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La Mañana Napoli

A 34 años del día en el que el Napoli y Diego dejaron de rodillas al norte italiano

El equipo de un sur hasta esa fecha olvidado en el país europeo se consagró gracias a su joven patrono, Maradona.

No hay manera de recordar objetivamente el primer título del Napoli, aquella histórica consagración del 10 de mayo de 1987, sin entender subjetivamente el fenómeno Maradona, el significado que tuvo, tiene y tendrá para esta ciudad pobre, desdichada en muchos aspectos, pero orgullosa de sus mitos. La sangre de San Genaro que se licúa cada 19 de septiembre le otorga religiosa veracidad al santo patrono napolitano, como cada una de las gestas de Diego son merecedoras de una ofrenda pasional como pocos pueblos pueden dar. Si acá solemos ufanarnos con frases del estilo “en Europa no se consigue”, el napolitano se paró firme en una expresión similar, aunque con un ligero cambio: “En el Norte no se consigue”.

Ese campeonato ganado, el primero, hace 34 años, representó el scudetto. Esto quiere decir que cada campeón del Calcio (el torneo italiano de Primera División) luce en la temporada siguiente el escudo de Italia estampado en su pecho, ése es su honor. Un curioso honor, en este caso, considerando que siempre el Sur mira hacia el Norte desde abajo y no sólo por una simple cuestión de ubicación en el planisferio.

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En este caso, se trata de una fuerte sumisión producto de un desarrollo desigual entre ambas regiones, consolidado a través del tiempo. ¿Cómo van a llevar el escudo los napolitanos si ni siquiera son dignos de ser italianos?, habrán pensado desde el Norte mientras para Napoli el scudetto más que una honra nacionalista significaba el sello de la victoria contra el opulento, el triunfo de la rebeldía.

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¿Rebeldía se dijo? Y ahí llegó Maradona, entonces, para ser el abanderado que siempre le gustó ser. El del pobre que se hace rico, el postergado que lucha por un bienestar mejor, el desclasado que quiere mostrar que puede pertenecer. Napoli y Diego fueron una simbiosis perfecta, tanto en lo social como en lo futbolístico. El héroe llegó a una ciudad a la que el país le había soltado la mano (o nunca se la tomó). Como le había pasado a él como jugador: Barcelona se la había soltado también. El lugar adonde dos años antes, en 1982, arribó lleno de sueños y listo para llevarse a Europa por delante, le mostró una realidad fría y dura en todos los aspectos posibles. Para Maradona, Napoli fue su revancha, más cerca del barro que del oro, con el sufrimiento como combustible. Fue el encuentro de dos almas desengañadas que vieron la oportunidad de juntos ser felices.

El 5 de julio de 1984, el día de su presentación, Maradona había entrado al campo de juego del estadio San Paolo, el mismo escenario que desde su muerte en noviembre pasado lleva su nombre. Pero en aquel tiempo, cuando todo estaba por verse, lo que ya estaba consolidado era el magnetismo, la sensación de ser tal para cual, como si el napolitano estuviese hecho a medida de Diego y viceversa. Más de 70.000 personas habían llenado la cancha sólo para apreciar a un chico de 23 años, bajito y que jugaba como los dioses, hacer algunos jueguitos con la pelota y saludar sonriente. Y prometerse mutuamente amor eterno. Como si todos hubiesen percibido inmediatamente aquello que Andrés Ciro, líder de Los Piojos, describiría años después y convertiría canción: “Dicen que escapó este mozo del sueño de los sin jeta, que a los poderosos reta y ataca a los más villanos, sin más armas en la mano que un 10 en la camiseta”.

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Diego Maradona, campeón en el Napoli.

Diego Maradona, campeón en el Napoli.

Poco menos de tres años después, el 10 de mayo de 1987, la misma cantidad de gente, en el mismo lugar, tocaban el cielo con las manos. Porque, además, Maradona tuvo una lengua mordaz y una enorme pertenencia y decisión para usarla. No hay dudas de que en los sueños de los sin jeta, él fue la cara. Y jamás la escondió, lo cual también lo pone en la categoría de valiente. Por eso tanta veneración.

