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La Mañana Messi

A 15 años del fallido debut de Messi en la Selección y su increíble premonición que se cumplió

El 17 de agosto de 2005, Messi no llegó a jugar un minuto en Argentina-Hungría. La intimidad de ese día fatal contada por un enviado especial al amistoso.

Goleadas como la que recibió Barcelona contra Bayern Munich son tsunamis que se llevan puesto todo lo que encuentran en el camino, que no distinguen razas, credos ni edades. Arrasan, simplemente. La ola para Lionel Messi todavía está pasando, el mar que se tragó a él y a su equipo todavía no se retiró y es difícil ahora contar las víctimas, más allá de la certeza de que no habrá ilesos ante un fenómeno tan violento. ¿Qué hará o qué le dejarán hacer? Barcelona le dio a Messi lo que nadie cuando tenía 13 años: esperanza y futuro. Confió en su talento, lo llevó a vivir a Cataluña junto a toda su familia, le dio la medicina que necesitaba para asegurarse que iba a crecer y que esa genética de futbolista genial que lo desbordaba podría tener un buen complemento físico, el necesario.

Sin embargo, aun siendo agradecido y habiendo vivido más de la mitad de su vida a orillas del Mediterráneo, tiene una fidelidad condicional a esas tierras. Por eso, cuando viene la mala, como esta que hoy invade al Barcelona, todos por allá se cuidan de no enlodarlo de más. Porque Messi, el rosarino que en 20 años no se molestó en aprender un poco más que un puñadito de palabras en catalán, en una ciudad en donde no se la hacen fácil a quien prefiere hablar en español, no tendrá problemas en dar las gracias y un portazo. Los catalanes lo saben y no porque con Leo hayan cosechado más fracasos que éxitos, precisamente, en los últimos 16 años. Lo saben porque sintieron sobrevolar su amenaza de que podía irse en cualquier momento las veces que se sintió ligeramente maltratado. Y lo saben, también, por la forma en que actúa con su otra parte, su lado B que en realidad es su lado A: la Argentina, su verdadero amor incondicional.

Quizá porque sienta que le será difícil vivir algún día en su país como cuando era chico, Leo se aferra a los lazos que más le permiten sostener su corazón argentino: el acento (mucho de “rosarino” y nada de “españolismo”) y jugar para la Selección. Jamás le importó que del seleccionado español lo quisieran, aun en tiempos en que de este lado del mundo no sabían quién era. Ni que su mejor amigo catalán, Cesc Fábregas, le asegurara a Hugo Tocalli en un hotel de Finlandia, después de que España venciera a la Argentina en el Mundial Sub-17 de 2003 en semifinales: “Si hoy hubiesen tenido a Leo, nos goleaban y serían los campeones”.

Messi quiso, quiere y querrá jugar para Argentina. A cualquier precio, a veces pagando carísimo. Y casi nunca acompañado por el éxito. Como el terco enamorado que no renuncia a ese amor que parece imposible, Leo va al frente y no deja dudas de que seguirá yendo (hoy Barcelona, por ejemplo, no puede decir lo mismo). Y en el contexto amargo de estas horas, puede recordar que hace 15 años cumplía su gran fantasía infantil, el sueño de su vida: jugar para Argentina. Hace 15 años, con 18 cumplidos y a poco menos de uno de haber debutado en la Primera del Barsa, Messi se ponía por primera vez la camiseta de la Selección Mayor. Fue en Budapest, ante Hungría –el mismo rival contra el que en 1977 había debutado Maradona-, en un encuentro tan esperado como insólito y fallido, donde Leo reemplazó a Lisandro López y 42 segundos después estaba saliendo de la cancha, expulsado. Pero, ¿cómo fueron las horas previas y las que siguieron a ese partido del 17 de agosto de 2005?

Messi con el hincha argentino, el único que estaba cuando llegó al Hilton de Budapest.jpg
Messi posa con el único hincha argentino en Budapest que fue a recibirlo.

Messi posa con el único hincha argentino en Budapest que fue a recibirlo.

