Eliser Zapata mira a través del volante si alguien viene a visitarlo. Está acostado sobre un colchón, en donde antes había cuatro asientos. Tiene su barbijo puesto y un par de colchas por si "en la noche refresca”. Su hogar está estacionado a metros de la calle Doctor Ramón, entre Abraham Gotlip y Las Gaviotas.
El auto de un amigo pasó a ser su casa y, “como viene la cosa”, festajará sus 65 años así: en su hogar, “con motor, pero sin movimiento”. Hace más de un año que vive en esas condiciones, “de auto en auto”, pero él está tranquilo.
Se define como “un buen boxeador” por las noches, cuando recuerda la niñez en sus sueños, y está a la espera de que pase esta pandemia para volver a hacer “las changas de siempre”. "Me sorprendió lo abandonadas que están las calles", aseguró, tras contar que se enteró de la pandemia por los vecinos: "Ellos me mantienen informado de todo lo que pasa".
“A Zapata lo conocí trabajando. Ambos estábamos en una obra y es un muy buen tipo que tuvo un poco de mala suerte”, describió el “Tío Rico”, quien es amigo de Zapata, dueño de los dos autos donde este hombre de 64 años vivió y el verdulero del barrio.
Abandonó el tono burlón, que caracteriza su buena relación con los clientes, y aseguró con humildad: “Todas las noches le llevo un plato caliente a mi amigo para comer, porque si yo como, él también”.
Según cuenta el Tío -como lo llaman sus clientes- , primero Zapata vivió un tiempo en una trafic de él. Pero como algunos vecinos se empezaron a quejar, la Municipalidad cayó y retiró aquel vehículo, que estaba semi abandonado por fuera, pero era un hogar por dentro.
El verdulero se lo quiso llevar con trafic y todo a un terreno que tiene cerca del cementerio del oeste, pero se arrepintió porque allí “estaría muy solo”: "Cualquier cosa que le pase y él no nos va a poder contactar".
“Es por eso que compré este auto, le sacamos los asientos y le pusimos el colchón”, aseguró el Tío. Al ser más pequeño, los vecinos dejaron de molestarse por la presencia del vehículo medio desmantelado y “Zapata empezó a vivir tranquilo ahí”.
“El no jode a nadie, es más medio que cuida las calles”, añadió con una sonrisa, deslizando que sería incapaz de pegarle a alguien.
Desde hace un año, este hombre de 64 años vive a la vuelta de la verdulería. Si bien padece un problema de salud que le genera pérdidas temporales de espacio y tiempo, la Policía siempre lo trae a su casa. "Ya lo conocen todos".
A la espera de poder “volver a trabajar”, Zapata recorre algunos merenderos y comedores de la zona para poder agregar alguna comida más a su dieta diaria. Sus “informantes” son los vecinos, que ellos fueron los que le avisaron sobre el coronavirus y el uso de barbijo obligatorio.
Entre las culpas que le echan al estado y el amor de esta amistad, forjada en el trabajo, este par de amigos espera que el coronavirus pase pronto y Zapata pueda retomar sus changas. "Lo necesito, sino me aburro", concluyó Eliser desde la puerta de su hogar.
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