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Disparos, locura y muerte en el aula: a 16 años de la masacre de Carmen de Patagones

El 28 de septiembre de 2004, Rafael "Junior" Solich le robó el arma a su padre y disparó sin piedad dentro del aula del colegio. Mató a tres de sus compañeros.

Ese mediodía del 27 de septiembre de 2004, la familia Solich discutió. El suboficial de la Prefectura Naval Argentina Rafael Solich le había pedido a su hijo mayor que ponga la mesa para el almuerzo, pero él se negó. “Dejame de joder, que la ponga éste”, le respondió Rafael “Junior” Solich a su padre, haciendo referencia a su hermano.

Entre retos e insolencias, la disputa fue in crescendo. Su papá le recriminó las malas notas en el colegio, su falta de compromiso y responsabilidad. Le remarcó que el estudio era su futuro y le contó nuevamente que él, de chico, había pasado necesidad y no quería que sus hijos pasasen por lo mismo. Junior, lejos de bajar los decibeles, lo siguió confrontando y amenazó con abandonar a su familia para irse a vivir a lo de su abuela.

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Hecho un remolino de emociones, el prefecto amagó a pegarle a Junior, pero su esposa y su otro hijo se interpusieron en el camino. De haber ocurrido, no hubiera sido la primera vez. Según contó el joven de 15 años más tarde, en alguna que otra ocasión su padre le había pegado con el mango de un machete.

La discusión terminó con un portazo y con el adolescente encerrado en su cuarto, sin comer. El resto de la tarde transcurrió tranquila. Junior intentó despejarse entre las páginas de un libro y la melodía de la música. Cuando escuchó que sus papás se fueron de la casa, se escabulló dentro de su pieza, abrió el cajón del placard y le robó el arma reglamentaria a su padre: una Browning 9 milímetros.

La pistola estaba cargada. Pero se llevó dos cargadores más y un cuchillo de caza. Volvió a su cuarto e intentó dormir: al otro día, bien temprano, tendría que ir a la escuela. Esa noche no hubo sueño que lo acompañe. “Tenía escalofríos, estaba descompuesto”, explicó Junior en su declaración. Tal vez los pensamientos de lo que iba a cometer al día siguiente lo comenzaban a perturbar. Tal vez se preguntaba si sería capaz de hacerlo, si tendría el pulso suficiente. Tal vez era la emoción y el repasar mentalmente el plan una y otra vez para que nada falle. Nunca confesó qué se le cruzó por la cabeza.

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Junior, el autor de la masacre de Patagones, varios años después. Fue declarado inimputable.

Junior, el autor de la masacre de Patagones, varios años después. Fue declarado inimputable.

A las 7 de la mañana del martes 28, el frío todavía azotaba a Carmen de Patagones. Rafael “Junior” Solich se calzó sus zapatillas, se puso una de sus habituales remeras negras y se colocó encima un camperón verde militar que jamás había utilizado, en donde ocultó las armas. Sin desayunar, caminó las cinco cuadras que lo distanciaban del colegio, el Instituto N° 202 "Islas Malvinas".

“Hoy va a ser un lindo día”, aseguran que dijo cuando llegó a la escuela. Como cualquier otra jornada, dejó sus cosas en el aula y volvió al patio para formar fila e izar la bandera. Cuando el ritual matutino terminó y los directivos les ordenaron que vayan para sus clases, Junior dejó que pasen primero todos sus compañeros del 1° B del polimodal. Él fue el último en entrar.

Todavía no había llegado su profesor de Derechos Humanos, tampoco la preceptora que debía tomar lista. Mientras que el curso esperaba el comienzo de clases, el aula era un barullo conformado por risas y charlas. Junior se paró, caminó los pocos metros que separaban su banco del pizarrón, sacó la pistola y, sin mediar palabra, empezó a disparar a quemarropa.

Al principio algunos de los adolescentes creyeron que era un arma de juguete, pero cuando el sórdido sonido de las balas comenzó a aturdirles los oídos y la sangre a ser protagonista de la escena, el pánico les inundó las venas y provocó que los gritos de espanto afloren de sus gargantas.

Rápidamente se tiraron debajo de los bancos e intentaron cubrirse. Otros no lo lograron a tiempo: la sorpresa les ganó de mano y les perforó el alma. La primera víctima fatal fue Evangelina Miranda. El proyectil le atravesó el corazón y se incrustó en la pierna de Federico Ponce, quien también recibió otros dos balazos en el pecho y murió en el acto. La tercera vida perdida fue la de Sandra Núñez, ex novia del mejor amigo de Junior, Dante Pena.

