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Abandono, abuso y maltrato: la sórdida historia de una mujer que mató

Sara es la autora confesa del crimen de Roque Mora en Plottier. Reveló que él quiso abusar de ella y eso desencadenó el homicidio. En el trasfondo de las múltiples puñaladas, hay una vida llena de miserias y un Estado ausente.

Sara se hizo conocida por matar de 60 puñaladas a Roque Mora en Plottier, pero el crimen parece ser punto final de una historia de abandono, abuso, violencia de género y un Estado ausente que dejó a la mujer librada a su suerte desde pequeña.

Sara tiene 45 años y sus defensoras, Ivana Dal Bianco y Belén Rodríguez Méndez, pidieron que la trasladen de la cárcel de mujeres, donde está en prisión preventiva, al hospital Horacio Heller porque su estabilidad psicológica y emocional pone en jaque su vida.

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“Tiene recursos psíquicos precarios, carencia de referentes afectivos a lo largo de su vida y ya hizo mención de que se quería matar. Y la U16 tiene un triste historial de suicidio de mujeres”, confió Dal Bianco, que aportó algunos elementos técnicos de la evaluación que realizó el psicólogo de la Defensa Pública, Silvio Villagra.

La vida de Sara está atravesada por la falta de afecto, el abandono, el abuso y el maltrato. El Estado en su vida es ausencia, hasta hoy, que la persigue por el crimen de un hombre al que le fue a pedir trabajo y le ofertó tener sexo por 400 pesos y luego la manoseó. Su respuesta fue una reacción desmedida: un asesinato con 60 puñaladas. Pero ese último acto final es producto de una cadena de eventos que arrancan en su infancia, y si alguien quiere investigar, aplicando la perspectiva de género, podría llegar a entender, ya que nadie, ni sus defensoras, justifican el crimen.

El derrotero de la Sara niña hasta la Sara asesina es un camino complejo de transitar porque tiene ciertas similitudes con Fernando Jara, el parricida de Zapala, que llegó a matar y decapitar a su padre tras una vida atravesada por la violencia. ¿Qué hacer con esas historias y dónde debe pararse la Justicia para juzgar? Es una gran respuesta que deberá dar cuando resuelvan estas causas.

Pero recorramos la vida de Sara. Su madre, a muy corta edad, no la podía mantener y la metió en un hogar de monjas en San Martín de los Andes.

A los 8 años decide recuperarla y se muda de San Martín a Plottier, donde tenía una pareja con la que estaba iniciando una convivencia.

Desde ese momento, la niña empieza a ser abusada por su padrastro de manera cotidiana. Con 12 años, carente de todo afecto materno y violada por su padrastro, se ampara en un amigo con el que también pasa a tener relaciones en paralelo a que es abusada por la pareja de su madre.

A los 12 años Sara quedó embarazada y a los 13 dio a luz a su primera hija, que hoy tiene 32 años y que arrastra consigo el karma de no saber si es fruto de los abusos que sufrió su madre. Eso le confesó, con mucho pesar, la joven a las defensoras de su madre.

Hay ocho empleadas más que admitieron situaciones de acoso por parte del hombre, por lo que las vamos a citar para entrevistarlas y que puedan contar sus vivencias. Sara tuvo una reacción muy desmedida, pero ese fue el cúmulo, el detonador de todo lo que experimentó a lo largo de su vida - Belén Rodríguez Méndez, defensora oficial Hay ocho empleadas más que admitieron situaciones de acoso por parte del hombre, por lo que las vamos a citar para entrevistarlas y que puedan contar sus vivencias. Sara tuvo una reacción muy desmedida, pero ese fue el cúmulo, el detonador de todo lo que experimentó a lo largo de su vida - Belén Rodríguez Méndez, defensora oficial

El laberinto de la violencia

En medio de una trágica adolescencia, Sara decidió escapar y dejó a su hija al cuidado de familiares. Ella no había terminado la educación primaria, no tenía conciencia plena de lo que era la sexualidad y ya había sido madre.

Con 16 años conoció a un joven que le generó confianza y decidió escapar de la vida de abuso físico y maltrato psicológico que ofrecía su casa por ese entonces.

La suerte no estuvo de su lado, el Estado tampoco, y ese joven enamorado con el que huyó resultó ser una persona violenta. Sara sintió en sus entrañas estar inmersa en un laberinto que no ofrecía salida sino violencia. Encima, a los pocos meses de vivir juntos, quedó embarazada y tuvo a su segunda hija.

Sin demasiadas herramientas y casi sin recursos, decidió volver a huir y dejó a sus dos hijas en Plottier.

Su destino fue San Martín de los Andes. Allí prosperó una relación por años con un hombre con el que tuvo cinco hijos, pero la tragedia parecía signar su vida.

Cuando Sara tuvo al primer hijo, con esta nueva pareja, volvió a visitar a sus hijas a Plottier. Dejó un día a su bebé al cuidado de una amiga en una precaria casilla que se terminó prendiendo fuego y la criatura murió calcinada.

