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La Mañana Cromañón

Cromañón: el estremecedor relato de Alan, que vivió el terror y la muerte a los 12 años

A 16 años de la tragedia que se llevó la vida de 194 personas, Alan repasa aquella noche fatal en la que Pato Fontanet lo ayudó a huir del infierno.

El jueves 30 de diciembre de 2004, en el boliche del barrio porteño de Once República de Cromañón, Alan Sandoni disfrutaba del tercero de los tres recitales del grupo de rock Callejeros como un niño. Lo era: tenía 12 años. El siguiente es el relato de aquel pequeño sobreviviente de aquella tragedia, 16 años después. Su mirada, su historia, su sentimiento de aquella noche fatídica y de terror en la que salvó su vida de milagro, y gracias a la ayuda de Pato Fontanet.

18:30 Barrio de Agronomía, Ciudad de Buenos Aires. La previa:

“No conocía Cromañón, ni idea: tenía 12 años… Pero no suponía ser algo peligroso ir a ver a Callejeros. Mi hermana Nadia, que tenía 15, iba con sus amigos y yo quería ir también. Pero mi vieja no me dejaba y los pibes le insistieron y la convencieron. Eran todos del barrio, mis papás los conocían desde chicos, eran de confianza. Me acuerdo que salimos para allá y era un ambiente de fiesta. Para mí era todo nuevo, estaba todo bien. Hasta que llegamos y entramos al boliche, ahí las cosas cambiaron un poco, porque hacía mucho calor, todo muy encerrado, estaban tirando pirotecnia… Eran las cosas que pasaban en aquel momento. ¿Hoy a quién se le ocurriría tirar pirotecnia en un lugar cerrado? ¿Y bengalas? ¡Tenés que prender bengalas ahí, eh!”.

22:30 República de Cromañón, barrio de Once. La advertencia:

“Había muchísima gente y yo no veía nada. Hoy mido 1,87 pero en aquel momento no alcanzaba a ver el escenario. Nos ubicamos con mi hermana en un lugar cerca del escenario, y antes de empezar el show sentí miedo porque salió Omar Chabán (gerenciador de Cromañón) y empezó a bardear al público por el tema de las bengalas. Decía: ‘Son unos negros de mierda’, ‘No queremos que pase lo de Paraguay’, donde se había prendido fuego un supermercado (se la conoce como “La tragedia de Ycuá Bolaños”: un incendio en el patio de comidas del centro comercial, el 1° de agosto de 2004, que provocó la muerte de más de 300 personas). Nosotros estábamos en la otra punta con respecto a la salida y, como me asusté, mi hermana me llevó más atrás y nos alejamos un poco”.

22:40 República de Cromañón. El incendio:

“Antes de empezar el recital también habló Pato Fontanet (líder y cantante de Callejeros) y pidió que no encendieran bengalas y enseguida apagaron los luces. Arrancaron a tocar la canción "Distinto" y ahí alguien del público volvió a disparar una bengala y se prendió fuego el techo. Ahí comenzó todo. La gente se desesperó y empezó a correr. Mi hermana me agarró de la mano y corrimos para la puerta de salida, pero se empezó a hacer una fila enorme. Y de repente todo se frenó y se cortó la luz”.

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Cromañón era una trampa mortal, una bomba a punto de estallar aquel 30 de diciembre.

Cromañón era una trampa mortal, una bomba a punto de estallar aquel 30 de diciembre.

22:50 República de Cromañón. La tragedia:

“Todos empujaban y estábamos cada vez más apretados. Las puertas de emergencia se abrían para adentro y después nos enteramos de que había un par de puertas que estaban cerradas con candado desde afuera. La misma gente, en la desesperación por escapar, trabó la salida. Mientras corríamos, lo tengo grabado en la memoria hasta el día de hoy, no sé qué cayó del techo, sería un pedazo de la media sombra que se estaba quemando, pero en medio de la oscuridad vi una cortina de fuego que caía adelante mío. Tenía miedo. Pero lo peor vino unos metros después, cuando había adelante una columna. Ahí me separé de la mano de mi hermana para esquivarla pero ya no volví a juntarme: por la desesperación y la oscuridad, muchos no vieron el desnivel que había entre el interior propiamente dicho del boliche y el hall de salida. Y se empezó a caer un montón de gente ahí. Y todos los que venían atrás tropezaban y muchos caían encima de los otros que ya estaban en el suelo. Yo fui uno de esos y quedé atrapado”.

