El día que Independiente logró la mayor hazaña del fútbol argentino

Hace 42 años, se consagraba campeón nacional ante Talleres en una final que debió definir de visitante, con tres expulsados, un árbitro sospechado y hasta una dictadura militar en contra, que necesitaba la consagración de un equipo del interior. Bochini, el héroe de la noche, reveló jugosos detalles de ese partido.

Por Francisco Carnese - carnesef@lmneuquen.com.ar

Chorros de tinta se escribieron en los diarios de la época sobre esa final del Nacional 77, que se disputó al año siguiente, un 25 de enero, y que quedó marcada a fuego en la historia grande de Independiente y del fútbol argentino.

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Pero mucho más se habló tiempo después, respecto a las circunstancias y los pormenores de ese partido que se jugó en el Barrio Jardín de la capital cordobesa.

Fue la noche que el rojo de Avellaneda se consagró campeón contra todo y contra todos.

Fue la noche en que a los 25 minutos del segundo tiempo del encuentro el árbitro convalidó el segundo gol de Talleres, convertido con la mano, cuando antes le había dado un dudoso penal al equipo local para que estampara el 1 a 1 parcial.

Fue la noche en que todo Independiente se le fue encima a ese juez para protestar de manera airada y que le valió la inmediata expulsión de tres de sus jugadores.

Fue la noche de un partido de leyenda, que tuvo muchas aristas deportivas pero también políticas, con un personaje central de la dictadura militar que tenía un interés particular en esa final.

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La previa

Talleres era la sensación del fútbol argentino y los ojos del país estaban puestos en la posibilidad de que, por primera vez en la historia, un equipo del interior pudiese consagrarse campeón.

En el encuentro de ida, jugado en Avellaneda, habían empatado 1-1 y un aire triunfalista soplaba por Barrio Jardín y en toda una ciudad de Córdoba que se vistió de azul y blanco para la revancha de aquel 25 de enero.

El periódico más importante de la provincia había impreso 50.000 posters con la leyenda “Talleres campeón”, debajo de una de las tribunas se dispusieron mesas, con comida y bebidas para celebrar después del partido, mientras los medios radiales y televisivos marcaban a Talleres como claro favorito, por el resultado conseguido de visitante y porque contaba con jugadores de gran nivel como José “Pepona” Reinaldi y Daniel Valencia.

El torneo consistió en cuatro grupos de ocho equipos cada uno, donde los ganadores se cruzaron en semifinales. Allí, Independiente, que había tenido un muy buen desempeño en todo el campeonato, dejó en el camino a Estudiantes, mientras que Talleres hizo lo propio con Newell´s.

La demanda de entradas para la gran final había superado la capacidad del estadio, calculada en 25 mil personas, se agregaron tribunas tubulares y para que ningún cordobés se pierda el partido dos canales locales decidieron transmitirlo en vivo, mientras que Canal 7 de Buenos Aires lo dio en diferido al resto del país.

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Menéndez

Como se dijo, esa final trascendió lo futbolístico. Eran tiempos de dictadura militar en Argentina y había un vínculo fuerte entre el presidente de Talleres, Amadeo Nuccetelli, y el por entonces comandante del III Cuerpo de Infantería de Córdoba, el represor Luciano Benjamín Menéndez, a quien se lo vio antes del partido en el vestuario del árbitro, Roberto Barreiro.

Menéndez fue el jefe del tercer cuerpo, una de las cinco zonas en que la dictadura había dividido a la Argentina para llevar adelante su plan criminal, con jurisdicción y control absoluto en diez provincias del norte con base en Córdoba. El represor estaba enfrentado al por entonces presidente de facto Jorge Rafael Videla y era cercano al otro personero fuerte de la Junta Militar: Emilio Massera. En esa interna de asesinos, Massera y Menéndez eran parte del bando de los llamados militares “duros", mientras que Videla estaba del lado de los "blandos".

Menéndez, a modo de propaganda y como estrategia, necesitaba que Talleres saliera campeón y le había prometido a Nuccetelli la presidencia de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Julio Grondona, mandamás de Independiente, competía también por ese lugar. Ambos representaban dos modelos contrapuestos: el interior, contra un fútbol que atendía su mostrador sólo en Buenos Aires. Pero había algo más. Un viejo dirigente del rojo, hoy fallecido, apuntó en su momento por ese escandaloso arbitraje también a Grondona, aduciendo que este tenía sus propios intereses y ese partido era la moneda de cambio para llegar al sillón de la AFA, algo que conseguiría, finalmente, en 1979.

El día que Independiente logró la mayor hazaña del fútbol argentino

El partido

Ajenos a ese contexto de sospechas y supuestos arreglos salieron a jugar Talleres e Independiente.

