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Una historia marcada por la guerra y el amor

Danuta participó de la resistencia polaca durante la invasión nazi y Casimiro fue oficial del Ejército. En 1948 llegaron a Neuquén.

Pablo Montanaro - montanarop@lmneuquen.com.ar

Los primeros días de agosto de 1939, Babcia Danusia Kugler (en Argentina la anotaron como Danuta María) llegó a Varsovia, Polonia, decidida a estudiar la carrera de Química en la universidad. Unas semanas antes había aprobado los últimos exámenes en el liceo y con su vestido largo había disfrutado del baile de graduación y luego de unas merecidas vacaciones. Atrás dejaba su casa en Brzezie donde vivía con sus padres; él, un talentoso pintor, y ella, una profesora de Literatura, que se ocupaban principalmente de la agricultura en estancias.

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Pero, pocos días después, la ilusión de empezar sus estudios universitarios quedaría sepultada cuando el 1° de septiembre de ese año las tropas alemanas cruzaron la frontera de Polonia, comenzando así la Segunda Guerra Mundial, uno de los conflictos bélicos más sangrientos de la humanidad que se extendería hasta 1945 con la muerte de más de 50 millones de personas de todos los continentes. Polonia fue ocupada el 6 de octubre y se convirtió en la primera víctima del poder destructivo de la Alemania nazi.

Una de las bombas que cayeron en Varsovia arrasó parte de la casa donde vivía. Como no estaba en el Ejército, debió acatar la orden de salir hacia el este con otros jóvenes. Después de hacer más de 120 kilómetros, el grupo, entre los que se encontraba Danuta, fue atrapado por los alemanes y llevados a una cárcel. Jamás se olvidará de esos días que pasó entre la suciedad y con hambre y, sobre todo, con mucho miedo por su destino. Gracias a haber estudiado alemán por obligación en la escuela, pudo convencer a un oficial para que las dejaran libres. El oficial accedió, pero solo liberó a las mujeres. Junto a una prima emprendieron el regreso en una aventura que incluyó dormir en establos, en un bosque, en casas medio quemadas y derrumbadas, y cargando la desesperación de no saber qué había pasado con su familia.

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"Toda la vida me acuerdo la maravillosa sensación de dormir abrazando el pan", recordaba Danuta.

Por esos días, la vida de Casimiro Bernaciak, de 24 años, nacido en Naleczow, un pueblo al sudeste de Varsovia, tomaría un vuelco inesperado. Casimiro, quien desde chico soñaba con conformar el cuerpo de caballería, a los 13 ingresó en el Cuerpo de Cadetes de Caballería de la ciudad de Rawicz y después cursó en la Escuela de Oficiales de Caballería en Grudziac, y era un excelente jinete de saltos hípicos, participó activamente en defensa de su patria como integrante de la división del general Kleberg, que fue la última en rendirse después de un mes de ardua lucha.

El 6 de octubre, Casimiro fue tomado por los alemanes como prisionero de guerra en la ciudad de Kock y permanecería cinco años en el campamento de Murnau, donde sobrevivió gracias a los alimentos que una vez al mes arrojaba en paracaídas la Cruz Roja Internacional. Allí, sufriendo frío, hambre y las más aberrantes humillaciones, aprovechó para estudiar idiomas como italiano, francés e inglés. El suplicio del joven que parecía no tener fin y que había quedado reducido a 35 kilos de peso terminó en abril de 1945.

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Pero un hecho lo marcaría para siempre. En la entrada principal del campamento de prisioneros, una columna de tanques de guerra americanos aniquilaba diez camiones de las SS y la Gestapo. Entre los uniformes de los alemanes muertos había directivas precisas de matar a toda la oficialidad polaca.

En 1943, Danuta se marchó a Varsovia para incorporarse a la resistencia polaca y se enroló en el Ejército Nacional, el movimiento de lucha clandestino más importante de la Europa ocupada por la Alemania nazi. “Hacíamos cosas que los alemanes no permitían, como diarios clandestinos donde se decía la verdad, teníamos radios cuyas emisiones estaban prohibidas y se hacían reuniones para los jóvenes para prepararlos para el combate. Yo hacía todas esas cosas en forma clandestina y con esto llegué al levantamiento de Varsovia”.

