De plantar minas en Malvinas a ciudadano ilustre de Plottier

Claudio Chapochnikoff con 19 años integró la Compañía de Ingenieros de Combate del Ejército en la guerra contra Gran Bretaña.

POR PABLO MONTANARO / montanarop@lmneuquen.com.ar

Así como cuando era chico soñaba con vivir en el sur, Claudio Chapochnikoff eligió Plottier como su lugar en el mundo y hace más de cinco años decidió construir su casa en un barrio cercano a la terminal de ómnibus. Por eso la distinción de Ciudadano Ilustre que le entregaron el miércoles pasado la considera "un reconocimiento más que desde que regresamos de la guerra de Malvinas buscamos los veteranos y combatientes".

"De estudiar y jugar al fútbol directo a la guerra", resume su llegada aquel 12 de abril de 1982 a las Islas Malvinas con apenas 19 años (había pedido prórroga para terminar sus estudios secundarios), integrando la Compañía de Ingenieros de Combate del Ejército. En febrero de ese año, dejó su casa en Derqui, provincia de Buenos Aires, con destino Campo de Mayo para cumplir el servicio militar obligatorio. "Además de estudiar, me la pasaba haciendo deportes con mis amigos en un club social del barrio y también bailaba folclore", cuenta.

Recuerda que el día en que las tropas argentinas desembarcaron en las islas "salimos con la compañía a hacer un patrullaje por Don Torcuato y de las casas salía la gente con banderas y nos saludaban. Yo decía que era una locura la guerra porque sabía que los ingleses no se iban a quedar sentados".

Sin saber nada de armas, dos meses después en las Islas Malvinas diseminaba las minas en los campos para frenar el avance británico hacia zonas estratégicas. "Salíamos muy temprano a la mañana y volvíamos de noche. Armábamos los campos minados en las zonas donde se suponía que los ingleses podían desembarcar y hacíamos posiciones a la infantería que estaba adelante. Todo lo que aprendimos fue en el lugar de combate. Nos dijeron que algunas minas eran de la Segunda Guerra Mundial", señala.

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Aún se estremece al recordar el primer bombardeo que escuchó y la angustia y el miedo de no saber si iba a volver a ver a su familia. "Fue un cañón con el que les tiraban a los barcos ingleses que estaban en el mar. Después te habituás a los bombardeos, a los aviones que pasan cerca", describe.

Entre la incertidumbre de la muerte cercana, Claudio recibió una carta de su tío Orlando que lo hizo sentir orgulloso de estar defendiendo la patria. Esa carta le dio fuerzas para seguir adelante sobre todo para soportar el maltrato por parte de sus superiores. "Me pidieron que encontrara estacas para los campos minados y lo menos que había en las Islas eran estacas. Un día dije que no iba a buscarlas y como castigo tuve que permanecer durante varias horas en un pozo lleno de agua. Por eso digo siempre que peleamos contra los ingleses y también contra nuestros jefes militares que, como nosotros, no estaban preparados para la guerra". Los días antes de la rendición, el 14 de junio, fueron los más difíciles porque los bombardeos "eran cada vez más intensos, veíamos al Ejército y a la Infantería que se replegaban, lo que indicaba que todo estaba mal".

Después del conflicto bélico, junto con sus padres llegó a Neuquén, donde en noviembre de 1982 empezó a trabajar en CALF.

Tiene muy presente las imágenes de caos total cuando fue la rendición. "Los bombardeos ingleses fueron constantes e intensos. Salimos corriendo entre las bombas que caían a nuestro lado. Cuando llegamos al centro de Puerto Argentino nos encontramos con el resto de la compañía que nos abrazaban porque nos daban por muertos", describe.

Luego de estar prisionero durante una semana, volvió en el rompehielos Almirante Irízar. "Nos llevaron directamente a Campo de Mayo donde los jefes nos ordenaron que no dijéramos nada de la guerra".

Terminado el calvario de la guerra, sus padres decidieron radicarse en Neuquén, donde vivían familiares de su padre. En noviembre de 1982, Claudio entró a trabajar en la cooperativa CALF donde fue jefe de inspecciones de obra y mantenimiento subterráneo, y actualmente espera su jubilación. "CALF fue un lugar de contención, poder estar ocupado y trabajando después de salir de la guerra", afirma.

El miércoles pasado recibió la distinción de Ciudadano Ilustre por parte del Municipio de Plottier, donde vive actualmente.

También destaca la formación del Centro de Veteranos de Guerra. "Fue la única terapia que tuvimos porque el Estado estuvo ausente", subraya. La posibilidad de asistir a las escuelas para contar sus vivencias es una de las tareas que más lo entusiasman. "Estoy agradecido de la tarea que venimos realizando los veteranos en las escuelas, donde los alumnos tienen la posibilidad de recibir la historia de quienes la vivieron en persona".

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