Buenos Aires
A Roberto De Vicenzo, fallecido ayer en su casa de Ranelagh, el moto de ídolo -galardón insustituible de los grandes de verdad- siempre le quedó chico. Para todos fue siempre el gran maestro, una manera de distinguir sus logros en el golf, deporte que él mismo popularizó y el le abrió puertas a los profesionales argentinos en el mundo.
Su éxitos fueron a la par de sus cualidades personales que lo transformaron en un caballero del deporte, ganándose definitivamente un lugar en el Olimpo de los grandes, junto con Diego Maradona, Juan Manuel Fangio, Carlos Monzón, Guillermo Vilas y, más recientemente, Emanuel Ginóbili y Lionel Messi.
231 torneos ganó en cinco continentes. Entre ellos se incluyen cuatro torneos del PGA Tour y el Abierto Británico en 1967, en el cuál venció a grandes rivales como Jack Nicklaus y Gary Player.
Ganador del Abierto británico en 1967 como uno de sus máximos logros, falleció por causas naturales tras sufrir una fractura de cadera meses atrás y sus restos serán sepultados en el cementerio parque Iraola de la localidad bonaerense de Berazategui, hoy a las 13.
El gran Roberto, que en Neuquén apadrinó la cancha del Comahue hace 30 años (1987) y estuvo de visita también en otros clubes de la región, se inició como caddie y fue un deportista ejemplar. Allí está para certificarlo la anécdota más famosa. Masters de Augusta de 1968: su compañero de línea Tommy Aaron anotó un golpe de más en su tarjeta en el hoyo 17 y sin revisarla la presentó. Si no fuese por ese error, en el cual se efectuó un golpe de más, hubiese ganado el torneo. Pese a perder la “chaqueta verde”, no se inmutó, fruto de sus valores. De Vicenzo asumió como propio el error de haber firmado mal aquella tarjeta, en una muestra de los valores que manejaba. Cuando el argentino se enteró de la equivocación no culpó a nadie, se limitó a expresar una simple frase que quedó para la historia: “¡Qué estúpido soy!”. No, maestro, la honestidad nunca es estupidez. ¡Descance en paz!.
Opinión
Fue nuestro Tiger Wood
Daniel Carlgaro. Entrenador del Comahue Golf Club
Para mí, don Roberto fue el Tiger Woods argentino. El trampolín para que los profesionales pudieran salir a jugar afuera. Yo estoy en Neuquén gracias a él. No me enteré de esto directamente de su boca, sino de alguien del club, Ricardo Estévez, que me lo dijo años después. Yo soy de Rosario y lo conocí de muy pequeño, porque él tenía una amistad profesional con mi padre y se encontraban en muchos torneos. Vino a Neuquén por primera vez hace 30 años a apadrinar la cancha del Comahue. Después estuvo en varias oportunidades más. En lo personal, fue un tipo campechano, siempre estaba hablándote mientras jugaba. E incluso charlaba con la gente. Una vez, tendría yo siete u ocho años, me dijo: “Calgarito, fijate cómo pasa esta pelota y metió un tiro por arriba de los árboles tremendo. La colocó en un green. Eso era De Vicenzo.
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