"Tengo la obligación de cuidar a la hermana de mi subalterno", dijo Casimiro al conocer a Danuta.

En octubre, la Gestapo arrestó a su padre y lo torturaron salvajemente. “Luego lo llevaron al campo de concentración de Mathausen e hicieron una parada en Varsovia. Yo ya había ingresado en el ejército de la resistencia y por mis contactos me enteré de que papá era transferido en un tren que pasaba por la capital. A papá, luego de torturarlo, le dieron una inyección que le hizo subir mucho la fiebre. Los alemanes temían que tuviera tifus, entonces lo dejaron en un hospital de una cárcel en Varsovia. Un polaco, Ricardo Bialous, organizó un asalto a ese hospital y liberó a 24 personas, entre ellas a mi papá. Estaba deshecho, meses después murió”, describió en un texto Danuta.

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Fue durante el Sitio de Varsovia que Danuta sintió la muerte de muy cerca: “Yo iba a casa de mi prima que había perdido una pierna y estaba protegida en un sótano. Iba para buscarle algunas cosas que ella necesitaba del primer piso de la casa. De pronto, escucho que empieza el bombardeo, saltan los vidrios, me meto en el baño. La casa empezó a moverse, se cayeron los revoques, y yo metida en la bañera. Cuando salí, la casa estaba destruida por la mitad. Así salvé mi vida. Siempre tuve suerte”.

En octubre de 1944, todas las fuerzas polacas se rindieron ante los alemanes. Miles de polacos fueron enviados como prisioneros de guerra a distintos campos en Alemania. “Nosotros quisimos liberar nuestra capital con nuestras propias manos porque los alemanas se retiraban. Las tropas rusas llegaron hasta orillas del río Vístula, ocuparon y se quedaron porque sabían que en Varsovia estábamos todos contra el comunismo. Así nos tuvieron dos meses, sin gas, sin luz, sin agua y en medio de los bombardeos de los alemanes y con aviones que destruían casa por casa. Nos rendimos porque ya no había perros, ni gatos, ni ratas para comer”. Pasó por siete campos de prisioneros de guerra, viajando siempre con 40 o 50 mujeres en vagones de ganado.

Como subteniente de la resistencia, fue llevada a un campo de prisioneros donde no sufrió torturas ni realizó trabajos forzados, pero sí pasó hambre.

Danuta describió en un texto escrito a mano, que atesoran sus hijas, esos momentos previos a la liberación. “Mis amigas, pensando que me iba a morir, me cortaban rebanaditas finitas de pan y me convidaban sus raciones para que no tenga tanta hambre. (...) Llegamos a un campamento, me tiré en una cucheta y me desperté 24 horas después. Estaba agotada. Mientras tanto, los americanos nos liberaron y nos trajeron comida. Comíamos en forma abundante, pero igual le pedimos a la comandanta que nos dé a cada una un par por miedo de que tal vez vaya a faltar al día siguiente. Toda la vida me acuerdo la maravillosa sensación de dormir abrazando el pan”.

Con la liberación, Casimiro fue condecorado con la Cruz de la Valentía y trasladado a Italia. En tanto, Danuta, fue destinada a ese país como miembro del Ejército Clandestino de Mujeres Polacas.

El azar hizo que ambos coincidieran una tarde en un club de oficiales. Alguien los presentó y cuando la joven le dijo su apellido, Casimiro recordó de inmediato que había tratado a un joven con el mismo apellido en Grajewo, una ciudad en el noreste de Polonia, donde estaba haciendo su servicio militar en el noveno pelotón. Se trataba de Andrzej, el hermano de la joven. “Tengo la obligación de cuidar a la hermana de mi subalterno”, dijo Casimiro con orgullo, y esa expresión de caballerosidad la enamoró a Danuta.

Meses después se casaron en la famosa Catedral de Loreto, Italia. Juntos supieron sobreponerse a los horrores de la guerra. En 1948 arribaron a Neuquén, con un pequeño hijo a cuestas y con la firme convicción de dejar atrás las persecuciones, los bombardeos, la muerte, los campos de prisioneros, el hambre y la miseria. Sus nombres dejaron una fuerte impronta en esta ciudad y en quienes los conocieron.

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