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La Mañana Maradona

A 44 del debut de Maradona en la Selección: el comienzo del sueño

El 27 de febrero de 1977 ante Hungría, el 10 empezó un camino que terminaría con la Copa del Mundo de 1986.

Cuando el 30 de octubre de 1975 Diego Maradona festejó sus 15 años, todavía viviendo en Villa Fiorito -con lo puesto y como se podía-, jugaba en la 8ª División de Argentinos Juniors y asombraba a todo el club, desde sus dirigentes hasta sus jugadores de Primera, quienes cuando podían se hacían una escapada para ver al pibe de las Inferiores que pintaba para crack. Era un niñito que recién rompía el cascarón. Pero apenas un año y cuatro meses después de aquella celebración quinceañera, el 27 de febrero de 1977, el petiso de rulos, el Pelusa como le decían sus íntimos, debutaba en la Selección Argentina. Así de vertiginoso, así como fue toda vida de Maradona, ésa que habría que multiplicar por tres o cuatro si la comparásemos con la de cualquier otro mortal.

Porque si el pique corto y explosivo que tenía fue uno de sus rasgos más salientes, es nada tomando en cuenta la velocidad de su ascenso en el fútbol. En especial en aquellos primeros pasos que fueron gigantes. Maradona había debutado en Primera División el 20 de octubre de 1976 y su apellido había corrido muy rápido de boca en boca, teniendo en cuenta que en aquellos años sólo la radio y algo de la televisión eran los transmisores de las realidades cotidianas.

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Pero todos, en poco tiempo, se enteraron de que había un tal Maradona que la descosía. Y uno de los que lo sabía muy bien era el maestro del fútbol amateur, Ernesto Duchini, que enseguida lo convocó para que se entrenase con el seleccionado juvenil; y a través suyo, supo de él César Luis Menotti, el director técnico de la Selección Mayor que no pudo quitarle la vista de encima, como tampoco las figuras del equipo nacional que se preparaba para el Mundial 78 y que en cada práctica que enfrentaban a los “pibes” del juvenil, sufrían con ese enano de rulos saltarines que les pintaba la cara.

Once partidos jugados y dos goles convertidos era la modesta carta de presentación de Diego antes de su debut. No hay futbolistas que con esos escasos antecedentes tengan demasiadas chances de ser convocados a la Selección y mucho menos si apenas tienen 16 años. Pero Menotti confió en él. Hoy, a resultado puesto, es más fácil ubicar al entrenador en el rol del villano, del que dejó sin Mundial 78 a Diego. Pero antes habría que reconocerle la valentía de haber llevado y dado la oportunidad de debutar a un chico que ni siquiera era todavía conocido por el gran público, porque tampoco se trataba de la nueva figura juvenil de Boca, River o algún otro grande. Aunque de algo no había dudas: era mucho más que una simple figura juvenil.

Por eso Leopoldo Jacinto Luque, quien en aquella goleada ante Hungría 5-1 convirtió dos goles, salió el equipo a los 25 minutos del segundo tiempo fastidioso y no por haber sido reemplazado por un pibe de 16 años, sino por no haber podido quedarse a jugar unos minutos con ese pibe, al que todos sus compañeros de la Selección Mayor veían como un superdotado.

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Menotti le avisó a Diego la noche anterior al partido que lo iba a concentrar. Le pidió que se lo tomara con calma y que sólo se lo comentara a sus padres: no quería que se filtrara a la prensa y que eso fuese una presión extra. El pibe hizo caso, sólo se lo dijo a la Tota y a Chitoro (don Diego), a quienes les consiguió entradas para ir a la Bombonera al día siguiente, donde no pudieron parar de llorar por la emoción de ver a su hijo entrar a la cancha. Ya no vivían en Fiorito, sino en el PH de la calle Lascano 2257, en La Paternal, que hoy es un museo y está a cuatro cuadras de la cancha que lleva el nombre de D10S. Pero hace 44 años, los Maradona vivían ahí, al lado de la casa de los Villafañe, y Diego se había enamorado de la hija de su vecino, llamada Claudia.

El Pelusa cumplió con el pedido del entrenador y casi no abrió la boca. Aquella noche concentró, no casualmente, con el capitán del seleccionado, Jorge Carrascosa. También conocido como el Lobo por su actitud para la marca -jugaba como lateral izquierdo, de ésos impenetrables pero que, además, tenía un gran manejo de pelota-, era un hombre de un largo recorrido en el fútbol, siempre caracterizado por su seriedad y sobriedad. Maradona alguna vez contó, recordando aquellas primeras concentraciones, que la rectitud y el respeto que imponía Carrascosa le daba un poco de miedo y que, luego de la primera noche que compartieron, el capitán de la selección lo despertó temprano y lo mandó a comprar los diarios.