Tres días antes, sobre el mediodía, Messi había cruzado la puerta del Hilton de Budapest donde era esperado por casi nadie. El único hincha argentino que andaba por ahí, que se había mudado a Hungría junto a su familia hacía unos años, era algo más adolescente que él y estaba más a la espera de fotografiarse con algunos de los referentes que debían llegar en cualquier momento: Crespo, Maxi Rodríguez, Roberto Ayala, Sorín, Heinze... ¿Messi? No. Era el pibe del que todos hablaban pero que nadie conocía, más allá de que unos meses antes había sido figura en el Mundial Sub-20, en el que Argentina levantó la copa. Era tímido, muy tímido. Apenas levantaba la cabeza. Sus ojos achinados se perdían en algún punto del suelo dentro de su cara todavía aniñada.

Mientras Facebook ostentaba pocas horas de vuelo en aquel mundo de agosto de 2005 y Twitter, WhatsApp e Instagram eran, todavía, una ilusión de sus creadores, internet y el e-mail eran los puntos más avanzados para cruzar el planeta en un par de segundos. En ese contexto, yo sí esperaba a Messi. Se trataba del principal atractivo de un amistoso con poco para ver, frente a una selección de tercera línea como la húngara. Me había tocado compartir vuelo desde Buenos Aires con una estrechísima delegación argentina: futbolistas, sólo viajó Germán Lux. El resto arribaría desde Europa y Lionel sería el primero. Tampoco había más periodistas aún: el grueso llegaría a la capital de Hungría sobre la fecha del partido que se iba a jugar el miércoles 17. Era, entonces, el único, y mientras el cuerpo y el cerebro se acomodaban al jet-lag, la vista recorría la mezcla histórica de la arquitectura de Budapest que se combinaba con su Danubio azul, tan austríaco como húngaro. “Buda”, de un lado del río; “Pest”, del otro. Rasgos de la Hungría imperial brutalmente cruzados con la Hungría “soviet”, daban una visión sumamente particular, aristocráticamente socialista, de la capital de una nación que hacía poco se había incorporado a la Unión Europea.

En las primeras horas del inadvertido Messi en Budapest, el interés deportivo-noticioso local estaba puesto en la ilustre visita del Real Madrid, con Zidane, Roberto Carlos, Raúl y compañía, que iba a jugar un amistoso contra el combinado “Puskás”, un equipo conformado mayormente por jugadores de la selección de Hungría, en un partido que homenajeaba a Ferenc Puskás, el más grande futbolista de la historia de ese país y que estaba internado luchando contra una neumonía y perdiendo su batalla frente a un avanzado Alzheimer. Lo recaudado en ese partido sería para ayudarlo con los tratamientos. A eso fue el Madrid, donde Puskás brilló en los dorados años 50 y 60. Al Hilton, a la acotada delegación argentina, aquella mañana habían llegado entradas de protocolo y una de ellas terminó en mis manos.

Fui a la cancha –el estadio, obviamente de nombre “Puskás”- y en el campo se lucieron los “Galácticos” ante el asombro del público. La casualidad del destino me encontró a medio metro del más galáctico entre los galácticos, Alfredo Di Stéfano, presidente honorario del Real Madrid. Sentado, con sus manos juntas y apoyadas sobre un bastón, se lo veía triste al viejo que esa tarde había visitado a Puskás pero su ex compañero y amigo ni lo registró. Con fama de gruñón, había que hablarle fuerte porque, además, estaba un poco sordo. Elegí no pedirle que me dé una nota y, en cambio, le conté que crecí en el porteño barrio de Flores, intuyendo su reacción amigable: “Ahí vivía mi madre”, dijo contento. Un buen pie para charlar un rato de fútbol, casi como buenos vecinos, hasta que le conté para qué estaba en Hungría. Ahí, su fama se hizo tangible:

-¿La Selección Argentina contra Hungría? Ya no saben que inventar -se indignó.

-Es que es unos de los últimos amistosos antes del Mundial -intenté justificar-. Y Pekerman está definiendo el plantel.

-Hungría es un desastre, casi que no tiene selección…

-Y parece que va a jugar Messi, el pibe del Barcelona...

-Ah, sí, ese chaval es bueno, va a andar…

Doble pagina interior de la revista oficial del partido con las fichas del plantel argentino (1).jpg
La revista oficial del partido ante Hungría que marcaría el increíble debut de Messi.

