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Bobby Fischer y la partida de ajedrez que paralizó al mundo

Un día como hoy, pero de 1956, el ajedrecista demostró por primera vez su talento con una sorpresiva victoria sobre Donald Byrne. Se recuerda ese hito como "la partida del siglo".

El mundo lo conoce como uno de los ajedrecistas más famosos de la historia y como el campeón mundial que pudo agrietar el poderío indiscutible de la Unión Soviética en esta disciplina deportiva. Bobby Fischer era, para muchos, un genio del ajedrez. Pero no fue un niño prodigio. Por el contrario, su talento moderado parece haber explotado de forma tardía y sorpresiva en 1956, cuando jugó “la partida del siglo” siendo ya un adolescente.

Quizás en la historia de Robert James Fischer se dejan traslucir algunos rasgos de genialidad. Aunque el ajedrez era un simple juego durante su infancia, el pequeño Bobby ya parecía predestinado a demostrar una inteligencia superior.

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Nació en 1943 en Chicago, hijo de Regina Wender, una inteligente enfermera suiza que hablaba múltiples idiomas. Si bien recibió el apellido del ex esposo de la mujer, un físico de origen alemán, hay autores que estiman que su padre biológico era, en realidad, un físico húngaro dotado con una asombrosa inteligencia matemática. De uno o de otro, Bobby podría haber heredado una capacidad lógica inigualable.

Ya divorciada, Regina se ajustó a la vida de un escueto departamento en el distrito de Brooklyn junto a sus dos hijos. Era 1949 y Bobby ya tenía seis años. Su hermana le regaló una caja con juegos de mesa, sin darle demasiadas indicaciones. El niño decidió, entonces, leer las instrucciones de la caja y deducir las reglas básicas del ajedrez.

Pronto, el deporte comenzó a ocupar una porción más importante de su tiempo. Y llegó a jugar tantas partidas y probar tantas combinaciones que el juego se convirtió en una obsesión. Regina, preocupada, decidió llevarlo a una consulta psiquiátrica. Pero su actitud obsesiva no mermó: Bobby siguió dedicando cada segundo de su vida a pensar en los cuadros blancos y negros del ajedrez.

Dos años más tarde, un anuncio en el diario lo invitaba a participar de un campeonato de partidas simultáneas. Fischer obtuvo un rotundo fracaso, pero aprendió dos valiosas lecciones: entendió que el ajedrez era su vida y que, si quería destacarse, debía dedicarse a la actividad aún con más esmero. Ingresó al Brooklyn Chess Club y conoció a su mentor, que lo introdujo en las lógicas y estrategias ocultas en el tablero.

Ya en 1955, con 12 años, el jugador mudó su práctica a un club de Manhattan y comenzó a participar en torneos. Terminó en décimo lugar en el Campeonato Junior de Estados Unidos y se llevó, más tarde, un título de campeón juvenil en Filadelfia. Para entonces, el ajedrez ya se había convertido en su vida entera.

Bobby abandonó los estudios secundarios. A pesar de tener un coeficiente intelectual alto, creía que la escuela le quitaba un tiempo valioso que podía dedicar a los alfiles y las reinas. Logró convertirse en alumno del prestigioso tutor John Collins y practicó para enfrentarse a un famoso adversario que le doblaba la edad.

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En octubre de 1956, en el torneo Rosenwald Memorian, se jugó la partida del siglo. El joven y desconocido Bobby Fischer, de apenas 13 años, se enfrentó a Donald Byrne, un jugador de 26 años que había ganado el Campeonato Abierto de Ajedrez de EE.UU. en 1953.

Con las blancas, Donald Byrne. Con las negras, Bobby Fischer. Tras una jugada sin compromiso del campeón, el adolescente inicia una Defensa de Grünfeld que luego modifica. Ante la atenta mirada del público, Byrne hace un dudoso movimiento con su dama. Fischer sorprende con un enroque del rey.

El campeón subestima a su adversario y comete otro error con un segundo movimiento del alfil. No espera demasiados contraataques. Pero Fischer hace la jugada más poderosa: sorpresivamente, sacrifica su caballo. Así inicia una partida en donde el joven jugador, lentamente, acorrala a su adversario.

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Treinta y seis movimientos. El campeón duda, avanza, retrocede. El adolescente hace combinaciones imposibles para provocar a su rival. Treinta y seis movimientos. Y jaque mate. Fischer derrota a su famoso adversario y da el primer paso en el camino que lo llevó a convertirse en una leyenda mundial del ajedrez.

“Primero hay que considerar que en el año 1956 nadie podía haber previsto que Bobby Fischer se convertiría en Bobby Fischer”, dijo Byrne muchos años después. “Era simplemente un joven prometedor que jugó una partida excelente contra mí. Cuando me encontré en una posición sin esperanza, pregunté a algunos de los participantes del torneo si sería bonito dejarle ponerme en jaque mate, como una especie de homenaje por su juego estupendo. Contestaron: “Sí, ¿por qué no?” y por eso seguí hasta el final”, relató.

El hobby absorbente de su infancia se convirtió, ese día, en su razón de vivir. Aún faltaban casi 20 años para que llegaran sus títulos mundiales y para que su nombre se colara entre los apellidos rusos que parecían monopolizar las competencias. Después de esa partida contra Byrne, Fischer ya no causaba sorpresas: había demostrado su completa genialidad en el universo del ajedrez.

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