Enzo Francescoli golpeó la base del atado de cigarrillos, sacó uno, lo encendió y metió una pitada profunda antes de largar el humo hacia un costado.
-¿Fumás? (pregunta tonta, por cierto, porque la evidencia era inocultable).
-Sí, alguno, cada tanto. Pero no vas a publicar eso, eh…
Este diálogo, que ocurrió en los primeros meses de 1995, fue el inicio de una entrevista en la que Francescoli, además de abrir la puerta de su pequeño vicio secreto, contó de sus deseos de algún día ser entrenador sin dejar de aclarar que faltaba mucho para eso y que antes tenía varias cosas para ofrecerle al fútbol, para darle a River. Y razón no le faltó porque a Enzo y al club lo esperaba poco tiempo después la gloria absoluta, con campeonatos locales ganados y también internacionales, en especial uno que el uruguayo no había podido conseguir una década atrás: la Copa Libertadores. Ésa que en 1986 el equipo que había ayudado a tallar a fuerza de goles y lujos alzó por primera vez en su historia, aunque con él viéndolo ya desde Europa, adonde había sido transferido. Un año, aquel 86, brillante para Francescoli, que estuvo lleno de goles y golazos, pero hubo uno en especial que entró en la categoría de histórico pese a que, paradójicamente, sucedió en un amistoso: el que le metió a la selección de Polonia de chilena, el 8 de febrero, hace 35 años, en el Estadio Mundialista de Mar del Plata.
Hay futbolistas que, cuando tocan la pelota con su pie hábil, es esperable de ellos algo que pueda cambiar el curso del partido. Pero algunos otros, como Francescoli, además tienen virtudes extras, y en su caso una de las más salientes fue pararla con el pecho. Sí, cuando una pelota le caía de aire, la gama de variantes que manejaba el hoy mánager de River era lo suficientemente grande como para anteceder a un gol. Y aquel a los polacos tuvo la precisión y la exquisitez propias de la pirueta que hizo en el aire, y un movimiento previo genial, un autopase de pecho. Combo perfecto de elegancia, como para sacarle lustre al apodo que unos años antes le había puesto su compatriota Víctor Hugo Morales: el Príncipe.
Y entró para siempre en la historia como uno de los goles más trascendentes del fútbol argentino, porque aquel partido de verano marplatense, por la llamada Copa de Oro, confirmó lo que todos venían viendo de ese River y de su figura a lo largo del campeonato que había empezado a mediados de 1985 y que el equipo de Veira lideraba y se perfilaba para salir campeón, como finalmente se consagró unos meses después, justo antes del Mundial de México.
Para comprender mejor el contexto en el que se dio aquel gol histórico aun habiendo sido apenas un gol de partido amistoso, hay que mirar al rival: la selección de Polonia, que se estaba preparando para México 86 (donde quedó eliminada ante Brasil en los octavos de final) y que cuatro años antes había tenido un gran desempeño en la Copa del Mundo de España (finalizó en el tercer puesto). Ése era el equipo que venía a enfrentar al mejor de la Argentina en ese momento. Existía la incógnita de saber cómo sortearía River a un rival que todos presuponían superior, por ser una selección que, si bien no estaba en la primera línea de Europa, sí en el segundo escalón. Este detalle y el desarrollo de lo que fue el partido en sí mismo le dieron una épica inigualable al golazo de Francescoli.
Porque ni en el fútbol de antes ni en el actual era común que un partido de fútbol tuviese nueve goles y con un resultado final tan apretado como lo es un 5-4. Pero si hubo algo que sacudió las almas de los riverplatenses en aquella noche fue el modo en que se dio, en una remontada impresionante, en una fabulosa demostración de carácter que se coronó con el inmenso (o “inmEnzo”, como alguna vez jugaron los medios escritos con su nombre) talento de Francescoli. Fue su noche de oro, en la que con la joya de chilena redondeó, además, un hat-trick (por entonces no estaba de moda llamar de esa manera que un futbolista hiciera tres goles en el partido y, menos aún, que se llevase de recuerdo la pelota del partido). Ese golazo pudo haber sido cualquiera de los cinco pero, encima, fue el quinto, llegó sobre el final del partido y quebró el empate en cuatro. Una igualdad que ya era un logro para River, que a los 27 minutos del segundo tiempo perdía 4-2.
