Mucha riqueza
Un lugar único

La gran mayoría de la margen sur del Limay, en territorio rionegrino, está virgen, sin ningún tipo de desarrollo. Se trata de una zona árida y casi desértica, pero con hermosos paisajes cercanos al río. Los especialistas consideran toda esa franja como una reserva paleontológica única en la región.

Fuente:

¿Qué te pareció esta noticia?

Noticias Relacionadas

Deja tu comentario

Lo Más Leído