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La Mañana Fernando

Crimen de Fernando: la noche en la que la barbarie se llevó una vida llena de sueños

Hace un año, un grupo de rugbiers mató a golpes al joven de 18 años en Gesell. Su crimen conmovió a un país que reclama justicia.

Fernando Báez Sosa se sentía un chico bendecido. Como todo pibe de 18 años, miraba hacia el futuro con sueños y esperanzas, pero por sobre todas las cosas, sin desconfianza, de modo transparente. Estaba feliz con su novia Julieta, y orgulloso de sus padres trabajadores: Silvino, portero de un edificio en el porteño barrio de Recoleta donde vivía, y Graciela, cuidadora en un hogar de ancianos, ambos inmigrantes paraguayos, de Carapeguá, radicados en Buenos Aires desde hace más de dos décadas.

Pero, por sobre todas las cosas, Fernando estaba contento con él mismo. Con sus esfuerzos como estudiante (había terminado el CBC en la UBA para la carrera de Derecho); con su sensibilidad para ayudar a escuelas humildes a mejorar sus instalaciones, en un proyecto solidario del que participaba con muchos de sus ex compañeros del secundario en el Colegio Marianista; con el cariño y reconocimiento que recibía de sus pares... Pero todo se derrumbó en un puñado de minutos en la puerta de un boliche bailable de la Costa Atlántica, en la localidad de Villa Gesell. La vida, la esperanza y los sueños no sobrevivieron a los golpes salvajes, a la locura en formato de patota, a la muerte es su expresión más idiota: que un grupo de ocho o diez pibes agarre a uno solo, indefenso, y le dé una brutal paliza hasta matarlo.

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Fernando Báez Sosa y su novia. Tenía muchos proyectos que dejó plasmados en una carta.

Fernando Báez Sosa y su novia. Tenía muchos proyectos que dejó plasmados en una carta.

Después vino el después. Los miedos y la cobardía de los asesinos, el encasillamiento vinculado al rugby -el deporte que practicaban en la ciudad bonaerense de Zárate, de donde son oriundos-, la grieta de clases entre chetos y pobres, el dolor de los padres de Fernando, el aprovechamiento político, los vaivenes judiciales, la pandemia, la cárcel, el pacto de silencio, la traición, el odio, la desidia.

Hace un año se abría este capítulo, trágico y penoso, emocional por donde se lo mire, pero que será juzgado con la letra fría de la ley. Esa letra que indica que el juez de Garantías David Mancinelli ya recibió pedido de elevación a juicio oral hecho por la fiscal Verónica Zamboni (de la UFI 6 de Villa Gesell) contra ocho acusados de “homicidio agravado por alevosía y por el concurso premeditado de dos o más personas": Máximo Thomsen, Ciro, Luciano y Lucas Pertossi, Enzo Comelli, Matías Benicelli, Blas Cinalli y Ayrton Viollaz, todos presos, y por ahora dos imputados como “partícipes necesarios” (Juan Pedro Guarino y Alejo Milanesi), para quienes la fiscal pidió el sobreseimiento.

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El grupo de rugbiers de vacaciones en Gesell. Hay 10 acusados por el crimen de Fernando.

El grupo de rugbiers de vacaciones en Gesell. Hay 10 acusados por el crimen de Fernando.

Hoy Villa Gesell luce diferente a hace un año, porque la pandemia retuvo a muchas personas en sus casas y las alejó de las vacaciones en el mar. Claramente hay menos gente, menos turistas. Sin embargo, en el movimiento céntrico de la ciudad, nadie puede evitar detenerse en el lugar donde el 18 de enero de 2020 Fernando cayó muerto a golpes. El árbol, que se vio tantísimas veces en las imágenes que mostraban cómo un grupo de chicos golpeaba a otro que estaba en el suelo, es desde entonces objeto de culto, porque se convirtió en un santuario en el que muchos encienden velas, dejan flores, estampitas, textos reclamando justicia, fotos de Fernando.

En aquella madrugada, cuando todavía no eran las 5 de la mañana, él había salido del boliche Le Brique. Lo habían echado, en realidad, por quedar involucrado en una pelea entre barritas: una, que incluía a varios amigos suyos; otra, la de los rugbiers. Es unánime la coincidencia de que la participación de Fernando fue con fines de separar, pero así y todo, los encargados de la seguridad lo sacaron de la disco. Estaba en la puerta del lugar, charlando, en cuero, con la remera colgada de su hombro, cuando poco después de las 4:40 fue abordado por uno de los acusados, Ciro Pertossi, quien desde atrás le pegó una trompada y lo noqueó.