23 República de Cromañón. El aire tóxico, la muerte y el héroe menos pensado:

“Sentí que me caminaban por encima y un montón de gente se me cayó arriba: no me podía mover. Había mucho humo y se me hacía cada vez más difícil respirar. De la cintura para abajo estaba aplastado, no podía zafarme, y sólo movía un poco los brazos y el torso, pero cada vez me sentía más ahogado. No llegué a desmayarme pero no tenía más fuerzas para intentar escapar. En ese momento apareció Pato Fontanet y me agarró de los brazos y empezó a tironearme hasta sacarme de la montonera de gente que tenía arriba. Me di cuenta que fue Pato el que me salvó y no fui al único, porque una vez que pude pararme, me soltó y siguió ayudando a otros chicos atrapados. Yo no atiné a nada más que a correr a la calle como pude. Y afuera me pude encontrar con mi hermana”.

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El drama en la puerta de Cromañón, con los sobrevivientes y los muertos en las calles.

El drama en la puerta de Cromañón, con los sobrevivientes y los muertos en las calles.

23:15 Bartolomé Mitre y Jean Jaures, barrio de Once. Sobrevivir:“En la calle había algunos patrulleros pero todavía no los bomberos ni las ambulancias. Recién empezaba todo. Un solo amigo tenía celular y llamó a su papá y le dijo que estábamos bien: el padre no entendía de qué le hablaba, ni sabía qué pasaba. Nos fuimos a la vuelta del boliche, para el lado de la avenida Rivadavia, y nos quedamos esperando a que salgan los demás que habían ido con nosotros. Fuimos 18 y volvimos 18. Fue un milagro. En la calle, los vecinos nos ayudaban, nos daban agua para tomar, nos manguereaban. Aunque tenía 12 años me di cuenta de que ocurría algo grave, aunque no lo dimensioné hasta un rato después. Nos vinieron a buscar los papás de unos amigos y nos llevaron para casa. En el camino paramos en un lavadero para comprar más agua y estaba puesta la tele: ya hablaban de la tragedia en el boliche y de 20 muertos. No podíamos creer que hacía un rato habíamos estado ahí”.

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0:05 del 31 de diciembre de 2004. El reencuentro:

“Mi mamá se enteró estando en la casa de una amiga. Cuando volvimos y nos vio… estaba muy angustiada. Mi aspecto era desastroso. Por el humo tenía el cuerpo negro, de pies a cabeza, y lleno de marcas de suelas de zapatillas de cuando estuve atrapado en el piso: me habían pisoteado todo. Y escupía negro: así estuve como una semana. Nos abrazamos y después me fui a bañar y nos quedamos viendo la tele. Casi todos los chicos que habíamos ido al recital se quedaron en casa. Mirábamos y veíamos cómo la cifra de muertos no paraba de subir”.

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La entrada de aquel recital, el que terminó en la tragedia de Cromañón.

La entrada de aquel recital, el que terminó en la tragedia de Cromañón.

Alan hoy tiene 28 años, está de novio, y dice que se sabe la historia de punta a punta de tanto que la tuvo que repetir en declaraciones judiciales y policiales. Las circunstancias posiblemente no dejaron que su memoria archivara o acomodara tanto dolor de la manera más conveniente. O, quizá, porque en el fondo los chicos lloran sólo porque se descargan así y el miedo real es propiedad de los adultos. Por eso, Alan, mientras cuenta para LM Neuquén su historia de sobreviviente de Cromañón, sólo pierde el control de su relato en una ocasión, cuando recuerda el momento en que se reencontró con su mamá y ella estaba quebrada en llanto. Ahora llora él y pide perdón por interrumpirse, por hacer un salto de angustia; se emociona pero no llora por el nene que fue sino por el hombre en el que se convirtió y que empatiza con algo que hoy comprende mucho más que hace 16 años: el dolor y la angustia que sentía una madre que tenía a su hijo de 12 años y a su hija de 15 dentro de Cromañón, sobreviviendo solos, sin estar ahí para ayudarlos.

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Alan en un recital con su hermana Nadia, otra sobreviviente de Cromañón. Ella tenía 15 años.

Alan en un recital con su hermana Nadia, otra sobreviviente de Cromañón. Ella tenía 15 años.