Pero ir a comprar los diarios no era un problema para Diego sabiendo que ese día podía llegar a cumplir uno de los grandes sueños de su vida de poquito más de 16 años. Menotti le había aclarado que lo pondría un rato en el segundo tiempo, siempre y cuando el partido se presentara favorable. Hungría no era potencia, pero estaba en el segundo lote de los seleccionados europeos y, al igual que la Argentina, se preparaba para la Copa del Mundo en nuestro país. De hecho, el 14 de enero del año siguiente, cuando se realizó el sorteo, los húngaros fueron los primeros rivales de la Selección, en un partido que fue mucho más duro de ganar (2-1) que el 5-1 amistoso, en la Bombonera, que le sirvió en bandeja la chance de que Diego tuviese su primera vez.

Argentina había formado con Gatti; Olguín, Tarantini, Daniel Killer, Carrascosa; Ardiles, Gallego, Villa; Houseman, Luque y Bertoni. La gran figura de la cancha fue Villa, a pesar de que no metió ninguno de los goles. Cuando en el segundo tiempo Menotti llamó a Maradona para decirle el clásico “prepárese que va a entrar”, Diego sintió que era su hora y que el miedo escénico no debía superarlo. Cuando había bajado del micro que llevó al equipo a la Bombonera, sintió que un poco se le aflojaron las piernas. “Juegue tranquilo, muévase libre y haga lo que sabe”, fueron las sencillas palabras con las que el técnico envalentonó, y también arropó, a este chico que estaba por reemplazar a Luque y al que, inevitablemente, el cuerpo le temblaba de los nervios. Pero cuando Maradona entraba en contacto con la pelota, el mundo se detenía. Podía ser un potrero de Fiorito, la cancha de Argentinos o la Bombonera, pero la pelota en su pie era lo mejor para bajar las tensiones. Por eso el Tolo Gallego le pasó rápido la pelota, a menos de 10 segundos de que Diego hubiese entrado al campo de juego con la camiseta argentina y la número 19 en su espalda. Carrascosa, que a la mañana lo había mandado a comprar los diarios, ahora lo alentaba y lo bancaba en cada pelota que pasaba por su zurda.

“El Flaco Menotti quería que estuviese tranquilo, porque sabía que era un jugador fuera de serie. Pero también porque su vida podía convertirse en una locura, porque tenía claro de dónde venía Diego y que, en definitiva, era un chico. Por eso fue muy cauteloso cuando le dijo que sólo les cuente a sus papás. Y cuando lo mandó a la cancha le pidió que solo jugara, que se soltara e hiciera lo que sabía hacer, ni más ni menos”, recuerda el periodista Guillermo Blanco, por entonces redactor de la revista El Gráfico. Precisamente, el histórico semanario deportivo hizo una nota luego del debut de Maradona con un título sumamente descriptivo: “A la edad de los cuentos, escucha ovaciones”. Y más que eso: por primera vez en su vida, oyó el “Maradooo, Maradooo…” que fluía en la Bombonera como si estuviese en “su casa” de Juan Agustín García y Boyacá, la cancha de Argentinos Juniors.

La locura fue imparable tanto como lo era Diego en la cancha. El crecimiento fue, en todo sentido, a la velocidad de la luz. Empezaron a sucederse las notas en la TV, en las radios, en los diarios. No sólo había sido el debut de Maradona en la Selección, sino el debut de Maradona como estrella del fútbol.

“Las notas me gustaban pero me ponían nervioso. No me la creía, no me sentía nadie y terminaba diciendo siempre lo mismo: dónde nací, cómo viví y qué jugadores me gustaban. Tuve que madurar demasiado rápido. Conocí la envidia de los otros, no la entendía, me encerraba en la pieza y me ponía a llorar. Maduré de golpe. Me quise comprar todo: camisas, camperas, pantalones, remeras... Me empecé a cuidar de lo que hablaba pero eso no es tan fácil. Nadie se pudo haber imaginado en aquel momento lo que hoy me pasa. Lo mío fue todo muy rápido, tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de sentir envidia por lo que hacían los otros, ¡si yo lo tenía todo!”, reflexionó el propio Maradona en su autobiografía “Yo soy el Diego de la gente”.

Aquel 27 de febrero de 1977 se abrió un capítulo inolvidable en la vida de Diego Armando Maradona, seguramente el más inolvidable para todos los argentinos. Fue el primero de 116 partidos jugados con la Selección Mayor, entre cuatro mundiales, tres copas América y amistosos. El inicio de un simbolismo que lo llevó a trascenderlo todo y ser uno de los hombres más famosos del mundo. El Pelusa, el de los rulos que saltaban al compás de sus gambetas, el que hace 44 años conectó para siempre con la camiseta celeste y blanca.

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