El dolor le terminó atravesando cuerpo y mente. A esta altura, es muy difícil imaginar la psiquis de Sara después de todos los vendavales que ha soportado desde niña.

La perspectiva de género es para todas las mujeres vulnerables. Sara es una mujer pobre que necesitaba trabajo y que fue víctima de violencia sexual y de género. El caso se tiene que analizar en contexto. Es una mujer que fue a buscar trabajo y resultó víctima de un abuso - Ivana Dal Bianco, defensora oficial La perspectiva de género es para todas las mujeres vulnerables. Sara es una mujer pobre que necesitaba trabajo y que fue víctima de violencia sexual y de género. El caso se tiene que analizar en contexto. Es una mujer que fue a buscar trabajo y resultó víctima de un abuso - Ivana Dalbianco, defensora oficial

Regreso al pueblo

En 2012, con otra separación a cuestas y dos de sus hijos, regresó a Plottier. Sara ya tenía 37 años y sus traumas habían complicado su salud mental.

Tenía imágenes recurrentes, frescas y fluidas, como alucinaciones, de que algo les podía pasar a sus hijos. Muchas son las reminiscencias de los padecimientos que tuvo de chica.

Por todo esto terminó en un tratamiento psiquiátrico-psicológico y un combo de medicamentos para compensar químicamente los estados anímicos que atravesaba por momentos.

Las pastillas la llevaban a dormir mucho y sus hijos le decían que parecía un zombi, que solo respiraba.

Con la ayuda de los hijos, hizo el esfuerzo por estar mejor y así fue tratando de salir adelante. Redujo la medicación y comenzó a trabajar como empleada doméstica.

Entre los distintos empleos que tuvo se suma la casa de Roque Mora, donde cuidaba a la esposa, que estaba postrada en una cama, y hacía otras tareas domésticas.

Mora, de más de 70 años, la acosó y ella se terminó yendo del trabajo pese a la necesidad, y el trauma de su vida volvía como un bumerang a hacerse presente.

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La noche del crimen

En medio de la pandemia, la hija de Roque Mora la había llamado para ver si podía ir a la casa para asear a su mamá, que continuaba postrada y necesitaba atención.

En ese momento, Sara aceptó por la necesidad de dinero, ya que tenía que pagar el alquiler y la comida. Su trabajo es diario: si no trabaja, no cobra. Además, la pandemia desmoronó su precaria economía, por lo que la situación de vulnerabilidad era mayor.

En este contexto de necesidad, resolvió ir la noche del viernes 10 de julio a ver a Roque Mora, que hacía un mes aproximadamente había quedado viudo.

“Sin ingresos y con dos hijos, fue a pedirle trabajo. El hombre la acosa y le ofrece 400 pesos por tener relaciones y le toca los pechos. Ella se levanta, va al baño y cuando regresa lo mata”, detalló Dal Bianco.

Ese arrebato de violencia, intuyen, fue una válvula de escape, la gota que rebalsó el vaso de una vida arrasada por los abusos y la violencia. Esa noche del viernes 10 de julio, Sara dijo 60 veces basta con un cuchillo sobre el cuerpo de Roque Mora.

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-> Las pruebas que la incriminan

A los dichos autoincriminates de Sara ante la fiscal del caso, que luego se tuvo que apartar –le dijo: “Yo no lo quería matar”, testimonio que podría quedar excluido del juicio, pero que fue escuchado por policías y médicos forenses– se suma otra serie de evidencias comprometedoras.

Hay una huella dactilar que se levantó de la casa de la víctima y que se corresponde con la acusada. Una amiga de ella la reconoció en una cámara de seguridad cuando pasó por la Comisaría Séptima y luego ingresó a la casa de Mora.

Los informes de telefonía celular la ubican en dicho lugar mediante el cruce de antenas. Además, en la casa de la víctima encontraron una agenda donde figuraba el contacto de la mujer, que había trabajado como empleada doméstica en el domicilio.

Con todos estos elementos reunidos, el juez Gustavo Ravizzoli determinó que la calificación del hecho sea homicidio calificado agravado por ensañamiento. Esto fue discutido porque la defensa de la mujer explicó que fue en legítima defensa, pero para el juez no quedó bien demostrado y en todo caso no fue racional el medio empleado para defenderse. Y si bien la defensa insistió en una evaluación desde la perspectiva de género, esta se podrá introducir y reflejar durante el proceso que tendrá un plazo de cuatro meses de investigación.

La prisión preventiva que se le dictó fue de dos meses ya que para la fiscalía, y así lo entendió el juez Ravizzoli, existe no solo riesgo de fuga sino también de entorpecimiento. Este se funda en que una de las testigos clave es su amiga y podría llegar a influir en su testimonio.

Además, los peritos en Criminalística descubrieron mediante la prueba de luminol que la escena del crimen había sido limpiada, incluso encontraron unos guantes de goma y un trapo de piso manchados con sangre de la víctima.

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