Eran años en los que los desafíos de verano no eran una simple rutina y la Copa de Oro de Mar del Plata era esperada como una verdadera atracción veraniega. No había TV por cable ni prepago, por lo que los partidos sólo podían verse por alguno de los canales de aire de entonces pero no en la ciudad en la que se jugaba el encuentro y en sus alrededores: había que alejarse 200 kilómetros para verlo por en directo por televisión. Así las cosas, con Canal 8 y Canal 10 de Mar del Plata inhibidos de tomar la transmisión que sí iba para el resto del país, los marplatenses y todo aquel turista que estuviese vacacionando por la zona debía conformarse con escucharlo por radio. O pagar la entrada e ir a la cancha. Y eso fue lo que hicieron unas 30 mil personas que prácticamente colmaron el estadio hoy conocido como José María Minella.
Para los hinchas de River, también, era la posibilidad de volver a ver como titular nada menos que a Norberto Alonso, quien había regresado al club tiempo atrás pero no se había podido ganar el puesto porque el nivel que mostraba Claudio Morresi -y su sociedad perfecta con Francescoli- habían relegado al veterano ídolo de River. Pero aquel día, el ahora legislador por el Frente de Todos en la Ciudad de Buenos Aires, tenía una molestia física por lo que el Bambino decidió darle descanso y le hacerle lugar al Beto quien, como en tantas ocasiones en la historia del club, aportó un gol. Y fue el 1-0 en un momento del partido en el que todo se perfilaba favorable y no había ninguna razón para imaginar el desenlace posterior. Es más, para cuando Alonso convirtió el primer gol de la noche, los polacos ya habían perdido a un jugador, por la expulsión del marcador central Kazimierz Przybys. Un jugador de más, un gol de ventaja y todo controlado por parte del equipo porteño, nada hacía presagiar lo que ocurriría en el segundo tiempo.
La selección de Polonia empató enseguida con gol de su figura, el centrodelantero Dariusz Dziekanowski, y tres minutos después apareció por primera vez Francescoli para el 2-1. Vuelta a la calma para River aunque desde ese momento el partido tomó un rumbo inesperado y apasionante que lo llevó a convertirse en histórico. En los 17 minutos siguientes, los polacos sacudieron al equipo argentino con tres goles que lo dejaron patas para arriba.
Veira no podía motivar con la palabra, porque sus gritos desde un costado de la cancha eran inaudibles. Esa vez, la motivación corrió por cuenta de la gente que empujó al equipo hacia la heroica. El técnico hizo lo único que podía hacer: cambios. En particular uno, el ingreso de Ramón Centurión por Alfaro. Delantero de área por volante. Faltaban 13 minutos y había que remontar un 4-2. Y la cancha empezó a inclinarse hacia el arco de Polonia, primero con el segundo gol de Francescoli, a los 38 minutos, y luego con el empate de Centurión, a los 42.
El partido estaba cerrado, pero el viento soplaba de cola y apareció el enorme Enzo para acomodar con el pecho una pelota que Ruggeri bajó de cabeza dentro del área. “Siempre fue una acción del juego que me gustó hacer y me salió fácil -supo describir Francescoli-. Si adelantás los hombros y hundís el pecho, la pelota cae muerta delante tuyo y le sacás ventaja al defensor. Y si levantás el pecho, la pelota rebota y toma altura”. Esto último fue lo que hizo de manera magistral, acompañando el movimiento con un giro que lo puso de espaldas al arco y con la pelota a una altura suficiente como para resolver con su famosa chilena que se metió en el arco de Polonia, en la historia del fútbol argentino y en su propia historia, en definitiva. Desde ahí, su despegue como crack del fútbol mundial y líder indiscutido fue total.
“Fue un lindo gol aunque la verdad es que fue por instinto. Sé que suena raro lo que digo, pero esa jugada era la única opción que tenía”, recordó Francescoli en aquella charla de 1995, con la típica cadencia de su tono, su sencillez y sus ojos saltones, clavados en los de su interlocutor y esperando que no saliera publicado aquel “detalle” de que se fumaba un cigarrillo cada tanto. Tenía 33 años y esa confidencia ve la luz 26 años después de ser contada. Puede considerarse un secreto bien guardado. Tan bien guardado como está en la memoria popular el recuerdo de ese golazo de chilena, “la chilena de Francescoli a Polonia”.
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