“No sé cómo era mi vida antes de Cromañón. Hoy vivo normal, pero no sé si cambió en algo mi personalidad, crecí de esta manera. Seguramente salteé etapas, porque a los 12 años pasé por una experiencia que la mayoría de los nenes de esa edad no viven. Mi hermana estuvo más contenida, ella era más grande y tenía amigos con los que podía hablar del tema. Muchos habían estado en Cromañón y fueron curando las heridas. Yo no tenía un grupo así, los pibes de mi edad no tenían idea de lo que había vivido yo, y no podía hablar con ellos desde lo profundo. Pero acá estoy. Quizá lo que me quedó como marca inconsciente, y que es nada comparado con otros casos, es que cuando voy a bailar o a cualquier lugar cerrado, lo primero que hago es buscar dónde están las salidas de emergencia. Como que en mi cabeza se dispara un plan de evacuación por si pasa algo”.

Argentina vivía un lindo verano en aquel diciembre de 2004 y no sólo porque así lo indicaba el calendario y las lógicas altas temperaturas. El 30 de diciembre se empezaba a cerrar un año de veranito económico, en el que el país había aprovechado el viento de cola mundial y la nave volaba firme. Cerca en el tiempo, pero lejos en el tacto social, quedaba la trágica turbulencia del final de 2001 y la incertidumbre para la misma época en 2002. Al fin, el siglo XXI nos mostraba un gesto amigable. Mirábamos por TV, asombrados, como cuatro días antes un violento tsunami se había tragado las costas de Indonesia, Tailandia, Sri Lanka y Sumatra, y con su ola gigante a miles y miles de personas, después de un terrible terremoto en el océano Índico. Leíamos y observábamos con tristeza pero en el marco de una egoísta tranquilidad: los expertos aseguraban que era imposible que un suceso natural como ése ocurriera en nuestro Mar Argentino. Ni en algún punto cercano de este lado del Atlántico, por lo que las vacaciones en nuestra costa no tenían riesgo más allá del viento y la arena en los ojos.

La tragedia de Cromañón nos devolvió de un golpe seco y letal a la más profunda desolación, a esa injusticia que no necesita un tribunal para entenderla como tal: 194 personas, la enorme mayoría pibes y pibas que fueron a ver un recital, a vivir una fiesta, nunca volvieron. Sus zapatillas y remeras quedaron ahí, como símbolos del horror. También quedaron ahí las de Alan y las de otros sobrevivientes...

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Alan guarda una colección de entradas a recitales de Callejeros y Don Osvaldo.

Alan guarda una colección de entradas a recitales de Callejeros y Don Osvaldo.

“De vez en cuando voy al Santuario de Cromañón y veo las edades de los chicos que murieron. Todos como yo ahora, ¡o más chicos! Cosas como estas no deben pasar. Me gustaría volver a entrar a Cromañón. No sé por qué, quizá necesito cerrar el círculo. Una vez estaba en la puerta y corrí la chapa que había en la entrada y dudaba de meterme cuando un policía me tocó pito. Le conté mi historia, y me entendió, pero igual no me dejó pasar, no estaba permitido”.

En las grandes tragedias, como en las guerras, los muertos y los sobrevivientes son víctimas, aunque es clara la diferencia entre vivir y morir. Y cambian los actores. El que sobrevivió, estuvo, padeció y padece en carne propia lo ocurrido; el que no, dejó en la tierra a sus seres queridos que lo lloran con la desesperación de quienes no pueden cambiar el destino y sólo les queda la compensación de la justicia. Pero a diferencia de otras tragedias, en las que siempre asoma un villano concreto, Cromañón tiene a varios. La irresponsabilidad organizativa, la corrupción estatal... Los músicos de Callejeros son los únicos en esta triste y dolorosa historia que son víctimas y victimarios, que recibieron condena judicial y también social por parte de familiares de muertos, pero que además debieron vivir los duelos de sus propias pérdidas, por las madres, primos, amigos y novias que estaban presentes aquella noche en Cromañón y que son parte de los 194 que no pudieron volver a casa.

“Lamentablemente, el post Cromañón generó una grieta. Una vez nos invitaron a la Casa Rosada, nos recibió Alberto Fernández, que era el Jefe de Gabinete. Había también padres de chicos que habían muerto en el recital. Todos compartíamos el dolor aunque se daba como una rivalidad. Me acuerdo que mi vieja tomó la palabra y contó que Pato Fontanet me había salvado la vida y la hicieron callar de mala manera. ‘Hablás porque tu hijo está ahí con vos’, algo así le dijeron. Mi vieja le está muy agradecida a Pato. Ahora que soy grande, entiendo a todos. No soy de discutir. Cada uno tiene su opinión y trato de no enroscarme de más”.

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Alan y sus amigos en una marcha a favor de Callejeros, condenados por la tragedia de Cromañón.

Alan y sus amigos en una marcha a favor de Callejeros, condenados por la tragedia de Cromañón.

