Zainuco, una masacre que marcó la historia neuquina

Se cumplen 100 años de la fuga de la U9 y el asesinato de 8 prófugos.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar


Neuquén.- Los ocho cadáveres fueron hallados una semana después del fusilamiento. La mayoría tenía los ojos abiertos y opacos, con una expresión de terror. Algunos estaban atados con las manos a la espalda, otros tenían los brazos en posición de defensa, como un último movimiento para evitar lo inevitable. Todos lucían andrajosos, manchados con barro de sangre y tierra. Habían quedado a la intemperie en el desolado paraje de Zainuco y serían los protagonistas de una de las masacres más resonantes de la historia de Neuquén, de la que mañana se cumplen 100 años.

Una semana antes, los infelices habían estado estudiando la posibilidad de una fuga, junto con otro grupo, que tuvo mejor suerte que ellos porque todos los que lo integraban siguieron vivos. Sobrevivir era la clave. Estaban hartos del hacinamiento que sufrían en la prisión federal de Neuquén, más conocida como U9.

Si bien la cárcel era relativamente nueva, no reunía las condiciones para albergar a semejante cantidad de presos. Los últimos que había enviado el gobierno nacional, desde La Pampa, habían agravado las condiciones inhumanas en las que vivían los casi 200 reclusos provenientes de distintas partes del país.

El escape fue tema de conversación durante un centenar de veces y la mayoría estaba de acuerdo. Restaba esperar el momento exacto para llevar adelante el plan.

El 23 de mayo de 1916, el sargento encargado de ordenar el aseo se negó a llevarlo a cabo. La protesta de un pequeño grupo se propagó por todo el penal hasta que terminó en un motín.
Aprovechando que la prisión no tenía una fuerte custodia, atacaron al puesto de guardia, mataron a uno de los centinelas, hirieron a otro y en cuestión de minutos redujeron al personal. Posteriormente tomaron el depósito de municiones, se alzaron con armas y 86 presos llegaron al arenal que rodeaba el presidio. No todos se animaron a sumarse a la fuga.

Neuquén, por aquel entonces, era un pequeño pueblo de no más de 2500 habitantes que comenzaba a dar sus primeros pasos, luego de haberse convertido en la capital de la provincia, diez años atrás. El núcleo de casas que conformaban la ciudad no tenía más de una veintena de manzanas. La prisión, igual que el cementerio, estaba alejada, perdida en la inmensidad de la barda.

Luego de un frustrado golpe a la Jefatura de Policía para buscar armas y caballos, la masa de evadidos se fue desgranando en pequeños grupos que tomaron direcciones opuestas. Algunos intentaron seguir hasta el sur, pero fueron atrapados en Río Negro. Igual suerte corrieron los que intentaron la huida hacia el norte, en pequeñas localidades donde los esperaban piquetes policiales y vecinos armados que habían sido alertados. Otros fueron entregándose con el paso de las horas.
El grupo más importante, de 18 personas y encabezado por Martín Bresler y Sixto Ruiz Díaz, tomó el camino del oeste dejando tras su paso rastros de sangre en saqueos, robos y crímenes, como el del ingeniero Adolfo Plottier y el de otro evadido que se negó a seguir con la fuga.

Antes de llegar a El Chocón, Bresler decidió seguir solo hacia San Martín de los Andes. El resto intentaría llegar a Chile cruzando la Pampa de Lonco Luán.

El 30 de mayo, luego de haber pasado la noche en un rancho en el paraje Zainuco, los evadidos fueron despertados a balazos por una pequeña partida policial que los venía siguiendo de Neuquén y que luego fue reforzada por el comisario Adalberto Staub, a cargo del operativo, con cuarenta hombres más.

El tiroteo fue intenso hasta que Ruiz Díaz, que había quedado como cabecilla del grupo, cayó muerto de un balazo en la cabeza.

Casi sin municiones, exhaustos y con su líder caído, los 15 presos decidieron que lo mejor sería entregarse. A partir de ese momento, sobrevino un desenlace tan trágico como las mismas características que tuvo el escape y se convertiría en un uno de los hechos más sangrientos de la historia policial neuquina.

Ese mismo día, la versión policial indicó que siete de los reclusos fueron enviados a Zapala y que los ocho restantes, cuando eran llevados a una laguna para hidratarse y asearse, intentaron quitarles las armas a los policías y fueron baleados en el enfrentamiento.

Sin embargo, una semana después, Félix San Martín, un vecino que tenía un campo en cercanías al paraje, relató que encontró los cadáveres de los evadidos con signos de haber sido fusilados. Todos los cuerpos tenían un disparo en la cabeza. El relato de San Martín echaba por tierra la versión de Staub y reflejaba que había sido una matanza a sangre fría.

La nueva versión fue publicada por el periodista Abel Chaneton en el diario de Neuquén, aunque siempre fue negada por el gobernador Eduardo Elordi y la cúpula policial de entonces.
Los ocho cadáveres fueron enterrados en una fosa común en el mismo lugar donde fueron encontrados por Félix San Martín y un grupo de puesteros de la zona.

Una solitaria cruz que se mantuvo con el paso del tiempo es el único mojón que recuerda aquel violento episodio.
Sólo una cruz en la inmensidad del faldeo. Una señal para abrir la puerta de la historia.

"Sublevarse los presos pretendiendo arrebatar dos carabinas cuando acababan de entregar voluntariamente todas sus armas, y luego caer todos en un espacio reducidísimo de terreno y todos con un balazo en la cabeza, a excepción de uno que presenta dos en la parte superior del tórax, es también muy singular". "El que no tenía las manos crispadas sobre el rostro, como queriendo alejar la visión pavorosa de la muerte inminente, las había cruzado sobre el pecho a manera de escudo en el supremo esfuerzo de la defensa". Félix San Martín. Vecino que encontró los cadáveres

Bresler, el que logró la libertad

Martín Bresler, de nacionalidad sudafricana y el único de los evadidos que encontró la libertad, logró cruzar a Chile pese a la intensa persecución policial. Se dice que para sobrevivir en la zona del Collón Curá mató a su caballo y se metió en el vientre para no morir congelado.
De Chile, Bresler viajó a los Estados Unidos, donde fue reclutado por el Ejército y enviado a pelear en la Primera Guerra Mundial, donde sobrevivió. Decidió volver a San Martín de los Andes, pero en la frontera fue detenido. Tenía sus facultades mentales alteradas y por ello fue enviado a un manicomio de Buenos Aires donde estuvo 20 años internado. Murió en 1942.

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