Fernando empezó a ser golpeado por varias personas al mismo tiempo y ya en el suelo la paliza no se detuvo. Nadie hizo nada por detenerla. Indefenso y tirado en la vereda, prácticamente inerte, recibió todo tipo de golpes, especialmente patadas, de sus asesinos. Para la Justicia, naturalmente, es importante en cierto modo determinar quién le dio el golpe de gracia, cuál patada tuvo más efecto mortal en él.

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El crimen ya estaba consumado y los autores comenzaron a dispersarse antes de volver a juntarse en el departamento que habían alquilado para pasar sus vacaciones, a dos cuadras del boliche. Las diferentes tomas de videos, de cámaras de seguridad de Villa Gesell, de un teléfono celular de un anónimo que lo subió a las redes sociales y de uno de los acusados, Lucas Pertossi, quien morbosamente filmó la golpiza como si fuese un show de artes marciales mixtas y que, al cabo, puede significar su propia sentencia, muestran a las claras las intenciones de los asesinos, quienes cumplieron con su objetivo.

Fernando quedó inconsciente y fue socorrido por personal de la policía y por Virginia Pérez, una adolescente de 17 años, que hacía un par de meses había hecho el curso de primeros auxilios en la Cruz Roja. Virginia se arrodilló junto a Báez Sosa y le realizó RCP pero no logró reanimarlo, como tampoco lo lograron sus gritos desesperados pidiéndole a Fernando que despertara. La ambulancia lo trasladó al Hospital Illia pero, tristemente, su muerte ya era un hecho. La autopsia solo puso precisiones a lo que cualquiera podía imaginarse: “Muerte por un paro cardíaco producido por shock neurogénico debido a traumatismo de cráneo".

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Virginia tenía 17 y trató de salvarle la vida a Fernando Báez Sosa haciéndole RCP.

Virginia tenía 17 y trató de salvarle la vida a Fernando Báez Sosa haciéndole RCP.

El hecho rápidamente conmocionó a la opinión pública y fue una cuestión de minutos que se vinculara a un grupo de rugbiers como los responsables. Con el correr de los días y el avance de la causa, se fueron conociendo mensajes que entre ellos se habían enviado al grupo de WhatsApp que compartían: del “lo recagamos a palos mal” al “ganamos igual”; o el “caducó” que uno de los rugbiers envió al resto dándole la noticia de su muerte; y el que se mantiene al día de hoy como un pacto de silencio: “No se cuenta nada de esto a nadie".

Para Fernando Burlando, quien tomó la representación de la familia Báez Sosa como querellantes, más allá del “mimo” que le pudo significar enterarse que Fernando Báez Sosa quería ser abogado porque precisamente “admiraba” a Burlando, fueron desde un primer momento “todos culpables”. Y más allá de los detalles que pudiera llegar a tener su estrategia judicial, tiene pensado pedir la “reclusión perpetua” para los ocho acusados de “homicidio agravado”.

Desde un primer momento, tanto la fiscalía como la querella quisieron destrabar ese pacto de silencio, esa especie de “todos o ninguno” al que apostó la defensa de los jóvenes de Zárate. Para Burlando, la posibilidad de que el juicio se desarrolle con un Tribunal de tres jueces, ofrece mejores chances individuales. Vale decir: el que sepa que no es tan culpable como otro, podría romper el pacto de silencio y quebrar al grupo. Esto acercará la resolución del caso a la verdad más absoluta y bajaría la pena a quien corresponda.

La otra opción, un jurado popular, además, ya estaría siendo desechada por la defensa a cargo de Hugo Tomei porque considera que la condena social es demasiado grande y que la imparcialidad de ese jurado puede ser quebrantada porque es difícil que no lleguen al proceso sin prejuicios. El abogado defensor debe plantear su decisión acerca del juicio por jurados o por jueces el 1° de febrero, cuando se levante la feria judicial.

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Mientras, los ocho rugbiers siguen detenidos en el pabellón 3 de la Alcaidía de Melchor Romero, en La Plata. Tienen entre 19 y 22 años; Fernando cumpliría 20 el 2 de marzo si no lo hubiesen matado. No son presos comunes, pero casi: están aislados del resto de los detenidos para evitar ser víctimas de alguna agresión. Se mueven en grupo y reciben visitas de sus familiares, aunque pasaron momentos de extrema soledad en los meses más duros de la cuarentena.

Silvino Báez y Graciela Sosa caminan la vida libres pero encerrados en la tristeza de haber perdido a su hijo. Buscan justicia, ésa es la pelea que dan desde hace un año y la generalizan con la esperanza de que no haya otro Fernando. En estos días fueron recibidos por el presidente Alberto Fernández, quien les dio su apoyo. Como lo tienen de toda la sociedad: empatía en estado puro. Aunque el dolor sea único, intransferible y, lo más triste de todo, irreversible.

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