La pandemia de coronavirus apuró la intención de jubilarse de Silvia Pérez. Después de ejercer 40 años como directora del jardín de infantes más longevo de Neuquén, en 2021 decidió cerrar las puertas de Bambi, un espacio que albergó los sueños infantiles de dos generaciones en barrio Belgrano.
A Silvia siempre le fascinó el mundo infantil. No dudó demasiado al elegir su carrera universitaria y se formó como maestra jardinera y de primaria. El 10 de marzo de 1980, cuando los jardines de infantes aún eran espacios extraños en la ciudad, se animó a abrir Bambi, para desarrollar una tarea que considera fundamental: formar a los niños en su infancia más tierna y convertirse en la puerta para que absorban vivencias nuevas y descubran el mundo que los rodea.
La mujer abrió el espacio educativo en su propia casa, sobre calle Edelman. Nueve años después, mudó las instalaciones a un edificio propio justo enfrente. Así, la dirección pasó de Edelman 75 a Edelman 76, siempre en el barrio Belgrano.
El jardín fue anotado como el número 3 de la ciudad. Sin embargo, los primeros espacios de educación infantil cerraron antes, y Bambi se convirtió en el centro de educación inicial privado más longevo de la ciudad. Hasta que la pandemia redujo la matrícula e impuso grandes obstáculos en la tarea de enseñar.
Silvia asegura que es de la vieja escuela. “No soy nativa digital”, bromea. A pesar de eso, se adaptó al uso de las nuevas tecnologías para garantizar la educación de los niños en el marco de la pandemia de coronavirus. Y así, a través de las videollamadas, sostuvo la educación de los más chiquitos en tiempos difíciles.
“Fue muy difícil para los chicos y también para las maestras, porque no estamos acostumbrados”, explica Silvia. Y aclara que durante ese año extrañó los espacios de juegos, las clases de música y las expresiones artísticas sobre papel. También el espacio compartido con los niños de entre 2 y 5 años que habitaban sus aulas.
Las clases comenzaron en 1980 con una matrícula de 25 alumnos. Y el jardín llegó a tener 76 estudiantes en sus momentos de mayor actividad. En 2020, de los 38 chicos anotados, apenas 15 terminaron las clases por las dificultades que implicaba la educación virtual. “De todas formas terminamos el año y le dimos un cierre al ciclo”, detalla.
Lo más difícil fue la suspensión de las salidas. Desde el jardín, los chicos viajaban a descubrir otros puntos de la ciudad y de la región para empaparse del mundo exterior. Conocían la estación de piscicultura, la ciudad de los niños o los museos de bellas artes. Y así, entre cuadros famosos y casas en miniatura, se llenaban de vivencias que se quedaban impregnadas para siempre.
La falta de clases en las aulas de Bambi motivó a Silvia a apurar su jubilación. “Después de 40 años de ejercer, ya era necesario, pero lo vivo con mucha nostalgia”, afirma. Es que, con tantos años de trabajo, Silvia se había convertido en la seño de todos, y muchos la llamaban con ese nombre cuando la cruzaban por las calles del barrio.
“He tenido alumnas que vienen con sus papás de 40 años, y ellos también fueron alumnos míos”, se emociona. Y agradece que dos generaciones de la misma familia vuelvan a confiar en ella, incluso en el ámbito de la educación privada. Así, Silvia se convirtió en la seño de una familia completa, que ahora va a extrañar las aulas coloridas de su jardín.
Aunque la pandemia le dio un final agridulce a su espacio educativo, Silvia prefiere recordar la gran familia que se armó en torno a los estudiantes, con maestras que la acompañaron durante décadas para brindar educación de calidad a los más chiquitos del barrio.
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