La revista oficial del partido ante Hungría que marcaría el increíble debut de Messi.

Entre el mediodía, cuando Lionel entró al Hilton, y esa noche, cuando se produjo el diálogo con Di Stéfano, fue el momento de entrevistar a la prometedora estrella del Barcelona, a la “bendición para el fútbol argentino”, como lo calificó Pekerman. A la mañana siguiente, mientras solo en una computadora del lobby del hotel él leía la entrevista ya publicada, le conté lo que Di Stéfano dijo de él. Los ojos chinos del “chaval” se redondearon pero, enseguida, vergonzosos, volvieron al suelo. “Dicen que era un fenómeno”, fue su comentario tímido sobre la Saeta Rubia.

Durante la entrevista, Messi se había soltado. Sonrió mucho y miró a los ojos. Recordó sus orígenes en Rosario, habló de las diferencias que notaba con la ciudad de Barcelona, las comidas que le gustaban, lo que significaba compartir vestuario con Ronaldinho, de su deseo de “conocer al Diego” que en esas horas debutaba en TV conduciendo “La Noche del 10”, y su ilusión de jugar para Argentina ratificando que nunca se le pasó por la cabeza hacerlo con España (“ellos querían pero yo no”, aclaró). Y de que se había propuesto vivir cada momento, paso a paso, sin apuros… Ahí se produjo una pregunta y repregunta que hoy, a resultado puesto, es bizarra:

-Si vas paso a paso, entonces el siguiente es debutar este miércoles en la Mayor.

Y… ahora que estamos acá, quiero jugar un rato aunque sea.

-¿Un minuto?

-Ojalá.

La ficha de Messi en la revista oficial del partido.jpg
La ficha de un juvenil Leo Messi en la revista oficial del amistoso entre Argentina y Hungría.

La ficha de un juvenil Leo Messi en la revista oficial del amistoso entre Argentina y Hungría.

El partido contra Hungría quedó en la historia porque fue el debut y porque su actuación duró apenas 42 segundos, desde que entró, tocó la primera pelota, encaró, con un manotazo se sacó de encima la marca del húngaro Vanczák que lo atosigaba. Cuando todos pensaron que el pitazo del alemán Marcus Merk era para cobrar infracción en favor de Argentina, el árbitro -odontólogo de profesión- sancionó al revés y le mostró la roja a Messi. La sensación de vacío y de mal sueño son irreproducibles. “Tenía unas ganas bárbaras de jugar y al final no jugué nada. Pero ya pasó, lo recuerdo con gracia. Es una anécdota divertida en mi carrera”, contó unos años después, ya con algunos balones de oro en su vitrina.

Pekerman tenía en la cabeza a Messi desde que habló un día con Hugo Tocalli, en 2003, cuando era el DT del seleccionado juvenil y José estaba al frente de la secretaría técnica del Leganés español. A pedido de su amigo, fue a ver un partido de un pequeño crack que se lucía en La Masía catalana. La devolución de José fue contundente: “Hugo, no te lo podés perder”, le dijo, pensando en las selecciones juveniles argentinas y no en que tres años después él mismo lo llevaría al Mundial de Alemania 2006.

También es parte de la historia el “amistoso-oficial” contra Paraguay inventado por Grondona y la convocatoria de la AFA con un apurado fax que pedía por “Lionel Mecci”. Y el viaje a Buenos Aires para firmar la planilla oficial como futbolista argentino y luego entrar a la cancha de Argentinos Juniors en la fría noche del 29 de junio de 2004. Un año después, “Mecci” ya era “Messi”, aunque seguía siendo un desconocido. Pekerman ya era el entrenador de la Mayor, Tocalli su ayudante y el que no se iba a perder a Messi era José.

Contra los húngaros, el entrenador quería probar algunos jugadores. Faltaba menos de un año para el Mundial y en la lista que daba vueltas por su cabeza había algunas dudas y varias certezas. Y Messi era una de ellas. No había ido a prueba a Budapest. Su lugar estaba garantizado pero había que integrarlo, hacerlo sentir parte. Y el debut fallido, en cierto modo, terminó ayudando.

