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La Mañana Manolo Berra

"Manolo Berra, con la fuerza del pehuén", por Lalo Brodi

El defensor volvió a la titularidad y marcó el gol de Cipolletti contra Olimpo, en el clásico que terminó 1 a 1 en Bahía Blanca.

El despegue futbolístico de los clubes de la zona se forjó a fuerza de billetera y refuerzos que por lo general llegaban desde aquellos lugares considerados como semilleros futboleros naturales. Desde las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Mendoza y en menor medida desde las norteñas, llegaban a principio de temporada innumerable cantidad de jugadores con pergaminos y antecedentes por aquellos años incomprobables o al menos de dudoso chequeo.

Así y todo, varios entrenadores pusieron el ojo en las ligas de estos pagos y no pocos jugadores zonales fueron tomados en cuenta. Muchos de ellos demostraron claramente estar a la altura de las circunstancias y no desentonaron aún jugando aquellos nacionales con equipos de primera división.

Fue en 1977 cuando Vicente Cayetano Rodríguez decidió hacer un relevamiento de jugadores zonales. Desde Neuquén llegaron varios, algunos solo tuvieron un paso fugaz, otros fueron tenidos en cuenta y alguno dejó huellas que todavía están marcadas en ese derrotero glorioso que tuvo Cipolletti por el fútbol mayor.

Uno de ellos fue Rubén Bucarey reclutado por el entrenador. En poco tiempo mostró capacidad y personalidad para ponerse la albinegra, y honrarla cautivando al hincha. Habrá sin dudas muchos otros neuquinos que transitaron por este mismo camino, pero el Pela se convirtió en uno de aquellos gladiadores que la gente memoriosa recuerda con mucho cariño y respeto.

Debieron pasar varios años, cambiar el siglo y la categoría en la que habitualmente juega Cipo para que ocurriese algo de similares características. Desde principios de 2000 en Independiente de Neuquén aparecía una figura que destacaba por su ductilidad, entrega, y especialmente, por amargarle más de una vez algún festejo casi asegurado al Capataz. Manuel Berra era una pesadilla deseada para Cipolletti.

Así fue que en 2007 el neuquino acuerda su incorporación al albinegro sin imaginar que a partir de allí se forjaría una historia de entrega y reconocimiento que probablemente llegaría algo tarde.

No fueron fáciles los primeros tiempos. Poca participación en el equipo titular, camino complejo de adaptación a las formas de trabajo de la institución y, especialmente, su procedencia, colocaban una barrera entre la hinchada y el jugador que dejó en claro que, si alguna vez llegasen a bajar los aplausos desde la tribuna, estos deberían ser ganados por un mayor mérito que aquellos que provenían de la cantera.

Pero a Manolo eso no lo intimidó ni mucho menos. Acostumbrado a estas batallas duras, a partidos donde se imponían condiciones más por guapeza que por fútbol a vestuarios difíciles y a canchas imposibles. Se sentía en su ambiente si de jugar se trataba porque imponía su estampa y buen trato de pelota. Pero si el partido tomaba otros caminos era el primero en colocarse el traje de gladiador y ponerse al frente del grupo.

Vale el ejemplo de su historia con el Pato Zúñiga, otro neuquino que brilló en Rivadavia de Lincoln, venía de arrastre. Alguna vez confió, “con el Pato nos enfrentamos y es para ir con todo”. Esto de hecho ocurría, pero los dos con la boca cerrada y pocos mensajes a la tribuna. Era entrarse con todo respetando los códigos que sólo ellos manejaban. “Si hasta alguna vez jugando de compañeros para la Selección de Neuquén también nos agarramos mientras íbamos en el colectivo”, memoraba con una sonrisa nostálgica.

Debieron pasar varios partidos hasta su debut en Cipo en aquel encuentro ante Ramón Santamarina. Si hasta su paciencia pareció tambalear y pensó en bajarse del proyecto porque no era tenido en cuenta. Claro, venía de ser capitán, caudillo y referente en otro club, y comenzar de cero lo complicaba.

Pero una vez que se calzó la albinegra comenzó otra historia. Su profesionalismo, no sólo para entrenar sino para estar dispuesto a jugar en el lugar que el entrenador considere necesario, su voz en el vestuario que con el tiempo fue obteniendo mayor autoridad y el ejemplo para no bajar nunca los brazos, fueron cambiando la indiferencia del hincha por tibios aplausos primeros, consideración luego y un gran reconocimiento actual como ponerlo de ejemplo de entrega y lucha a sus 42 años.

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Se convirtió en el jugador en vestir la casaca de Cipolletti por mayor cantidad de partidos por torneos nacionales. Desde aquel 2007 a la fecha dejó de representar al club un año cuando pasó por Guillermo Brown y Unión de Mar del Plata entre 2011 y 2012. Luego, volvió por un tiempo a Independiente de Neuquén, pero, como decía Troilo “nunca se fue, si siempre está volviendo”.

El reconocimiento surge con el tiempo y eso ocurre cuando el hincha se da cuenta que la entrega se corresponde con lo que el equipo demanda, y mucho más si eso perdura. Manolo no debió cambiar nada. Entiende el juego de esta manera. Lo vive con esa responsabilidad y esa pasión de cuya alquimia obtuvo la longevidad deportiva que muchos envidiarán.

Frente a Olimpo volvió de una lesión, cuyo tiempo de recuperación habrá contado con reloj de despedida, sabiendo que las últimas luces de la avenida del fútbol le están haciendo un corredor de aplausos. Por eso se entiende ese festejo alocado a pesar de que en su personalidad deportiva la estridencia no forma parte del repertorio. Aquí estoy. Todavía tengo para dar, pareció decirnos.

Pero a la hora de poner la pelota bajo la suela y mirar hacia atrás, Manuel Berra no tendrá nada que reprocharse porque su vida deportiva es un ejemplo. Entrega todo, peleó en las buenas y en las malas. Ganó y perdió, pero nunca renunció a dejar hasta la última gota de transpiración por la camiseta. Parafraseando al gran Milton Aguilar, Manolo dejó en alto el orgullo de ser neuquino…con el dulzor de los manzanos y la fuerza del pehuén.

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