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De Julieta Lanteri a Evita, así fue la conquista del voto femenino

Hace 70 años -apenas 70-, las mujeres celebraron la primera participación en una elección, tras la aprobación de la ley en 1947. Repaso de la histórica gesta.

“Los derechos no se mendigan, se conquistan”. La frase pertenece a Julieta Lanteri, una italo-argentina que llegó al país a fines del siglo XIX y fue la fundadora del Partido Feminista Nacional. Médica (la quinta mujer que se recibió en la Argentina) y activista por los derechos de la mujer, fue la primera que impulsó algo que hoy es absolutamente común: el voto femenino. Pero que en otros tiempos, no tan lejanos, orillaba la descalificación. Lanteri murió en 1932 y no vivió para ver cómo Eva Perón recibía de su marido en un acto público, un escrito con la Ley 13.010, la que hace 74 años fue promulgada por el gobierno peronista y permitió por primera vez en la historia que las mujeres votaran del mismo modo en que los hombres ya lo hacían desde 35 años antes.

Aquella conquista llegó a través de la aprobación en el Congreso (el 21 de agosto de 1946 la votó el Senado y el 9 de septiembre de 1947, por unanimidad, la Cámara de Diputados). Con esta medida, las mujeres, que representaban más del 50% de la población y del padrón electoral, consiguieron un derecho clave en el desarrollo de la democracia argentina, que durante el resto del siglo XX continuó siendo sacudida por los golpes militares aunque cada vez que estuvo la posibilidad de sufragar, ellas ya fueron parte.

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La historia ubica a Evita como el elemento decisivo para terminar de convertir en ley el voto femenino, aunque no fue la primera ni mucho menos la única que fue al frente con este tema. De hecho, el ser la Primera Dama y contar con la aprobación del Presidente para impulsar el proyecto, la puso en un lugar mucho más confortable que otras mujeres que años antes lucharon, desde el llano, por este mismo derecho.

“Recibo en este instante de manos del Gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo ante vosotras con la certeza que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo jubilosamente que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria”, dijo Eva en su discurso, ante una multitud que la ovacionaba.

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Las mujeres hacen la fila para emitir su voto.

Las mujeres hacen la fila para emitir su voto.

Claro que también hubo grieta en esta situación, porque muchos opositores al gobierno de Perón entendieron que impulsar esta ley tenía que ver con captar los votos de las mujeres y que eso le allanaría el camino a la reelección. Independientemente de si fue o no una maniobra especulativa del Gobierno Nacional de entonces, sí es cierto que las más de 3.500.000 mujeres que quedaron habilitadas para sufragar, apoyaron al Justicialismo cuando les tocó ir por primera vez a las urnas en noviembre de 1951.

En esa elección, la fórmula Perón-Quijano fue elegida para conducir al país con el 63,4% de los votos sobre la dupla radical que componían Balbín y Frondizi, que alcanzó el 32,2%. Los radicales apoyaban desde mucho antes el sufragio femenino pero en 1947, cuando fue el momento de debatir y aprobar la ley, hubo dudas, porque tenían la certeza de que al apoyar estarían dándole carta libre a la reelección de Perón, como finalmente ocurrió.

Los conservadores, en tanto, eran más duros con las mujeres, más allá de a quién le darían su voto: sostenían que no había tiempo suficiente para “instruirlas en cuestiones cívicas” y que “la participación de la mujer en la vida política iba a dividir a las familias”. En las elecciones de 1951 se dio la singularidad de que Evita votó desde el hospital donde estaba internada (ya estaba enferma y murió nueve meses después).

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Evita emite su voto en la cama del hospital. Cuatro años antes impulsó la Ley 13.010.

Evita emite su voto en la cama del hospital. Cuatro años antes impulsó la Ley 13.010.

Además de la grieta política (mujeres intelectuales y feministas, como Victoria Ocampo, tampoco apoyaron porque estaban en desacuerdo con el peronismo, al que consideraban una dictadura, aunque sí luchaban desde su lugar por el derecho), estaba lo que se podría definir como “grieta de género”. Esto es que muchas mujeres, más allá de la ideología que podían tener, entendían que este tipo de decisiones eran cosas de hombres y que la mujer estaba para otra cosa. Era un discurso esencialmente machista, acuñado a lo largo de los años por los hombres que decidían todo, no solo la voluntad política, sino también la económica.

En ese contexto, en romper ese molde, fue en el que más se destacaron mujeres como la mencionada Lanteri, quien caminando, repartiendo volantes, casi en un boca a boca, trataba de convencer a sus pares. “Mientras el hombre piensa, estudia y trabaja, la mujer se detiene. Y no debe admitir eso”. En aquella época, Lanteri encontró un vacío legal y, si bien el voto femenino no estaba permitido, nada prohibía que una mujer pudiese presentarse como candidata y lo hizo, con toda la exposición que eso significaba.

Y en 1920 organizó un “simulacro” de elecciones en las que las mujeres podían acercarse a votar y se encontró con la grata sorpresa de más de mil sufragaron. Un número insignificante en los tiempos actuales, pero toda una presencia hace 100 años, cuando las mujeres que trabajaban en las fábricas cobraban poco y nada, y lo que cobraban se lo debían rendir al marido. Y las que eran como Lanteri, para la sociedad machista se convertían en objeto de burlas: eran así, justamente, porque no tenían marido.

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Julieta Lanteri, inspiración de la ley del voto femenino.

Julieta Lanteri, inspiración de la ley del voto femenino.

Antes de que Evita y, a través de ella el peronismo, abrazara esta causa, fueron los socialistas los que empujaron hacia la igualdad. De hecho, el legislador Mario Bravo publicó un libro en 1927 llamado “Derechos Civiles de la Mujer”, que al año siguiente convirtió en proyecto de ley. Ahí ya figuraba el voto femenino que no estaba contemplado en la llamada Ley Sáenz Peña, sancionada en 1912 y que estableció el voto secreto y obligatorio, aunque sólo para los argentinos mayores de 18 años (antes, ni siquiera todos los hombres, sino los que sabían leer y escribir y tenían alguna profesión: lo que se dice, un voto calificado).

En el tiempo en que duró el debate para aprobar la Ley 13.010, los legisladores nacionales recibieron decenas de telegramas y cartas de mujeres que de forma individual o colectiva (organizaciones sociales o grupo partidarios) pedían tener el derecho al voto. También lo hacían, a través de cortos que se veían en el cine o en programas radiales, actrices y actores famosos.

Claro que entre estos discursos estaban los de la propia Evita, quien regularmente en la radio insistía con la necesidad de darle a la mujer el rol que le corresponde al momento de elegir a sus gobernantes porque, decía, “la mujer puede y debe votar como una aspiración de los anhelos colectivos, pero, ante todo, como una exigencia de los anhelos personales de liberación”. Y declamaba con firmeza: “Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país, que es, en definitiva, el destino de su hogar”.

Al quedar empadronada para poder elegir autoridades nacionales, la mujer tuvo por primera vez un documento personal que no fuese su partida de nacimiento. Se llamó “Libreta Cívica” y ahí constaría, entre otros datos, que votó (los hombres tenían la llamada “Libreta de Enrolamiento”, que además de las elecciones servía para dejar constancia respecto al servicio militar obligatorio). Con los años llegaron la patria potestad compartida, la ley de divorcio vincular, una mayor participación en el Congreso y la posibilidad de ser elegidas para cargos ejecutivos, como presidentas y o vice de la Nación, y recientemente el aborto.

Una lucha de años y de, como decía Julieta Lanteri, derechos conquistados.

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