Natalia Salomón y Cintia Casasola escaparon como pudieron del aula. Ambas estaban heridas, aunque la muerte les perdonó la vida. Cuando los preceptores las vieron, corrieron hacia ellas y las refugiaron en la biblioteca.

Nicolás Leonardi ayudó a salir a Rodrigo Torres, quien había recibido disparos en el tórax y en el abdomen. Mientras lo ponía a salvo, se dio cuenta de que él también estaba sangrando y no fue hasta ese momento que descubrió que había recibido un balazo en el brazo izquierdo. En esos instantes el dolor no importaba, siquiera se registraba. Leonardi salió disparado a pedir ayuda a la Dirección.

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El adolescente abrió fuego dentro del aula, antes de arrancar la clase. Mató a tres chicos e hirió a otros cinco.

El adolescente abrió fuego dentro del aula, antes de arrancar la clase. Mató a tres chicos e hirió a otros cinco.

Dentro del curso, las balas continuaban volando sin piedad por nadie. En esos eternos ocho segundos, salieron disparados cinco, siete, doce proyectiles. Cuando el primer cargador quedó completamente vacío, Junior salió al pasillo y colocó el segundo. El kiosquero se asomó a ver qué ocurría y Rafael disparó contra él, pero afortunadamente la bala dio contra una puerta.

El joven de 15 años continuó caminando absorto, sus ojos estaban completamente idos. Hubiese seguido disparando contra todo lo que se cruzaba, pero la pistola se le trabó. En ese momento, su amigo Dante Pena vislumbró la oportunidad para detener la pesadilla, se le tiró encima por la espalda y logró desarmarlo.

-“¿¡Qué hiciste?!”, le recriminó entre gritos desesperados. Junior se quebró en llanto. Cuando los policías llegaron a la escena y lo detuvieron, no opuso resistencia.

El colegio se encontraba completamente alterado, nadie entendía bien lo que ocurría. El primer preceptor que entró en el aula de la tragedia encontró cuatro cuerpos tirados en el suelo. Uno a uno les fue tomando el pulso, pero el único que apenas mostraba señales de vida era Pablo Saldías Kloster, el más grave de los heridos.

Durante las horas siguientes, varios medios lo dieron por muerto. Saldías había recibido un disparo cerca del corazón, otro por debajo de la tetilla derecha y el último en la zona del riñón izquierdo. Estuvo en coma, pasó por terapia intensiva y perdió órganos vitales. Pero sobrevivió.

-“Mamá, no vas a poder creer lo que pasó”, le dijo Pablo a su madre cuando despertó. Ya habían pasado dos semanas de la masacre.

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La conmoción y la muerte invadió la escuela N° 2020 Islas Malvinas durante mucho tiempo.

La conmoción y la muerte invadió la escuela N° 2020 Islas Malvinas durante mucho tiempo.

Después de haber cometido la primera masacre escolar de América Latina, la jueza de menores Alicia Ramallo interrogó a Junior. “¿Por qué lo hiciste?”, le preguntó. Él no respondió. Con la cabeza gacha, solo le prestaba atención al suelo. La funcionaria le pidió por cuarta vez que levante la vista y la mire a los ojos.

“¿Estabas enojado?”, le preguntó. Rafael dijo que sí. “¿Con tus compañeros?”, siguió indagando Ramallo. El menor volvió a responder que sí, casi en un susurro. “¿Con tu familia?”, retrucó la jueza. Junior contestó que también. De a poco, la magistrada le fue sacando de a puchitos la información necesaria para comprender qué fue lo que pasó. Qué lo llevó a cometer semejante acto.

-“¿Por qué estabas enojado con tus compañeros?”, lo cuestionó.

-“Me molestan... siempre me molestaron, desde el jardín... Desde séptimo que pensaba hacer algo así”, admitió.

-”¿Y cómo es que te molestan?”, trató de entender ella.

-“Y, me cargan. Dicen que soy raro… me joden porque tengo este grano en la nariz…”, intentó explicarle él.

-“¿Y con tu familia?”, repreguntó Ramallo.

-“Tuve una pesadilla. Yo agarraba un cuchillo y apuñalaba a mi papá. Pero él no se moría, me preguntaba por qué lo había hecho y yo le tiraba una silla y salía corriendo”, concluyó Junior en su declaratoria.

Rafael Solich fue declarado inimputable por ser menor de edad. Pasó por varios institutos de menores y estuvo internado en una clínica psiquiátrica. En 2007 comenzó a tener salidas transitorias y, acompañado por asistencia psiquiátrica, el juzgado hoy en día intenta reinsertarlo en la sociedad. A 16 años de la masacre de Carmen de Patagones, solo la Justicia sabe dónde vive.

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