Por su miopía, Noelia López usó lentes de contacto por más de diez años. Nadie le advirtió que una simple ducha con los lentes puestos le podía salir tan cara, tanto que la llevaría a recibir un trasplante de córnea y a perder la visión en el ojo derecho. Hoy, mientras espera una nueva cirugía que le haga recuperar parte de la vista, la joven busca que su experiencia sirva de aprendizaje para que todos se cuiden de los parásitos que alberga el agua corriente de la región.

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Noelia es abogada y tiene 28 años. Comenzó a usar anteojos de descanso durante sus años de secundaria. Con el paso del tiempo, su miopía se acrecentó y la llevó a dejar las gafas para usar lentes de contacto con 3 puntos de aumento. "Nunca nadie me dio demasiadas advertencias de los cuidados que tenía que tener, y los usé por diez años sin problemas", relata.

La joven no sabía que no debía bañarse, lavarse la cara ni nadar en una pileta con los lentes puestos. Después de una ducha, comenzó a sentir una molestia en un ojo y decidió acudir a una guardia oftalmológica, donde consideraron que podía tener una irritación a causa del uso de estos elementos.

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El dolor siguió hasta ser cada vez menos tolerable. Los oftalmólogos pensaron que tenía un herpes y le indicaron un tratamiento, pero Noelia ya sentía una especie de cuchillo caliente que le pinchaba la retina. "Cuando mi médica vio que no evolucionaba por el tratamiento del herpes, me derivó automáticamente a Buenos Aires, porque los laboratorios de acá no hacen los estudios para detectar la presencia de este bicho", señaló.

El diagnóstico comprobó las sospechas de que Noelia había sufrido un caso rarísimo: el parásito acathamoeba, una ameba presente en el agua corriente, se había pegado al tejido blando de uno de los lentes y le había afectado la córnea derecha. Fue entonces cuando comenzó un año tortuoso de tratamientos y cirugías que se llevaron consigo la visión de uno de sus ojos.

Durante cuatro meses, la abogada neuquina tuvo que colocarse fuertes químicos en el ojo en forma de gotitas que se aplicaba cada dos horas. La administración de la dosis era tan estricta que no podía dormir más de una hora y cincuenta minutos, porque estaba presa de ese fluido que se asemejaba a un cloro de piscina.

"Sentía unos dolores de cabeza tan fuertes, una molestia tan grande que me quería sacar el ojo con una cuchara", recordó la joven. La vida, de pronto, se paralizó. Noelia cumplía a duras penas con su trabajo como abogada y mediadora, pero el dolor era tal que se quedaba noches enteras despierta en la cocina aplicándose frío y desistía de alzar a su hijo de un año y medio. "No sabía cómo me iba a levantar al otro día, si iba a poder aguantar o no", señaló.

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Los médicos ya le habían advertido lo que tenía que hacer: si sentía, de pronto, un dolor punzante y el ojo empezaba a lagrimear, debía cubrirlo e ir de inmediato a la guardia para tratar una perforación en la córnea. Cuando eso pasó, Noelia estaba en Buenos Aires, y quedó en un lugar prioritario del listado del Incucai para recibir un trasplante.

"La donación llegó cinco días después y recibí mi trasplante. Solo cuando me sacaron la córnea infectada tuve un poco de alivio para tanto dolor", explicó. Sin embargo, las cosas no salieron tan bien como esperaba. La abogada sufrió un glaucoma y se vio afectada por una catarata, que le hizo perder por completo la visión del ojo derecho.

"Ahora solo veo luces y sombras. Tengo que esperar que se termine el tratamiento del glaucoma para tratar la catarata y someterme a un nuevo trasplante de córnea para intentar recuperar algo de la visión", explicó. Los médicos no se aventuran a decirle en qué porcentaje puede recuperar la vista porque su caso es tan excepcional que no tienen referencias para hacer pronósticos.

"Durante todo este tiempo, tuve el apoyo incondicional de mi hijo y mi marido", señaló la joven, que no tardó en expresar su inmensa gratitud hacia todos los médicos que, con su diligencia, lograron salvarle el ojo derecho. Los que estuvieron ausentes, sin embargo, fueron los responsables de su obra social, que no cubrieron ningún aspecto del tratamiento.

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"Aunque las leyes me amparan y yo hice todos los reclamos, tuve que pagar por todos los tratamientos de forma particular", aseguró Noelia, que recibió apoyo financiero de su familia para cubrir "la fortuna" que le costó todo el proceso médico. "Hay tratamientos en dólares y las gotas importadas también son muy costosas", indicó.

Mientras espera una nueva intervención para marzo del año que viene, Noelia tuvo que adaptarse a ver el mundo con el ojo izquierdo. "No puedo manejar, porque no veo nada que se me cruce por el costado; a veces me mareo porque pierdo el equilibrio y tengo que tener mucho cuidado cuando cruzo la calle", relató. Sin embargo, agradece haber dejado atrás ese dolor que, según lo definió, "era diez veces más fuerte que el de un parto".

Sin ese dolor torturándole el ojo, y aun con la vista mermada, Noelia pudo vislumbrar las enseñanzas del duro año que le tocó pasar. "Aprendí a sobreponerme a la adversidad y entendí que tengo que hacer la vida lo más normal posible a pesar de todos los controles que me tocan", aseguró.

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