Patricio Fontanet tenía 25 años cuando vio que su éxito con Callejeros superaba todo lo imaginado. De ser una banda de rock emergente a convertirse en un fenómeno masivo sin que se pueda explicar exactamente por qué. Ese 2004 llenaron el club Obras Sanitarias y en diciembre despedían el año con 15.000 personas en la cancha de Excursionistas. Callejeros era un boom de popularidad. ¿Hacía falta tocar tres fechas en un boliche habilitado para poco más de mil personas? No. Pero tocaron igual. ¿Por plata? Difícil: si Callejeros estaba destinado a hacerse millonario sería por todo lo que lo esperaba en 2005 y no por tres shows a pedido de Chabán, un empresario de recitales de rock que los había apoyado cuando recién empezaban. Ahora era él quien necesitaba una retribución para empezar a crecer con su nuevo proyecto, República de Cromañón. Y el Pato y su gente se la dieron. Y todo lo que podía salir mal, salió mal. Por eso, él y toda la banda, son villanos para muchos, son cómplices. Aunque para otros tantos, como para Alan, son víctimas. Y Fontanet, en particular, su héroe.

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Alan se siente agradecido con Pato Fontanet por salvarlo. Pero entiende el dolor de los familiares de las víctimas.

Alan se siente agradecido con Pato Fontanet por salvarlo. Pero entiende el dolor de los familiares de las víctimas.

“Puede que hayan tenido responsabilidad en algunas cosas, pero de ahí a llamarlos ‘asesinos’ hay una diferencia enorme. En el momento del incendio, ellos no se borraron, ayudaron a sacar gente del lugar. A mí me salvó Pato Fontanet. Y a él se le murió la novia en Cromañón y otros chicos de la banda perdieron familiares… Por eso los apoyé y los sigo apoyando. Al Pato lo vi dos veces después de esa noche. Seis meses después, en el Hospital Alvear, donde el gobierno de la Ciudad había habilitado una línea de asistencia psicológica para sobrevivientes y familiares de víctimas. Me acuerdo que lo vi, crucé la calle y le pedí un autógrafo… Yo era un nene, no se me ocurrió otra cosa. Unos años después lo fui a ver a un ensayo y hablamos un poco más, jugamos un partido a la Play, me firmó la pierna y después me hice un tatuaje sobre esa firma. Nunca le dije ‘gracias por haberme salvado la vida’. Sé que lo sabe, porque a su mamá, Susana, sí le conté, le dije que Pato me sacó de Cromañón. Con ella hice una muy buena relación en las marchas y banderazos en favor de Callejeros. Pero a Pato nunca se lo pude decir directamente, con palabras concretas. Hoy, que soy más grande, me encantaría poder hablar con él, preguntarle cosas… Ellos perdieron familia, estuvieron presos, la pasaron mal también”.

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El tatuaje que lleva Alan en la pierna, con la firma que le hizo Pato Fontanet.

El tatuaje que lleva Alan en la pierna, con la firma que le hizo Pato Fontanet.

“Rocanroles sin destino” era el nombre del álbum que el 30 de diciembre tenía previsto tocar Callejeros. El destino tenía reservado esa fecha para la tragedia, pero pudo ser el día anterior o en el primero de los tres shows, el 28. O cualquier otro día. El boliche tenía vencida la habilitación de Bomberos; la capacidad del lugar estaba sobrevendida, calculándose que había el triple de las personas permitidas; nadie hizo nada para impedir el ingreso y el uso de la pirotecnia y las bengalas; para garantizar una mejor acústica, a unos metros del cielo raso había medias sombras que estaban prohibidas en lugares cerrados y terminaron siendo el detonante de tantas muertes: ese material, además de inflamable, era tóxico. Cromañón era una trampa mortal, el tema era ver cuándo y cómo se accionaría.

“En un principio iba a ir a ver a Callejeros a Excursionistas, que tocaron el 18 de diciembre, pero no pude porque justo esa noche era la entrega de premios en el club de baby fútbol en el que jugaba. Pensé que ya no iba a poder ir pero pusieron las tres fechas de Cromañón. Íbamos a ir a la del 28, pero uno de los chicos del grupo de amigos no podía y terminamos yendo el 30. Cosas del destino…”.

Funcionarios públicos condenados, músicos condenados, organizadores condenados, un jefe de Gobierno destituido de su cargo, 194 vidas que se perdieron. Y muchísimos que sobrevivieron. Como Alan, a quien la vida dejó de este lado con la posibilidad de contar su versión de la historia. Y a su modo, defender al héroe de su destino.

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