Todo era fervor en el público local, hasta que el delantero visitante, Norberto Outes, enmudeció al estadio a los 29 minutos del primer tiempo poniendo en ventaja a Independiente. Con ese resultado se fueron al vestuario.

Los primeros minutos del segundo tiempo arrancaron sin mayores jugadas de peligro pero a los 14 llegó la primera polémica. El árbitro Barreiro cobró un insólito penal para Talleres, después del envío de un centro por la izquierda que terminó con la pelota en el pecho del defensor rojo Rubén Pagnanini.

Las protestas de los jugadores de Independiente no iban a torcer la decisión ya tomada por el árbitro y Ricardo Cherini, de Talleres, cambió el penal por gol para igualar en uno el encuentro.

Pero todo se desmadró a los 24 minutos de ese segundo tiempo, cuando Barreiro convalidó el segundo tanto para los cordobeses, convertido a través de una clara mano de Ángel Bocanelli.

El lógico reclamo de todo el conjunto Rojo determinó las expulsiones de Enzo Trossero, Rubén Galván y Omar Larrosa.

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Ricardo Bochini y los otros siete que quedaban en campo decidieron abandonar el partido. Pero allí apareció en escena el técnico José Omar “Pato” Pastoriza para marcar un momento bisagra de esa noche y de la historia de Independiente.

Desde hace años, en los partidos de local en el estadio Libertadores de América suele colgarse una bandera con una frase, debajo de una enorme foto del Pato, que reza: “Vayan, sean hombres, jueguen y ganen”. Eso es lo que, según cuenta la leyenda, el DT rojo les dijo a sus jugadores para que sigan adelante con la disputa de la final a pesar de todas las adversidades. Cierto o no, el Pato fue a buscar uno por uno a sus dirigidos dentro del túnel. Incluso algunos, como Bochini, habían llegado hasta el vestuario, decididos a no continuar.

Pero los convenció. Y no sólo eso, Pastoriza se jugó una última carta con el ingreso de Mariano Biondi y Daniel Bertoni (que estaba lesionado) para buscar lo que parecía imposible: lograr el empate y ganar el campeonato.

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El héroe

Esa gesta de Independiente tuvo varios protagonistas pero uno excluyente, que fue Ricardo Bochini, el ídolo más grande de la historia del club. “Nunca pensamos que podía pasar lo que finalmente ocurrió con el árbitro. El segundo gol de Talleres fue claramente con la mano, no hay ninguna duda de eso, y antes un penal que no fue, porque la pelota le pega en el pecho a Pagnanini. Además, la mano la tenía pegada al cuerpo. Era imposible cobrar penal”, afirma Bochini al ser consultado hoy, pasadas más de cuatro décadas del episodio.

Las imágenes de esa noche permanecen inalterables en su retina, el Bocha rememora con lujo de detalle cada instante del partido y, por supuesto, el momento más crítico en el que el equipo se quedó con ocho jugadores. “Nos queríamos ir porque era un escándalo lo que estaba pasando. Y ahí apareció el Pato. Yo no escuché la frase que dicen que dijo y no creo que haya sido así porque a esos jugadores no necesitaba decirles que sean hombres. Lo que sí recuerdo claramente es que nos pidió que siguiéramos jugando”, asegura.

“Nunca pensamos que lo podíamos empatar, ellos erraron tres o cuatro goles, lo lógico era que nos golearan”, confiesa, a la vez que resalta el valor del DT de hacer cambios ofensivos pese a la enorme inferioridad numérica. “Eso fue importantísimo y la vez muy arriesgado porque nos quedamos cuatro de la mitad de cancha hacia arriba y tres para defender”, explica el Bocha.

Era todo cuesta arriba en el estadio del Barrio Jardín pero a siete minutos del final llegó lo inimaginable, a partir de una pared genial entre Biondi y Bochini, para que el diez definiera con maestría cara a cara con el arquero de Talleres para el 2 a 2, en el arco que daba la espalda a los hinchas de Independiente.

“Fue la única chance que tuvimos y la metimos ¡pero no de casualidad eh! no fue un centro o un rebote, el gol lo hicimos después de varios toques en una jugada”, destaca el Bocha.

Y fue así nomás, Independiente no traicionó su famoso paladar negro, en el sentido de defender un estilo de juego, aún en esas circunstancias tan desfavorables.

El resto fue aguantar y esperar el pitazo final de un árbitro que había hecho lo imposible para que el resultado fuese otro. Pero Bochini y compañía tenían otros planes para desbaratar todo, incluso, la trampa.

Cada 25 de enero los hinchas del rojo inflan el pecho porque en la nutrida vitrina de su club sobran trofeos, algunos más importantes que otros, como las siete copas Libertadores y las dos del mundo, pero saben que el conseguido esa noche de Córdoba es especial. Se recuerda con orgullo, se transmite por generaciones y se resalta como ningún otro porque tiene un gusto distinto: el de la hazaña.

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