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Messi intenta zafar de la marca con un manotazo y el árbitro le sacó la roja. No jugó ni un minuto.

Messi intenta zafar de la marca con un manotazo y el árbitro le sacó la roja. No jugó ni un minuto.

Leo era tan callado que hablar, lo que se dice hablar, sólo lo hacía con Pablo Zabaleta, con quien había compartido el plantel Sub-20. Con el resto poco y nada, algunos ni lo tenían registrado. Tanto que camino a lo que era el primer entrenamiento en Budapest se dio un hecho curioso y singular: varios compañeros le pasaron por delante sin reconocerlo, quizá pensando que se trataba de un nuevo auxiliar de utilería. Ocurrió que casi todos los vuelos desde Europa tuvieron demoras por tormentas. No así el de Messi y por eso llegó primero y solo. Algunos arribaron tan sobre la hora que el cuerpo técnico decidió que, directamente, fuesen del aeropuerto al estadio a practicar.

El viaje desde el Hilton hasta el entrenamiento fue en un bus semivacío. Pekerman había salido antes para recibir al grupo que llegaba temprano. Y un rato después, en el micro, fue Messi. Como en su llegada a la ciudad, lo acompañó la soledad. Tímidamente caminó rumbo a lo que parecía –los carteles en húngaro no ayudaban- era el ingreso al campo de juego. Vestido con ropa de entrenamiento y con la cabeza gacha, vio cómo varios compañeros le pasaron de largo. Un par dijeron “hola” de compromiso, sin saber quién era. Hasta que Luciano Figueroa, que inicialmente tampoco había frenado, volvió sobre sus pasos y lo saludó: “Eh, cómo andás”. De Central a Newell’s, de rosarino a rosarino, después de ese gesto de bienvenida el resto se fue dando cuenta de que al que habían pasado sin saludar no era un desconocido. Bueno, casi.

Era Messi. Los jugadores no lo conocían personalmente pero sabían de sus condiciones. Y en el imaginario de muchos de aquel plantel que viajó a Budapest estaba que Leo pelearía un lugar con algunos de los citados, como D’Alessadro, por ejemplo. Quizá por eso, cosas de “compañeros”, en la primera práctica con pelota, casi que no se la pasaron a Messi. Aunque se mostrara solo, el pase iba a otro destinatario. El fastidio de Leo describía la situación y hacía evidente lo que ocurría; también para Pekerman, que lo arengaba y le llamaba la atención con un “¡dale, metete en el partido!”. Leo se iba mentalmente cuando se fastidiaba, no tan distinto a otras veces en su carrera.

Leo Messi REACCIONA a la expulsión en su debut en la Selección Argentina ante Hungría

Pero cuando en el partido el referí le mostró la roja, todos sintieron una mezcla de bronca y ternura por ese chico al que le estaban arruinando el debut. Messi, en cambio, no tenía cara de enojo ni de fastidio. Esa vez, la cabeza gacha tenía un fundamento inequívoco: estaba triste, como se lo ve en la foto viral del viernes en el vestuario, luego de la paliza recibida ante Bayern Munich. Si hace 15 años Pekerman quería integrarlo, la pena que todos sintieron por él hizo que los más grandes (Ayala, Crespo, Heinze, Sorín) lo abrazaran y contuvieran, que su potencial competidor, D’Alessandro, discutiera con el árbitro alemán al que conocía de la Bundesliga, pidiéndole que reviera la decisión. Eso no ocurrió. Más tarde, todos lo aplaudieron en la intimidad de la cena y él, tímido, agradeció.

Y al rato bajó al lobby donde lo esperábamos los periodistas también para compartir su tristeza y frustración. Lloró un poco, se defendió diciendo que no hizo nada para que lo echaran, contó que había hablado con su papá por teléfono y que él tampoco lo podía creer. Y que Pekerman le dijo que se quedara tranquilo, que tendría otras oportunidades. Hoy, 15 años después, el fútbol lo pone de nuevo a prueba, le muestra que el yin y el yang son dos fuerzas opuestas que se necesitan para complementarse. Como la derrota y el triunfo. Como el fracaso y el éxito.

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