Desde que se fue la U9, el barrio es tierra de nadie

Los vecinos aseguran que están cansados de la ola de robos.

POR MARIO CIPPITELLI / cippitellim@lmneuquen.com.ar

Las pasarelas de la ex cárcel U9 estaban abandonadas y solitarias. Viejas y derruidas como siempre, pero sin la presencia de guardias.

Hasta hace unos meses, centinelas del Servicio Penitenciario Federal caminaban por esos senderos tambaleantes, construidos de placas de hormigón, y se refugiaban en garitas también azotadas por el paso del tiempo cada vez que el clima imponía sus rigores.

La sola presencia de estos hombres armados las 24 horas generaba un clima de seguridad para quienes viven o trabajan en las inmediaciones del viejo presidio. Pero desde que la cárcel se mudó a Senillosa, las cosas cambiaron.

Con el correr de los días, los robos, asaltos y arrebatos en la zona se fueron multiplicando, al punto de que el lugar se convirtió en un “infierno”, tal como lo describen las víctimas.

No sólo la calle Rivadavia sufre la ausencia de seguridad. También la Alberdi y otras que rodean el enorme predio donde durante más de 100 años funcionó la cárcel de máxima seguridad de Neuquén.

La Policía comenzó a patrullar las calles adyacentes a la vieja cárcel. Los vecinos dicen que es por la presión y las denuncias que ellos hicieron

Los vecinos aseguran que son tan constantes los robos, que hasta tienen identificados con nombre y apellido a quienes con total impunidad los acechan. Por caso, hablan de un tal “Indio”, de unos 35 años, quien se convirtió en un habitué del delito. Aseguran que ya hicieron la denuncia a la Policía, pero sostienen que son tantos los trámites burocráticos que tienen que hacer, que cuando la Justicia libra una orden de allanamiento, el Indio ya se deshizo de todas las pertenencias.

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Dicen, además, que hay menores que también le encontraron la vuelta al delito y que vienen seguido para robar, asaltar o arrebatar carteras o celulares a quien se encuentre distraído caminando por la zona.

Frente a tanta impotencia, los propietarios de comercios y vecinos armaron un grupo de Whatsapp para neutralizar esos ataques, y cada vez que ven a alguien sospechoso merodeando el barrio, directamente salen en masa para atacarlo o amedrentarlo. Hasta el momento, la insólita resistencia organizada a través de la tecnología parece haber dado sus frutos. Sin embargo, temen que un día dicha estrategia termine con alguien lastimado. O, lo que es peor, con una persona muerta.

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Tierra de nadie

“Desde que se fue la U9, pasa de todo”, asegura Fernando, dueño de un almacén ubicado en Rivadavia y Pehuén. El hombre conoce el problema bien desde adentro porque en los últimos meses ya le robaron seis veces. “Antes estaban los guardias de la cárcel y eso hacía que los delincuentes no vinieran por acá. Pero desde que se fueron, esto se convirtió en tierra de nadie. Ya no se puede caminar por la calle”, afirma.

Los relatos de Fernando son coincidentes con el resto de los vecinos del barrio, que se animan a enumerar las cosas que pasan. Hablan de la mujer que caminaba por Alberdi y le arrebataron la cartera, o de la dueña de la rotisería de la calle Illia a la que le lastimaron una mano con un cuchillo cuando intentó resistirse a un asalto. Todas historias vinculadas al delitos que antes no existían y que ahora ocurren de manera cotidiana.

La Provincia tomará posesión del lote de la cárcel en diciembre.
Predio de la U9.
Predio de la U9.

Todo registrado

Fernando tiene 11 cámaras de video que funcionan permanentemente y ya captaron los robos que sufrió en el local con lujo de detalle. Por eso, a través de una investigación personal que realizó junto con otros comerciantes, pudieron identificar a los ladrones. Incluso saben hasta en qué lugar viven. Pero la impunidad parece ser más fuerte que el accionar de la Justicia.

Los vecinos también sostienen que todos los delincuentes que asolan el barrio paran en una casa abandonada sobre la calle Islas Malvinas. Es una suerte de aguantadero donde esconden y reparten el botín. Otro dato que aportaron y que –indudablemente- sirve de poco y nada.

Las viejas pasarelas y garitas de la U9 quedaron como testigos privilegiados de miles historias de encarcelados y carceleros que convivieron durante años en los espacios que delimitaban aquellos muros. Hoy se mantienen tambaleantes sin que nadie camine sobre ellas. Aparecen como un ícono fantasmal de la historia, pero también como un símbolo de otros tiempos donde los vecinos del barrio se sentían custodiados con una cárcel en la zona.

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