Todos lo merecíamos
Lo merecía Messi, después de tantos gritos que quedaron ahogados. Se lo merecían los más chicos como Julián, Enzo y otros tantos que ahora tienen un futuro hermoso para ser mucho más grandes de lo que ya son. Se lo merece Scaloni que en un principio no tenía el apoyo de nadie y, sin embargo, hizo un trabajo silencioso y conformó un grupo humano inmejorable, solidario, resiliente.
Y por supuesto se lo merecían millones de argentinos que no tenían una alegría colectiva semejante desde hace años. Este grupo de chicos les dio lo que otros no se lo pueden dar. Los goles, los abrazos, los cantitos hicieron olvidar a todo un pueblo –aunque sea por poco tiempo- la crisis económica que golpea a los más pobres, las miserias de la dirigencia política que parece estar más enfocada en sus disputas que en medidas que permitan el bienestar, el desarrollo de la Nación; en definitiva, una vida digna y feliz.
Argentina salió campeón del Mundo, como en el 78 de la mano de Menotti y Mario Kempes y el 86, con Bilardo y Diego. Ahora fue en una final increíblemente emocionante y también algo injusta por el inmerecido sufrimiento tras dominar cómodamente el partido durante 75 minutos. Pero el fútbol tiene estas cosas, a veces inmerecidas e inexplicables, que no tienen nada de lógica.
Fue la final soñada por el desahogo que permitió liberar angustias, gritos y también llantos. ¿Qué argentino no lloró después del penal que convirtió Gonzalo Montiel? Todos lloramos. Y seguiremos llorando.
Argentina ganó el Campeonato del Mundo. Que siga la fiesta sin fin. Todos, absolutamente todos, lo merecíamos.
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