Igualmente, antes de la gloria, la tuvo que remar dentro del campo de juego. Fueron dos temporadas de prueba y de preparación, especialmente por un primer año duro (octavo puesto) en el que la incertidumbre envolvió todo. Si bien el equipo no había peleado por no descender, algo que era una habitualidad en el Napoli, por entonces sobraban las dudas. Y una definición común era que Diego “todavía no estaba adaptado”. La realidad es que demoró nada en adaptarse a la ciudad, porque todo le era absolutamente familiar, salvo el idioma, el que rudimentariamente empezó a manejar y mejorar día a día. Futbolísticamente las condiciones de Diego estaban lo suficientemente fuera de discusión como para aceptar que eran adaptables a cualquier equipo. El tema es que ahí, justamente, en el “equipo”, radicaba el problema. “Maradona inventó al Napoli, que era una banda, un montón de tipos que corrían para cualquier lado”, explicó alguna vez Menotti. Sabia definición sobre aquel equipo rústico y limitadísimo, una base insuficiente hasta para el mejor jugador del mundo.

Pero las cosas fueron mejorando en la segunda temporada (el equipo salió tercero y clasificó para la Copa UEFA) y mientras Corrado Ferlaino, el presidente del club, ponía la billetera para ir superando el nivel colectivo, la individualidad, Diego, crecía de modo sostenido. La transformación del Napoli se encaminaba al compás de la consolidación de Maradona que, antes de iniciar la temporada 86/87 que terminó llevando al club italiano a la cima, él ya se había ubicado en ella: en junio de 1986 se colgó la medalla de campeón mundial con la Selección Argentina y una cucarda invisible pero incuestionable, porque era para todos no sólo el mejor jugador del mundo sino que, para muchos, era también el mejor de todos los tiempos.

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La llegada de Diego Maradona al Napoli.

La llegada de Diego Maradona al Napoli.

Maradona transformó al equipo y le cambió la cabeza a los napolitanos, quienes se envalentonaron con su fútbol y su carisma. Era el líder dentro de la cancha y también el líder de la rebelión fuera de ella. Se puso a la vanguardia de una pelea que hizo propia, la del Sur contra el Norte, al que obligó a mirar para abajo y advertir que ahí, en aquella región ignorada y pisoteada, crecía y se imponía una fuerza que igualaría a las partes. No porque Napoli dejara de ser pobre ni porque la ciudad pasase a ser un lugar de avanzada dentro de Italia o Europa, pero sí porque inscribiría su nombre por encima de todos. Del mismo modo que decir Maradona en cualquier parte del mundo era decir Argentina, también era decir Napoli. Eso lo sabía y lo gozaba el napolitano, tanto como lo sufrían y no lo soportaban las grandes ciudades norteñas, que habitualmente se burlaban del Sur, un bullying que incluía una obscena discriminación racial y de clase. Para Napoli, Maradona fue la manifestación de la rabia social canalizada de la mejor manera.

En un párrafo del libro “Yo soy el Diego”, relató que le exigió a Ferlaino que armase un equipo a medida o, en caso contrario, que pensara en un equipo sin él, porque no estaba dispuesto a quedarse sin un conjunto que lo ampare y dé la talla para ser campeón. Y valió la pena la expectativa, porque el Napoli fue el mejor de una liga que en la década del 80 era la más competitivo del mundo. Con la llegada de Nando De Napoli, para reforzar el medio, y del delantero Andrea Carnevale, el equipo encaró una temporada brillante que terminó con un “doblete” al ganar, además del Scudetto, la Copa Italia (derrotó en la final al Atalanta). Hasta ese momento de la historia, el doblete sólo lo habían conseguido tres grandes del Norte: Torino, Inter y Juventus. El Napoli de Diego se coló para siempre en esa lista, le guste a quien le guste.

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Diego Maradona y el plantel campeón con el Napoli.

Diego Maradona y el plantel campeón con el Napoli.

Con 61 años de vida, el club ganó en 1987 por primera vez el campeonato más importante de Italia, el punto de partida de una racha triunfal con Maradona como 10 y capitán, que incluyó, además, otro Scudetto en la temporada 1989/90 (Diego fue el goleador con 16 tantos), la Supercopa italiana también en 1990 y un año antes la Copa UEFA, único torneo internacional en toda la historia de la institución.

“Napoli es mi casa”, repetía Diego unos minutos después de esa primera y esperada vuelta olímpica. El Sur también existía y Maradona era el nuevo San Genaro. “Oh, mamma, mamma, mamma, sai, perché, mi batte il corazon, ho visto Maradona, ho visto Maradona, eh, mamma, innamorato sono”, entonaba feliz el pueblo napolitano, convirtiendo a esta canción de cancha en un himno de la ciudad, como si se tratase de O Sole Mio. “La gente me quiere bien y eso me gusta mucho”, decía quien se transformó en el patrono moderno de un lugar con dolencias y padecimientos antiguos. Un hombre que se ganó el cielo en una tierra de infierno, a la que convirtió en la extensión de Argentina. O quizá la parábola sea inversa y en realidad Argentina es el más napolitano de los países.

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